jueves, 30 de diciembre de 2010

El concierto de Año Nuevo

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A mi padre, que me inoculó el veneno de la música



[Esta entrada ha sido publicada con la esperanza de que en el 2011 todos los integrantes de este blog nos deshagamos de esa pereza pertinaz que nos invade y le demos un nuevo impulso a las batallitas del abuelo Cebolleta, que es una bitácora amable y nostálgica y no se merece el obligado barbecho a que la hemos sometido. Amén]


Cuando era una cría, despertaba siempre en la mañana de Año Nuevo con la ansiedad feliz e indisimulada de que en casa se encendiera la radio. Igual que el soniquete monótono de la lotería significaba el inicio de las vacaciones, la música de valses me traía  siempre a la cabeza la cercanía de los juguetes de Reyes y un montón de buenas intenciones y propósitos... Estudiar más, comer menos, tratar de relacionarme de forma más natural con los compañeros del colegio y con la gente en general (era huraña y solitaria), ser buena, intentar llevarme un poquito mejor con mi hermana, ponerme las gafas todos los días... Excuso decir que algunas las cumplía motu proprio porque siempre me gustó mucho estudiar y aprender algo nuevo; otras, a la fuerza (me he pasado la vida a dieta desde los nueve años); unas pocas, como el aislamiento, se solucionaron solas con el paso de los años y unas cuantas, sin más, se quedaban en el cajón de los propósitos que jamás llegaron a ser.

Desde que tengo uso de razón recuerdo la música vienesa salir del aparato de radio como fondo a mis juegos o deberes del cole y, a partir de 1965, con 8 años ya bien cumplidos en que entró en casa "la tele", bien sentadita frente al viejo Iberia en blanco y negro, por donde me llegaban las imágenes solo de la segunda parte del concierto. Pero es que lo que recuerdo con tanto o mayor agrado que la música que escuchaba era la figura de quien dirigía aquellas matinales del 1 de enero. Tenía un aspecto totalmente vienés (créanme que tal tipología existe) y era una especie de mago pues de su batuta salían no solo notas, sino caramelos, pañuelos de colores, flores de papel y bromas, deliciosas y blancas bromas para un concierto blanco y delicioso. Y aprendí su nombre con 7 años, aunque hasta mucho más tarde no supe escribirlo: Willi Boskovsky.

Había sido durante muchos años y lo fue hasta su jubilación, el concertino de la Filarmónica de Viena, actividad que compaginaba con su trabajo en uno de los  cuartetos y septetos titulares de dicha agrupación. Ya como director sustituto de Clemens Krauss y de Josef Krips en los conciertos de Año Nuevo, solía dirigir a la orquesta Vorgeiger, esto es, al tiempo que tocaba su violín, igual que años antes lo había hecho siempre el propio Strauss.

Y para mí, como imagino que para la mayoría de Vds., el inicio de cada nuevo año se volvía amable, alegre, divertido, bello. Pocos conciertos me he perdido en mi vida. Incluso cuando andaba fuera del país procuraba escucharlo al menos por la radio del coche o gracias a un transistor con el que viajaba a propósito en esas fechas. Y en el velatorio de mi madre (murió una Nochevieja) no conecté a buen volumen el aparato de radio porque mis tías habrían puesto el grito en el cielo y no era plan, no porque a ella no le hubiese divertido, que en casa siempre fue y es una tradición mantenida a pesar del paso del tiempo y el volar de los hijos.

Después, a partir de mediados de los ochenta y tras el relevo del casi siempre cumplidor Lorin Maazel, se optó por la fórmula de que cada año dirigiera la orquesta una batuta prestigiosa. Pero, aunque la calidad continuaba siendo indudable, para mí es como si se hubiese roto un hechizo. Pero que los tiempos cambien es tan ineludible como el paso de Crono y hay que adaptarse. Creo que todos los hicimos y estoy segura de que muchos de los lectoyentes de este blog siguen fieles a su cita anual con la Sala Dorada de la Musikverein de Viena, cuajada siempre con las flores regaladas por su hermana San Remo.

Me habría encantado hacerlo, pero esta vez  no he podido regalarles ningún vídeo nuevo de Herr Boskovsky,  ya que apenas tengo tiempo para sentarme con tranquilidad a escribir alguna entrada. Es por eso que he echado mano del fondo de armario y les traigo los que subí hace tres años por estas fechas. Estoy segura de que a casi todos les traerán tan hermosos recuerdos de don Willi, como a mí.




Willi Boskovsky. Neujahr in Wienv(1963-1979). (detalles de los conciertos de 1968,1971,1974). DVDDeutsche Grammophon, 2004







Este año dirigirá la orquesta un austríaco de solo 50 años, Franz Welser-Möst. Y dentro del clásico programa dedicado a valses, polcas rápidas, galopes, etc., habrá un especial recuerdo para Hungría, por el bicentenario de Liszt y porque es este país el que ostentará la presidencia de la UE durante el primer semestre y también para España (con un año de retraso), quizá por el "atractivo exótico" que ejercía en los compositores austríacos. Se interpretará  la Marcha española, op. 433, de Johann Strauss hijo; el Cachucha-Galopp, de Johann Strauss, padre y La danza gitana del ballet La Perla de Iberia, de Joseph Hellmesberger, recientemente fallecido.

Y yo espero poder sentarme nuevamente delante del televisor para disfrutar de la tradición, justo antes de los saltos de esquí... Y desearles, con la música de mi querido y añorado director vienés, un nuevo año benévolo y complaciente en deseos para realizar, fuerza y energía (que nos va a hacer mucha falta a todos en numerosos frentes), esperanza, paz y afecto para todos. Y que puedan disfrutar del amor, del tacto, del calor y la vida de los suyos, estén lejos o cerca que, en definitiva, es lo que más importa.

Así pues...

La Orquesta Filarmónica de Viena, Willi Boskovsky y yo les deseamos, de corazón, un feliz y venturoso 2011... y que nuestras peticiones sean escuchadas por quien corresponda, que no es poco.

Y, mientras tanto y como siempre, intenten ser felices.


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