lunes, 23 de noviembre de 2009

Violencia de género


El recuerdo viene a cuento de que el próximo día 25 se conmemora el Día Internacional contra la Violencia de Género, y seguramente muchos lectoras y lectoras habrán vivido, como yo, unos tiempos aún peores por lo que a la violencia de género se refiere. Unos tiempos sin derechos apenas para las mujeres, y en los que pegar a la novia o a la esposa no sólo no era delito sino casi un ritual de escape para tantos hombres que nunca conseguían oler a limpio. Entre la clase obrera era demasiado el aturdimiento por el trabajo y el alcohol, y entre los "señoritos", demasiada la prepotencia y el fascismo entrañado en la cotidianiedad de una postguerra inacabable. La minoría que en Catalunya se había pasado al bando "nacional" no sabían entender en qué habían vencido, y la mayoría republicada, bajo un silencio de granito, desesperaba entre rencores y represalias... nada de eso justifica la vesanía de pegar a las mujeres, pero entre sollozos acallados y rosarios descreidos, eran demasiadas las que se resignaban a aceptar los golpes como una válvula de seguridad que parecía impedir estallidos más temidos.

A finales de los 60 me trasladé a Barcelona, y acabé viviendo en un entresuelo, cerca de la Facultad en la que trabajaba y estudiaba, y donde llegaban los olores, gritos y parloteos de unas calles que muy dolorosamente iban despertando a la ciudadanía.

Un atardecer empezó bajo mi ventana un rumor como de requiebros, de abrazos que dejan huella y besos no correspondidos. La mujer intentaba escapar con una sonrisa quebrada, con disculpas y falsos halagos, pero cada vez se hacía más pequeña bajo los manotazos, hasta que los empujones se convirtieron finalmente en cachetes y puñetazos desgranados casi con desgana, en un lento ritmo creciente... La mujer ya estaba hecha un ovillo en el suelo cuando empezaron los rodillazos y las patadas.

Abrí la ventana, pero mis gritos apenas alteraron nada. El hombre levantó la mirada turbia de odio y vino barato, y se rió. Detuvo sólo un momento sus golpes, satisfecho de que alguien contemplara su hazaña.

Fui al teléfono. Mi voz tembló en cada bucle del largo cable que me permitía seguir asomada a la ventana mientras amenazaba al hombre con que vendría la policía. Él se alzó de hombros y empezó a golpear de nuevo a la mujer, cansinamente, mientras levantaba provocadoramente la mirada.

Finalmente la voz que me atendía del 091 consintió en mandar alguien a mi calle. Sólo una última pregunta antes de que la dotación se pusiera innecesariamente en marcha: ¿Podía asegurarle yo que el hombre y la mujer no estaban legalmente casados?

viernes, 20 de noviembre de 2009

Los Santos Mártires

Los patronos de Santander son San Emeterio y San Celedonio. Fueron ajusticiados por el imperio Romano en Calahorra, en la Rioja, y sus cabezas arrojadas al Ebro. Se cuenta que las cabezas flotaron río abajo, hasta el mar. Rodearon la península, y fueron encontradas, intactas e incorruptas, en la bahía de Santander. Hoy figuran en el escudo de la ciudad.

Yo quiero hoy escribir sobre otros mártires, de nombres iguales, o muy parecidos.

En mi vieja escuela era obligatorio jugar al fútbol en los recreos, ser muy bruto, y tirar del pelo a las niñas. A mí nunca me gustó el fútbol, era pequeño, y no muy bruto, y me llevaba bien con las niñas.

Emeterio y Celedonio eran del ultimo curso de EGB, cuando yo no tenía más de ocho años. Ellos no jugaban al balón, se pasaban el recreo charlando, se intercambiaban libros y comentaban lo que habían visto en la tele. También hablaban de música. Sus gestos eran educados, respetuosos con sus compañeros, y cariñosos con nosotros, los pequeños. No solían gritar, y su forma de vestir nos parecía a todos excesivamente correcta, casi atildada.

Y yo era su pesadilla: “MARIQUITAS”, les gritaba.

Estoy seguro de que, en esos momentos no sabía lo que estaba diciendo. Pero sé que era consciente de que les agredía. Supongo ahora, con todo lo que ha llovido, que alguien me manipulaba. Pero eso no es una disculpa. En el patio de un colegio de 1971, si un enano te llama a gritos “mariquita”, estás estigmatizado entre los compañeros de clase.

No sé dónde estarán esos santos mártires. Podían haberme dado una paliza en respuesta a mis agresiones casi diarias, pero no era su estilo.

Es un poco tarde, pero me gustaría pediros perdón.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La Singer de mi abuela

Máquina de coser "Singer"

En el año 1946 parece que, ya terminada la Segunda Guerra Mundial, se tuvieron noticias de que iban a ser repatriados algunos españoles que marcharon a Rusia porque al parecer había noticias desde Gibraltar, donde vivía una prima de mi abuela, de que mi abuelo había terminado con el barco en algún puerto de la Unión Soviética, aunque todo eran suposiciones y reinaba el silencio de la naviera y el de las propias autoridades españolas. La Unión Soviética era todo un tabú. De hecho se conoció una lista con algunos marinos mercantes republicanos que volvieron a España, junto con algunos prisioneros de las tropas españolas de Franco que apoyaron a las alemanas en la frustrada invasión de Rusia, la llamada División Azul. Mi abuela fue entonces cuando perdió la esperanza, hasta convencerse de que realmente había perdido a su marido. Ya viuda, tuvo que enfrentarse a la guerra diaria que comienza el día después de la paz, la triste paz de los perdedores: dar de comer a sus tres hijos con la sola ayuda de la familia y de una máquina de coser con la que asistía a algunos de los talleres de costura de Cádiz en esos difíciles años. Existía una empresa en la calle Nueva de Cádiz que se dedicaba a surtir al Ejército la ropa militar, llamada “Lahera” y que se convirtió en uno de los subsidios económicos con los que saldría para adelante. Los recuerdos de mi padre eran de una mujer que se afanaba por coser el mayor tiempo posible, incluso de noche a la luz del carburo ya que la electricidad se cortó por falta de pago a los primeros meses de perderse mi abuelo. Con treinta y tantos años tenía que ir tirando de sus tres hijos con la ayuda de la “Singer” la máquina que pedaleo tras pedaleo iba a ir dando de comer a la familia. Mi padre decía aquello de que las correas de la máquina se iban partiendo y para evitar comprarlas nuevas se remendaban una y otra vez, hasta que ya resultaba imposible arreglarlas. Aquella “Singer” que yo todavía recuerdo, negra, con su volante, sus adornos dorados, el forjado del pedal y la cajita pequeña donde se guardaban los hilos y agujas. Pero por muchas horas que mi abuela sacara para coser, no siempre el trabajo daba si quiera para pagar el recibo del alquiler de la casa. Así pasaban aquellos años cuarenta, con la cartilla de racionamiento, con el cuarto de litro de aceite para quince días, o aquel pan escaso de materia no siempre conocida donde se mezclaba el cereal que había entonces, el maíz, el centeno y cualquiera sabe cual más. Así, así eran los años cuarenta de la España Triunfal de Obispos y Generales. Una España de alpargata de caucho, remendada, gastada, que lógicamente tendría que ir a mejor, porque a peor ya era difícil después de la Guerra Civil.


sábado, 14 de noviembre de 2009

El burro, los sobaos y yo

Nuestra memoria es un gran armario lleno de pequeños cajones. Sabemos que algunos existen, que allí están, pero no queremos abrirlos. Nos asustan, nos emocionan, nos ansían...


Sin embargo, hay otros que de pronto surgen en la memoria y nos hacen sonreír.

Siendo yo aún pequeña y, por tanto, niña libre, risueña y confiada, me fui con unos amiguitos, hijos conocidos de la familia, a pasar unos días a una pequeña aldea al norte de la provincia de Teruel.

Esta familia, de muchos hijos ella, tenía una casa en ese pueblito, casa que a mi me parecía una preciosidad. No porque fuera antiquísima, que lo era. No porque fuera enorme, que también. Lo increible para mí era la maravillosa cocina, con chimenea dentro y con una puerta semisecreta que daba al patio donde había gallinas, cerdos y conejos. Venida de la Sevilla urbana y con patios de casa muy distintos que sirven de distribuidor, aunque eso si repletos de flores, aquello me pareció fabuloso.

Sin embargo, lo más preciado era un rincón lleno de cestos donde guardaban riquísimos sobaos caseros que se hacían para todo el invierno. Estas golosinas se convirtieron en mis protagonistas por aquellos días. De estomago agradecido desde muy chiquita, y no estando mi madre para reprenderme, mis desayunos eran fastuosos, desayunos que hacía muy en solitario porque era la única niña que despertaba de amanecida.

Aquellas fiestas tenían como atractivo la visita en romería a una ermita que se hallaba a 4 kilómetros del pueblo. Esencial e imperativo era ir en burro.

Como no había burro para mí trajeron uno de un pueblo cercano. Lo llevaron el día anterior. Debería haber intuido que las risotadas de los hijos mayores de mis anfitriones al ver al animal, significaban un cierto peligro. Sin embargo, yo, arrebatada de ilusión, ni me percaté de ello. Y eso que el burro, bonito, lo que se dice bonito, serlo no lo era. Algo "contrachapado" y patizambo, a mí me parecía un auténtico alazán.

El punto de salida de la romería era en la plaza, donde aguardaban los burros preciosamente engalanados. Todos, niños, mayores, ancianos, todos montaron sus burros. Cada uno en el suyo.

Ah! menos yo.

Cuando yo me acercaba, sonriente y felíz, a montar mi caballo de princesa, el burro, chiquitito también él, contrachapado y patizambo, debió de intuir lo que se le venía encima, es decir, mi peso y salió de estampida. Yo en lugar de esperar dignamente, salí corriendo trás él gritando como posesa.

Convertime así en la mayor atracción del pueblo y me temo que mi hazaña ha sido recordada durante décadas. Tan agotada terminé de la carrera y tan enfurruñada por las risas que, muy digna, me fui a la cocina y enjugue mis lágrimas con los riquísimos sobaos.

Ya les advertí que yo por aquel entonces era una niña libre, sonriente y confiada.

A la noche de aquel dramático día, había un baile en la plaza, con la banda de músicos y con discurso del alcalde. A los más pequeños, y excepcionalmente, nos dejaron estar allí tan solo un rato.

Cuando el alcalde terminó su discurso, sin que nadie pudiera evitarlo, subí a la tarima, hice que el alcalde, entre divertido y asombrado, oyera mi lamento entre lágrimas. Con gran carcajada, me guiñó el ojo y dio instrucciones a la banda.

Y yo, allí solita, muy solita, con el recuerdo de mi burro y la satisfacción de mis sobaos, baile las sevillanas más bonitas que he bailado en mi vida. Y además sola. Inventándome pareja. Todavía recuerdo los olés y los aplausos de muchos turolenses. Los niños dejaron de reír.

Lo que después pasó nunca me enteré. Mis padres no volvieron a permitirme ir allí.

A la vuelta a Sevilla, mi madre me puso a régimen.

Desde entonces a los burros los miro con mucha simpatía.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Una de mili: sardinazo al canto

Antes, hoy afortunadamente la moda ha desaparecido como el mismo servicio militar obligatorio, había una costumbre desaforada de contar historias de la mili, todavía hoy continúa entre los que la hicieron, sobre todo en mi generación.

He de decir que no he sido uno de esos fanáticos seguidores de estas historias, pero  pasar más de un año en una situación especial, da lugar a anécdotas poco comunes.

Mi época de campamento –tres meses hasta la jura de bandera—, pasó sin pena ni gloria allá por 1971. Después fui a parar (por uno de aquellos enchufes que uno se busca, pero que me salió rana, pues trabajé más que un negro al servicio de los oficiales), a la Escuela de Estado Mayor, en la C/ Sta. Cruz de Marcenado, en Madrid, donde tuve la ocasión de “servir a nuestro patrio ejército”. Allí fue ayudante de intendente y maître. Profesiones que, naturalmente, jamás había ejercido y que jamás volví a ejercer después.

Desde esa atalaya, controlaba los desayunos, comidas y cenas que se daban en la Residencia de la Escuela, donde iban o residían profesores (normalmente generales y coroneles) y estudiantes (tenientes, capitanes o comandantes). Y allí pude ver cómo el cacareado ejercicio de la austeridad y frugalidad militar era un tópico. La mayoría de ellos eran unos tragaldabas de mucho cuidado, cosa que no critico en sí, pero que sí denuncia la falsedad de esa fama de austeros que muchos militares autoproclaman. Allí conocí a dos que se harían famosos años después por su calidad de golpitas: Sáenz de Ynestrillas y Pardo de Zancada.militares-uno

Era demasiado tiempo para que jóvenes entre 19 y 22 años, sirviesen gratuitamente y con diligencia a esos futuros prebostes de la milicia. Hay que pensar que allí iban la flor y nata de los militares, los que destacaban, los que se preparaban para guiar los destinos de la patria, eso es lo que esperaban aquellos militares estudiosos.

El capitán Bacigalupe, chusquero y conocido por su mala leche, era mi jefe directo. Afortunadamente, yo era su hombre de confianza, puesto que este soldadito raso, rasísimo era quien le sustituía casi siempre a la hora de dar las comidas. Él tenía –no sé el qué— otras cosas que hacer. Lo primero que hacía cuando llegaba a la oficina era leer el ABC y un boletín militar, bueno lo de leer era un decir. Le bastaba buscar en las páginas necrológicas los militares que habían fallecido, y así se iba haciendo a la idea de si le daría tiempo de llegar a comandante o tendría, el pobre, que jubilarse de capitán.

Él siempre llevaba las compras directamente, cuando venía algún proveedor, me hacía salir de la oficina y se quedaba charlando con él, supongo que tendría “sus raciones”, perdón quería decir sus razones.

El hecho de que fuera yo el que la mayoría de las veces estaba en el comedor me daba la libertad de autorizar o no a que cualquier oficial, jefe o general que no hubiera avisado, pudiera comer o cenar (qué satisfacción sentía, al ver la cara que ponía el general cuando un simple soldadito le decía que no podía comer por no haber avisado, sin poder hacer nada por evitarlo). Siempre se podía, pero mi capitán, chusquero a más no poder, tenía odio a los militares de carrera y yo siempre contaba con su beneplácito para negar la comida por muy general que fuera, si no lo había solicitado con antelación.

Aquel día de 1972, en el menú de la cena había sardinas fritas de segundo plato.   Naturalmente él se escaqueaba y me dejaba a mí, como de costumbre, a cargo del comedor. Lo que hacía que yo debía estar perenne allí, puesto que los desayunos, comidas y cenas se daban todos los días, incluidos sábados, domingos y festivos.

Miguel, un soldado extremeño junto con Juan, gallego gracioso donde los haya, eran los camareros que estaban de servicio. Había poca gente las noches de fin de semana, la mayoría salían a cenar fuera. Nosotros nos estábamos entreteniendo en la cocina –que se comunicaba por un office con el comedor— tirándonos sardinas de la cena, ya veíamos que iban a sobrar. El tal Miguel me arreó un sardinazo que me dió en toda la cara, cabreado, cogí una sardina y se la lancé con toda la mala leche que pude. El extremeño que era tan mamón como ágil se agachó, y la sardina volante salió por el office al comedor hasta estrellarse en una preciosa chaqueta de ante de un teniente de navío que tranquilamente cenaba, departiendo con otros dos compañeros militares. Ahí estaba la chaqueta nueva, reluciente, con un dibujo de grasa en la espalda con forma de pez, propia de la profesión de marino de su dueño.

Nunca, repito, nunca, había deseado ese “tierra trágame” con tanto ahínco. El teniente se levantó con cara de pocos amigos, preguntó quién había sido. Allí me presenté y aguanté lo que fue, gracias a que este militar --de quien no recuerdo en nombre— era una buena persona, una charla-bronca aceptable.

Lo que no fue tan aceptable fue la bronca que me echó “mi querido capitán”, al día siguiente. Enrojecido, con las venas saliéndose del cuello, gesticulando con los brazos –yo creí que me iba a soltar un sopapo— me soltó una filípica de armas tomar, me dijo que merecía un consejo de guerra, que lo que había hecho era una agresión a un oficial, que… Una hora me tuvo firme y rodeándome con gestos violentos.

La cosa afortunadamente no fue a más, y la causa es bien sencilla. Si yo hubiera ido al calabozo hubiera tenido que trabajar “mi capitán”. Y claro, eso tampoco. Él era un oficial del ejercito de los vencedores, ganó una guerra, sólo faltaba que tuviera que trabajar también. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Salud y República

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un cartero en la memoria

A Javier García Centeno, Navegante rojo, Rafael García Almazán y Antonio Rodríguez, por ayudarnos a recuperar la memoria histórica y a Gracchus, también por ello y porque, sin
pretenderlo, me hizo desempolvar el recuerdo para plasmarlo en este blog.




Mi abuelo Germán el alicantino era en realidad castellano viejo. Había nacido en un pueblo de Ávila, Rasueros, en la raya con Salamanca, muy cerca de Madrigal de las Altas Torres. Su familia era conocida en el pueblo como Los Monagos porque mi bisabuelo Estanislao, el pastor ovejero, el que caminaba a diario varias leguas y se cubría con una boina negra de paño recio, había ayudado en misa cuando chico.

Mi abuelo tenía dos hermanas: Paz y Lucia. A esta última la mordió un perro. Don Joaquín, el médico madrileño destinado en el pueblo, no sólo la curó sino que se casó con ella.

El abuelo Germán trabajaba en el campo pero aquello y el pastoreo apenas les daba para malvivir. Castilla se despoblaba poco a poco, empobreciéndose y sus habitantes miraban hacia Levante y Cataluña como si fuese su mítico El Dorado. Por eso, en 1918 y aprovechando que mi tío el médico tenía nuevo destino en Alicante, trasladó a la familia en pleno. Así pues, emigraron mis tíos Joaquín y Lucía, mi tía Paz, él mismo y el abuelo Estanislao.

Y allí conoció a mi abuela María. Se casó con ella, tuvieron 2 hijas (la mayor de las cuales murió cuando mi madre era apenas una recién nacida) y consiguió una plaza de cartero en el Ayuntamiento.

Mientras tanto, mi bisabuelo pastor, el Monago, se había muerto literalmente de pena a los pocos meses de llegar a la tierra prometida. Nunca pudo adaptarse a la ciudad ni superar la nostalgia de los horizontes bajos y abiertos de Castilla, repletos del verde del trigo en primavera.

De la época de la República guardo esta foto en la que aparece ejerciendo su oficio. Foto, para mí hermosísima, que fue de mi abuelos y luego de mi madre y que yo recibí como única y fantástica herencia.

Orgullosa propietaria: Paz Juan. (Merece la pena ampliar)


La guerra fue dura y difícil para ellos, como para todos. Y aún más en Alicante que en el campo. Aviones italianos bombardeaban continuamente la ciudad causando auténticos estragos entre los civiles. Mi madre siempre contaba un bombardeo especialmente cruel que dejó cientos de muertos en el centro de la ciudad, por las calles que habitualmente usaba ella para volver de la escuela. Recordaba la angustia que sintió mi abuelo al terminar la masacre, cuando iba buscando entre los cadáveres el cuerpo de su hija de doce años, sin saber aún que la maestra había retenido a todos los niños en el colegio.

Mi abuelo no era significativamente rojo aunque sí era de izquierdas. Pero, sobre todo, mi abuelo era masón. Y una denuncia por ese motivo, nada más terminar la guerra, lo llevó a la cárcel. Allí pasó 6 largos y oscuros y difíciles años, como los demás que estaban allí encerrados. Allí conoció a Miguel Hernández y aunque no tuvo mucho trato con él, años después, al salir, les contaba a mi abuela y a mi madre algunos datos sobre los amigos hechos y la estancia de años en prisión [1].

Allí también era celosamente vigilado, humillado y hasta herido por un tal Gaitero, director por entonces de la prisión y curiosa y contradictoriamente, abuelo o tío de uno de mis mejores amigos, mi querido Bakunin.

Y allí iba cada semana a verlo mi abuela María. Esperando largas horas en la cola, mientras soportaba los requiebros groseros y el acoso de los guardias de la cárcel. Y ella, que había tenido un padre carabinero, amable y tierno, se tragaba el asco para poder llevarle a mi abuelo algo de comida y ropa.

Germán Robledo salió de Fontcalent en 1945, pero el mal ya estaba hecho. Depurado en 1939 al ser encarcelado, nunca pudo retomar su oficio. Trabajó en lo que salía, aquí o allá y pasó largas temporadas sin poder hacerlo debido a sus antecedentes penales y políticos.

Y se fue apagando. Sus ojos azules clarísimos, casi transparentes, se cubrieron repentinamente de un velo sucio y turbio de tristeza. Se encerró en sí mismo y dejó de ser el marido y padre serio pero cariñoso que mi abuela y mi madre adoraban.

En 1953 murió de cáncer de estómago, en una casa, la de mis tíos, que ni siquiera era suya.


G.Moustaki - Le facteur. Ballades en Balade: Voyages et Rencontres. Polygram, 1989



Vía adithgandhi

Mi abuela María siempre sostuvo que la mala alimentación y la humedad de la cárcel pero, sobre todo, la tristeza, la amargura de la derrota y el engaño, la angustia que provocó el encierro y la pena por el alejamiento de los suyos, le habían provocado el cáncer, como habían sido la causa real 11 años antes de la tuberculosis y la muerte de Miguel Hernández.

Y yo creo a mi abuela firmemente. Fue una víctima más de una guerra inmoral y cruel, como aquéllos que fueron asesinados arteramente y enterrados de noche y a escondidas en las cunetas o las fosas. Como tantas otras víctimas anónimas, injustas y absurdas de una guerra provocada por facciosos violentos e inmorales y cuyas heridas aún no se han cerrado del todo.

Mi abuela recibió en 1983, un año antes de morir, una pensión económica compensatoria por la depuración a que fue sometido su marido. Pero jamás fue resarcida del daño, de la herida moral que golpeó con crueldad estúpida y absurda a toda su familia. Y seguirán sin reparar el agravio aunque lleve muerta 25 años, mientras haya una sola víctima olvidada al borde de un camino sin nombre y sin historia.

En nuestras manos está que la labor comenzada se termine.



Vía hoseba003



[1]Muchos años después serían casualmente enterrados en el cementerio municipal de Alicante muy cerca uno del otro. Y mi abuela y yo, después de llenar de claveles la tumba de mi abuelo, nos acercábamos a dejar una rosa, siempre roja, en el nicho del poeta. Nicho que por entonces tenía una sencillísima y hermosa lápida de cerámica con el siguiente texto: Miguel Hernández Poeta 1910-1942. Hoy esa lápida ha sido sustituída por una espantosa de mármol negro con letras doradas y rimbombantes y se encuentra siempre abarrotada de papelitos y velas cubiertas de plástico rojo, pero la gente se acerca a ella con el mismo respeto y admiración que lo hacíamos mi abuela y yo cuando era un maldito y un olvidado.