lunes, 8 de marzo de 2010

La Tele de entonces


Cuando, ahora se cumplen veinte años y hay quien lo celebra, comenzaron las emisiones de las televisiones privadas, uno, que acaba de cumplir cincuenta y cuatro castañas, tenía ya un formado currículo de teleadicto, por más que cuando el aparato llegó a mi casa yo ya era un adolescente, y mi infancia la habían llenado programas de radio como Matilde, Perico y Periquín con Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso y Matilde Vilariño, en el papel de Periquín (a esta extraordinaria actriz radiofónica siempre le tocaba hacer los papeles de niño), un incansable generador de trastadas en el más puro estilo Guillermo, pero el sólo, sin banda de proscritos, que tenía como contrapunto un pestoso, repipí, sabihondo de los cojones, llamado Gustavín, indefectiblemente el serial terminaba con Perico persiguiendo, cinturón en ristre a Periquín, mientras gritaba: ¡No, al nene pupa no! y su victima el pobre, ¿pobre?, Gustavín lloraba a moco tendido. Tampoco olvido El Coyote con la doble vida de César de Echagüe, no tuvo problemas José Mallorquí a la hora de reinterpretar en otro contexto la obra de McCulley, El Zorro, pero de eso me enteré después, y del mismo autor eran Dos hombres buenos. Hice el bachillerato elemental haciendo los deberes en la cocina de mi casa, con mi madre friendo las croquetas o haciendo la tortilla de patatas, con la ventana abierta, aunque fuera invierno, para que saliera el humo, tanto de la sartén como del carbón que alimentaba la cocina, mientras, a voces, charlaba, por el bendito patio de vecindad, con la vecina de enfrente que hacía lo propio. La radio, simultáneamente, y con suficiente volumen emitía:
La sociedad española de radiodifusión...
por su cadena de ondas propias y asociadas presenta:
"Un arrabal junto al cielo"
de...
Guillermo Sautier Casaseca con el cuadro de actores de Radio Madrid
Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez... con la narración de Alfonso Dicenta (¿o era Manolo?). Y en mi puta vida tuve problemas de concentración, como para aprender de carrerilla los reyes godos más importantes, que Leovigildo era un cabrón con pintas que puteó a su hijo (¿o era su hermano?) Hermenegildo. Las partes más importantes de un gasterópodo o un lamelibranquio. Las declinaciones latinas y la traducción de la "guerra de las Galias" de Él. El sistema periódico de elementos, que más que de Mendeleiev parecía nuestro. Y tantas cosas de nuestro denostado plan de 1957. Ahora los chavales de catorce o quince años necesitan el entorno adecuado para estudiar, un método de enseñanza comprensivo que huye de la memorieta pero igual te cantan que el Ebro desemboca en el Cantábrico por Punta Umbría. Pero eso es otra historia. Lo que quería rememorar es que cuando la tele llegó a mi casa, para el mundial de Méjico70, yo ya había empezado a abandonar la niñez. Yo fuí un niño sin televisión, algo que a mi hijo le parece de marcianos.. La tele llegó a mi casa sin auténtica necesidad, más por imitación que otra cosa, y de hecho fuimos de los últimos vecinos en tener el aparato. Con todo la los programas de televisión de entonces no consiguieron, ni de lejos, la atención que concitaba los jueves por la noche el Ustedes son formidables de Alberto Oliveras que dejó para siempre en mi memoria musical La sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, en concreto su último movimiento.
No tengo que hacer un gran esfuerzo para recordar la programación de entonces, sólo había dos canales, y en mi casa el guachefe(UHF, antecedente de lo que hoy es La 2 no se veía más que detrás de una espesísima neblina). No había programación todo el día (excepto domingos), empezaba al mediodía y se interrumpía sobre las cuatro de la tarde(menos los sábados), hasta que a las ocho u ocho y media comenzaba la programación de noche. Como en mi casa la vida se hacía en la cocina, excepto en verano que se hacía en la calle porque mi casa era un ático al que le daba el sol todo el día, y el Werner 19" se había instalado en el comedor, no se enchufaba hasta despues de la cena, que solía coincidr con el parte, que es como se llamaba de verdad el Diario de Radio Nacinal de España con el que conectaban todas las emisoras. Allí nos instalabamos mi madre y yo (mis hermanos ya se habían casado y disfrutaban de tele propia) dado que mi padre solía quedarse en la cocina intentando sintonizar, dependiendo el día, la BBC en español o Radio España Independiente, estación pirenaica. Casi todos los días había un telefilm, como por ejemplo Ironside un detective en silla de ruedas interpretado por Raymond Burn que años antes, cuando en mi casa aún no había televisión, había popularizado a un abogado llamado Perry Mason que importó de un maravilloso doblaje portorriqueño términos como occiso o cajuela, que, al menos yo, tardamos años en saber que significaba, y con toda naturalidad escuchábamos llamar carro al coche y cuadra a una manzana de casas. Y es que este doblaje, con su particular acento, era uno de los éxitos. Recuerdo una serie, que hoy sería de ciencia-ficción y entonces era, simplemente de aventuras, y que se llamaba Viaje al fondo del mar, que se emitía los sábados por la tarde y que yo no me perdía ni loco. Se trataba de un submarino que además de nuclear era muy democrático. Que fuera nuclear tenía poca importancia, de hecho manipulaban el reactor con unos guantes de cocina, metiendo y sacando las barras de uranio o plutonio sin problemas, lo que más chocaba era, en una sociedad tan absolutamente jerarquizada como la nuestra, era el trato campechano que tenían entre ellos teniendo en cuenta que había un almirante, el almirante Nelson que ya es casualidad, un capitán, el capitán Crane, que depende para que cosas podía tener más autoridad que el propio almirante, y luego estaban los marineros como Chip Morton o Kowalski
El submarino en cuestión solía encontrar a profundidades insondables a extrañas criaturas monstruosas a las que espantaban a base de:
¡Descargas a través del casco!¡Descargas a través del casco! que, al menos, conseguía que los tentáculos, casi siempre el monstruo tenía tentáculos, soltaran la nave. Luego desde la nave salía el aerosub o el minisub y ¡zas! le daban la puntilla. En ocasiones el mosntruo, o una parte, conseguía introducirse en el submarino y entonces, y ahí el doblaje era fundamental, se podía escuchar:
¡Ey Kowalski!
¿viste el pulpo cabesón que entró en tu camarote?

Claro que el pulpo en cuestión, ni en general el malo de la película, tenían controlados los conductos de ventilación, y por ahí acababan palmando.
Como mis horas de visonado televisivo eran tardías, al menos al principio, cuando se conectaba el aparato ya había pasado por allí una familia que se hizo muy popular

Cleo, Teté, Maripi, Peluquín, Colitas y Cuquín intentaban, algo que jamás consiguieron, que los niños se fueran a la cama a las nueve de la noche.
Con el tiempo, y en parte por culpa de la tele, se fueron modificando las costumbres familiares, y la antigua habitación de mi hermano, vacía desde su boda, se habilitó como sala de estar se instaló allí la Werner y la cocina, en la que ya se había sustituido la cocina de carbón por el gas butano perdiendo su condición de habitación caliente de la casa, dejo ser el punto neurálgico. Eso adelantó la hora de encendido a, aproximadamente, las ocho de la tarde, hora en que empezaba el espacio Novela, que tuvo la virtud de acercar literatura de calidad a las grandes audiencias. Puedo recordar un Bel-Ami con Victor Valverde, Crimen y Castigo con Jose Luis Pellicena y Marisa Paredes, veo perfectamente como en una escena, incomprensiblemente no censurada, Pellicena metía la mano entre el escote de la Paredes. Los miserables con José Calvo en el papel de Jean Valjean y Teresa Rabal interpretando a la ingenua Cosette. Como no a Pepe Martin siendo El conde de Montecristo o a Sancho Gracia como D'Artagnan (impresionante Elisa Ramírez como la malísima mi lady de Winter).
No voy a olvidar , nadie lo olvida, todo el mundo lo recuerda y añora Estudio 1, sólo voy a citar los que recuerdo sin hacer un excesivo ejercicio memorístico:
Angelina o el honor de un brigadier con Fernando Delgado y Luisa Sala
Doce hombres sin piedad con, y creo que los puedo citar a todos de memoria, José Bódalo, Pedro Osinaga, Carlos Lemos, Jose María Rodero, Sancho Gracia, Rafael Alonso, Antonio Casal, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Jesús Puente, Fernando Delgado (¿Cuantos Estudios 1 hizo es te hombre?) e Ismael Merlo
El motín del Caine, de nuevo Fernando Delgado, Jose María Prada y Rafael Arcos
El conciero de san Ovidio con José María Rodero
La muerte de un viajante, Los peces rojos, El okapi y
y etc...
En el cine también teníamos nuestra parcela en Sesión de Tarde o Sesión de Noche, evidentemente en Blanco y Negro, lo cual hizo que algunas películas que sólo habíamos visto por la televisión, cuando las reponían y las reveíamos en cine, al ser en color, nos causaban más de una sorpresa. De todas maneras eramos unos adictos al cine de sesión continua, de manera que el cine en la pequeña pantalla no nos enganchaba demasiado.
Por supuesto que había deporte y fútbol, pero muchísimo menos que ahora. Un partido de 1ª división los domingos a las 7 y 1/2 de la tarde, y generalmente no era el más interesante de la jornada. Ni siquiera se televisaban todos los partidos de Copa de Europa, que siempre jugaba el Madrid, por cierto, aunque sí los de la selección española. Los domingos por la mañana podían televisar baloncesto, casi siempre el Madrid que ganaba las ligas como churros. Como Manolo Santana se había convertido en un héroe nacional sobre todo a raíz de ganar en Wimbledon (¿con qué escudo en la camiseta?)
comenzaron a retranstimirse todas las eliminatorias de Copa Davis, lo cual además de popularizar términos como pasinsó, draif, eiss y yus, y por supuesto el ¡Entró, entró! de Juan José Castillo produjo un irremediable daño a nuestra vista, porque la pantalla pequeña, el blanco y negro y el blanco original de las bolas hacían a estas prácticamente invisibles. Claro que más invisible era aún la bola del Hockey sobre patines, deporte en el que eramos, en dura competencia con Portugal, los campeones del mundo y de Europa, o como mucho subcampeones si los lusos capitaneados por el gran Livramento nos habían sobado la oreja. Tanto el hockey sobre patines, deporte del que siempre se olvidaban citar que todos los juadores y todos los equipos de primera división eran catalanes, como la Copa Davis tenían un innegable componente patriótico. El tenis por la tele nos llevó a pintar en mi calle, la calle Canarias, entre el Paseo de las Delicias y la calle Batalla del Salado, un campo de tenis con tiza, y por supuesto sin red. Como las pelotas y las raquetas reglamentarias costaban un pastón, nos apañabamos con una pelota de plástico que costaba dos o tres pelas y las raquetas del pinpon hábilmente mangadas de los billares. Cuando, de ciento en viento, pasaba un coche parabamos, por supuesto, el partido. Los partidos de tenis televisados tenían el inconveniente de que quitaban demasiado tiempo. En una eliminatoria contra la URSS, en la que en mi casa se iba evidentemente con los soviéticos, cuando su número 1 , Metreveli se puso dos sets a cero sobre Juan (hoy Joan) Gisbert yo me baje a la calle convencido del triunfo soviético, cuando subí varias horas después el catalán ganaba su último punto. También ponían boxeo deporte al que me aficionó mi hermano llevándome a las veladas del Campo del Gas y a veces al Palacio de los Deportes, allí vi como un húngaro, Laszlo Papp propinaba una paliza de muerte a nuestro Luis Folledo, de la que nunca se recuperó, sobre todo si le sumamos otra que le dió Nino Benvenutti, los ídolos que recuerdo: Pedro Carrasco, Velázquez,... y , para mí, sobre todos Pepe Legrá el Puma de Baracoa.
Esa era la tele de mi adolescencia, sin duda manipulada y destinada a la propaganda, pero infinítamente mejor que la de ahora. Allí no tenían cabida ni Belén Estebán ni sus divorcios, no había delincuentes convictos cobrando por aparecer en pantalla. Con todos sus defectos era mil veces más digna que lo que hay ahora.