domingo, 24 de enero de 2010

Desde el Acero Bolchevique

Siguiendo instrucciones, o mejor sugerencias, de mi amigo kabileño, voy a enlazar en esta bitácora la entrada que he publicado en Acero Bolchevique. Allí ya justifico, o intento justificar, el porqué del lugar. Pero ya que me he, o me han, animado a hacerlo en esta bitácora, que sigo mucho pero en la que participo poco, y que tiene un objetivo diferente, ni mejor ni peor, que el de la agitación política, voy a aprovechar para recordar lo que pudo suponer para un españolito procedente de una España, miserable por muchos conceptos, aterrizar en Paris. Era llegar a una ciudad en colores desde un pais en blanco y negro. Por más que no era la primera vez que iba a Paris, ya había ido en excursiones escolares en 1971 y 1973, era esta una ocasión especial puesto que la voluntad era la de no volver, al menos hasta que España fuera un lugar en el que se pudiera vivir. Y así aterrizamos en la gare d'Austerlitz con unos pocos, poquísimos, francos en el bolsillo dispuestos a lo que fuera. Unos pocos francos y un par de direcciones, en realidad direcciones que habrían de conducirnos a otras direcciones, facilitadas por la dirección de la Juve en Madrid. Cuando uno tiene apenas dieciocho años, dieciocho años de los de la España de entonces, el choque cultural, y de costumbres, puede ser, y fue, impresionante. Todo era distinto, todo parecía oler a libertad, aunque fuera una libertad simplemente formal. Se podía decir lo que se pensaba. Nos quedabamos extasiados frente a los quioscos de prensa viendo colgados uno al lado del otro al hebdomadaire Lui , con una impresionante señora en portada con el pecho al aire, junto a L'Humanité, con su hoz y su martillo. Acostumbrados a una sociedad en la que las relaciones entre chicos y chicas estaban lastradas por toda clase de prejuicios, en la izquierda incluso más, asumir unas costumbres distintas no fue fácil. Venir de un lugar en el que el sexo más que un pecado era un milagro y llegar a una sociedad en la que había una cierta normalidad, sin que aquello fuera el coño de la Bernarda , que nadie saque conclusiones equivocadas, podía dar lugar a situaciones que podían rozar el ridículo. Sobre todo para alguien absolutamente vírgen física y emocionalmente. De hecho, aproximadamente un año después, creo que fue en la primavera de 1975, desde luego en Paris llovía todos los días, una camarada, hija de españoles, militante de la Juve, española pero nacida en Francia y culturalmente francesa a todos los efectos, de edad cronológica un poco mayor que yo pero emocionalmente muchísimo más madura , tuvo, trás una tarde cargada de trabajo militante y un poco más de vino y Pastis ( no se porqué estaba convencido de que se escribe Pastisse), conmigo un intercambio de afecto que para mí cobró una importancia que creo que no hace falta explicar, importancia que no tuvo para ella, sin que para ella aquello hubiera sido un quemasdá. Al día siguiente lleno de resaca e ilusión topé de lleno con la realidad, cuando ella misma fué la que me sacó de mi error, después de que yo le declarase mi amor eterno, universal e insuperable, de una manera que después he visto en sopotocientas películas, y siempre me duele: "Lo de ayer fue muy bonito, pero...", "Lo importante es lo importante...". Que no deja de ser otra versión del manoseado "Podemos seguir siendo amigos" , posibilidad casi siempre remota, y hago énfasis en el casi porque existen casos pero son extraordinarios, extraordinarios por muchos conceptos. Seguí teniendo mucha relación, siempre política, con esta camarada tanto en Paris como en Madrid, cuando intentó asentarse en España, fracasando al comprobar lo muy francesa, y sobre todo parisina, que era. Y siempre me sentí incómodo en su presencia, a pesar de nunca, ninguno de los dos, hiciésemos alusión alguna a lo sucedido, y estaba incómodo no por lo sucedido, sino por el espantoso ridículo que hice al día siguiente, aunque con el paso de los años contemplo aquel incidente con cierta ternura. Puede que fuera por aquello, pero nunca han estado los digestivos anisados entre mis preferencias a la hora de empinar el codo, estando sobrio, se entiende porque una vez comenzada la juerga y con el paladar caliente hasta la mercromina.
Después he vuelto mil veces a Paris, incluso por razones de trabajo, la OCDE tiene allí su sede y cuando hay algo relacionado con las estadísticas agrícolas o de medio ambiente me sacrifico y voy, y si puedo, casi siempre puedo, hago trampa para quedarme el fín de semana, y dedico ese par de días o tres a pasear por Paris, mi Paris, y sigue siendo espléndido, luminoso, aunque llueva a raudales. Por muchas razones yo nací en Paris, y si algún día me pierdo búsquenme en Paris.

4 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Oiga Bolche, con su permi le voy a comentar aquí en vez de el Acero.
Desde luego es una historia entrañable e inguenua, como todos las que se producían en aquella época donde salir fuera era una especie de vacuna contra el franquismo. Y muy propia de esta bitácora.
Y le aseguro, ya lo conté aquí, que mi primera experiencia estuvo también llena de ingenuidad. Y sí, todo parecía más y mejor fuera. Y lo era.
De París, mejor no hablar, porque es la ciudad a la que siempre estoy dispuesto a volver. Y vuelvo. Ahora mismo después de tres años, estoy con un mono que de éste no pasa que me fugue allí.

Salud y República

Freia dijo...

Yo no sé qué pasa últimamente que nos pasamos todos la vida hablando de París.

Yo me apunto con Vd., con su y mi querida Ossapossa, Bakunin, don AF y Almazán y señora. Puede arder la ciudad, se lo digo yo.

(Me ha encantado tu relato que, por cierto, no conocía, monsieur Pastis 53). Más de treinta años siendo amigos y me entero por un blog público. ¡Anda que ya te vale, mon cheri!

Neogeminis dijo...

Una anécdota muy tierna y muy bien contada que da gusto compartir. Seguro que ella también lo recordará con ternura, más aún con el paso de los años.


Ha sido un gusto leerlo.
Saludos!

àngels dijo...

Acero, me encanta tu relato. Parte de mi vive agradablemente exiliada en París. Y la otra parte teme el mal tiempo, que si no... Pero en París yo me sentí europea y ciudadana por primera vez hace muchos años... un descubrimiento tan maravilloso como el del sexo (y que con el paso de los años gana en importancia relativa). Salud (pública) y República (también española además de francesa).