lunes, 19 de octubre de 2009

Mi silla de enea

Debo reconocerles que soy una mujer habladora. Creo que también soy escuchadora aunque semejante afirmación no me corresponde a mi mantener. Si a mis interlocutores.


La cosa me viene desde muy atrás. Aún era yo muy pequeña. Por aquel entonces era inseparable de mi preciosa silla de enea. Tan pequeña como yo. De color verde. Andaluza, como debe ser.

Mi silla de enea me era de gran utilidad. Cuando yo aparecía con ella significaba, para el resto de los habitantes de la casa donde yo habitaba, que yo quería hablar, o preguntar, o escuchar. En definitiva, quería charlar.

Había entonces tantas cosas que mi atención llamaban. Tantas preguntas. Tantas inquietudes. Tenía por aquel entonces tantas y tantas preocupaciones. Pero era en mi casa donde podía yo resolverlas pues aún no iba al colegio.

Tomaba mi silla y me personaba en el lugar más inapropiado de la casa. Yo ya intuía por aquel entonces la necesidad de llamar la atención, la urgencia de ser atendida, la prioridad de reclamar un espacio propio. Mi espacio. El de la pequeña de la casa.

Mi objetivo primordial era mi madre. Mi bellísima madre que, sin lugar a dudas, lo era. Le seguía por el pasillo. Le esperaba a la puerta de la cocina. Al pie del dormitorio de mis padres, lugar sagrado donde los hubiere. Territorio prohibido. No importaba. Yo esperaba mi momento para ser atendida. Sentada en mi silla de enea, enfurruñada, esperando atacar a mis próximas víctimas con mi sarta de interminables preguntas.

Mis ojos, grandes y expresivos entonces, se clavaban sobre mi pobre víctima, hasta que se me hacía el caso que yo consideraba necesario.

Un día mi silla de enea desapareció.
Que si estaba rota (mentira constatada por mi)
Que si ya apenas cabía (mi primera relación con la gordura)
Que si ya era una mujer (no llegaba a los cuatro años)

Tanta pena me produjo que dejé de hablar. Ya no se si era pena, enfado, rabieta o vaya usted a saber. Dejé de hablar.
Que si la niña tendrá anemia
Que tiene que ir al colegio con sus hermanos
Que ni come ni ríe (al parecer yo era muy risueña)

Pasaban los días, quizás tan solo fueron horas, quizás. A mi me pareció una infinitud. Mi madre pálida, triste, culpable. Incluso alarmada. Y como no podía ser de otra manera, de repente apereció otra silla de enea.

Ah! pero no era verde, ni era mi silla de enea, ni era bonita.

Había comenzado mi proceso de maduración. Mi primer contacto con la desilusión. Ya me había convertido en una mujercita de cuatro años. Poco a poco volví a mis preguntas, a mis inquietudes, a mis interminables porqués.

Pero ya nunca fue lo mismo.

He tenido tantas sillas a lo largo de mi vida. Cómodas, elegantes, rústicas, de diseño. Blancas, verdes, rojas, amarillas. Sillas compartidas, sillas solitarias...

¡Tantas y tantas sillas ha habido en mi vida!

Pero aquella, mi silla de enea, de color verde fue la primera. La más recordada.

Por cierto, ¿les había confesado que soy freudiana?

Un beso para el personal

lunes, 12 de octubre de 2009


Este fin de semana mi amigo RGAlmazán me ha hecho un ofrecimiento que no puedo rechazar: formar parte del bloc “Las batallas del abuelo Cebolleta”. Sí, ya sé que hubiera debido sugerir educadamente que el nombre del bloc fuera menos sexista, pero ¡qué caramba!... Si con las canas no se ha aprendido que el sentido del humor y el valor de la amistad superan sobradamente pequeños inconvenientes como ese, no se ha aprendido nada.

Pues aquí me tienen, dispuesta a contar mi primera batallita que naturalmente se enmarca en el franquismo, una universidad llena de grises, y un “secreta” que nos quitaba los carteles del PSUC y de los Comités de Curso en plan John Wayne (¡dejadme sólo!). El tal secreta (“Arturito” lo llamaban los grises) fanfarroneaba de que para dejar las paredes libres de nuestro “artístico” trabajo nocturno con rotuladores y sprays se bastaba y sobraba él sólo. Nuestros mensajes duraban minutos. Llegaba él y los arrancaba, rompía, pisoteaba… y sonreía mientras nos miraba desafiante… Sólo le falta dar la vuelta al vestíbulo y reclamar oreja y rabo. Pues bien, un día decidimos que había que darle una lección, y aunque yo me lo mirara de lejos, en espíritu también formaba parte del comando vengador que saltó sobre las espaldas del secreta cuando iniciaba su labor depredadora… El problema es que habíamos visto pocas pelis de polis y ladrones, y desconocíamos dónde solían llevar escondida el arma: en la cintura, detrás, justo donde el comando intrépido le conducía los brazos como para esposarle… sin tener ni siquiera una cuerda en nuestras manos.

“Arturito” fue más rápido. Metió su mano en el cinturón, sacó su pistola y disparó al techo… Sonó un estallido brutal junto al bar de la Facultad, el techo quedó damnificado en plan 23-F y Congreso de los Diputados… pero nadie se sentó… Superamos de repente la asignatura de Gimnasia, todavía obligatoria en la carrera en aquellos tiempos, de mil y una maneras… modalidad salto de trampolín (sin piscina ni agua) desde la terraza del bar a la Diagonal, cien metros obstáculo corriendo por los pasillos llenos de carpetas y bolsos abandonados, o inacabable maratón de los que tenían más fondo desde la Facultad hasta su casa, sin parar ni mirar atrás… Yo no me moví (de hecho, estaba a cierta distancia del “piquete Némesis” y aquel fue mi único día del año vestida de “chica” con medio tacón y todo)… pero Arturito sabía de mí, y me detuvo. Le sangraba la ceja (alguien del comando vengador se había desquitado a gusto) y entre las gotas de sangre que le iban manchando la camisa y el dolor que podía sentir por el “nyanyo”, no me miraba con especial simpatía ni cariño… A todo eso llegaron los grises, alarmados…

--¡Arturito, que ya te teníamos avisado, que no tenías que descolgar los carteles tu sólo! – decía uno.

--¡Arturito, cómo sangras, vamos a Enfermería que te curen! –proponía otro más pusilánime…

Y otro, que acertó de pleno:

-- ¡Arturito, vaya paquete te va a caer por haber disparado dentro de la Facultad!

Entre grises que iban rodeando al interfecto y su preocupación por su compañero de la “secreta” conseguí parecer invisible, y en plan “pantera Rosa” (esa peli sí la había visto) deslizarme entre la algarabía, correr a la Biblioteca y esconderme en un armario… Y allí me quedé horas y horas, en parte volviendo a nacer porque no hubiera sido nada agradable que me llevaran a la Vía Layetana—y en parte esperando que el tal Arturito desapareciera de la Facultad, como así predijo el “gris” sabio y cauto. No sabemos si le cayó o no “un paquete”. Lo cierto es que le perdimos de vista… Y nos ganamos el respeto de la policía… Desde aquel día nos seguían quitando los carteles en cuanto los colgábamos… ¡pero lo hacían grises de uniforme en un número no inferior a cinco!

domingo, 11 de octubre de 2009

Isabel

Son mis primeros recuerdos. Recuerdos difusos, a veces confundidos, otras ansiosos. Pero siempre profundos. Tanto que cuando vuelvo allí, a la ciudad de mi infancia, a Sevilla, vuelvo a vivir esas mismas sensaciones como si de ahora se tratasen.


Si porque, aunque madrileña de nacimiento, donde aprendí a sentir, donde aprendí a hablar fue en Sevilla. Desde unos pocos meses hasta los nueve años que volví aquí, a los madriles de mi alma.

Estos recuerdos son sensaciones profundas. Es un olor. Es el olor del azahar. Es un tacto. Es la mano de "mi Isabel". Debía ser casi un bebé. Mis hermanos mayores en el colegio. Yo con ella. Con Isabel. El amor de mi vida. El amor de mi infancia. Ella. Solo mía. Mi querida Isabel.

Era ella una andaluza de pro, onubense, de Bollullos Par del Condado, pueblo donde hacían la regañá. Quizás sigan haciéndola. Para mi la más rica de toda Andalucía. Si cierto o no, ni se. Pero era la regañá de mi Isabel. La que cada mes, un fin de semana al mes, me traía de su pueblo.

Una andaluza cerrada, con un habla imposible. Que adoraba a mi madre y mi madre le correspondía a ella con toda su capacidad de amar. Pero no se entendían cuando hablaban. Mi madre con ese duro y bello acento de Castilla. Con sus "b" y sus "v". Con sus "ll" y sus "y". Isabel con su lengua andaluza.

Con ella, con mi Isabel, aprendí a oler. Con ella aprendí a hablar. Con ella, siempre con ella aprendí a vivir. También a andar. Tan chiquita que yo era y no me hubiera perdido entre las callejuelas estrechas, árabes, del Barrio de Santa Cruz... Aprendí cada rincón. Aprendí a vagar por aquel incomparable laberinto.

No todos los olores de la flor de azahar son iguales. No. Dependía del momento de la flor. A punto de brotar. Ya feneciendo. Mi Isabel me enseñó la diferencia. Lo aprendí en un parque cercano a mi casa, el parque de María Cristina. Chiquitín como yo. En el paseo donde está la Torre del Oro.

Jugabamos a los olores y si acertaba me comprabas altramuces.

Si, son mis primeras sensaciones. Mis más antiguos recuerdos: el azahar, la luz, mi querida e insustituible Isabel.

Allá donde estés y ya no estás, tu sabes que siempre me acompañas. Fisicamente lo hiciste hasta que ya, siendo yo una adolescente, ya viviendo en ese Madrid que tu no entendías, de pronto e imprevisiblemente te enamoraste. Un amor ya muy maduro. Y lo que es la vida, allá te fuiste con él a vivir a Londres.

¡Qué cosas tan increibles tiene la vida! Tu, mi preciosa Isabel, tu que solo hablabas un andaluz cerrado, cerradísimo, te fuiste a Londres, a vivir tu sueño dorado. Los años que allí estuviste, cinco creo, ni a decir adios en inglés aprendiste. Pero lo intentaste. Intentaste entregar toda tu capacidad de amar, tu inmensa generosidad a aquel hombre. Un hombre oscuro, inmerecedor. Te enfermó del alma y ya nunca te recuperaste.

Recuerdo como mi madre fue a buscarte allí. Como te trajo de vuelta a tu auténtica casa. A tu verdadera familia. Nos volviste enferma de muerte. Tu alma se rompió. Nunca quisiste que te curásemos. Nosotros. Tu auténtica familia. Los amores de tu vida. Vimos como te fuiste enferma de amor.

Tu eres mi primer recuerdo. Por eso hoy estas palabras son para ti. No te olvido.

sábado, 10 de octubre de 2009

Aromas

Para Manuel, a quien siempre le gustaron las historias del Cebolleta









Mi abuela olía a tabaco. A hoja de tabaco de Cuba y a geranios.

Mi abuela liaba puros habanos a mano sobre una mesa de madera, usando simplemente una prensa, una chaveta, profesionalidad y mucho mimo. Mi abuela era cigarrera en la Fábrica de Tabacos de Alicante. Como antes lo fue su madre, que estaba casada con un carabinero del puerto. Sólo que mi bisabuela los liaba sobre el muslo, como Carmen la cigarrera. Realmente mi abuela tuvo unos padres que parecían sacados de un relato de Merimée.

Mi abuela nunca tuvo un carácter especialmente agradable pero, aun así, era mejor que el de mi madre. Le tocaron tiempos difíciles. Entró a trabajar con 14 años, se casó al cumplir los 18, parió con 19 recién cumplidos y la guerra le robó los mejores años de su vida. Con todo y aunque se pasaba la vida discutiendo en valenciano con aquella santa que era la tía Margarita, su hermana, tenía un cierto sentido del humor. Y amaba el teatro, el cine y, si se terciaba, salir a bailar y divertirse en las contadas ocasiones en que podía.

Y a mí me encantaba esperarla en la Rambla a la vuelta de la fábrica, al mediodía. Una hora antes bajaba a la calle y me entretenía jugando al truque o con el saltador hasta que veía aparecer calle arriba su figura tan reconocible y cierta, con aquella bata azul de operaria que llevaba sus iniciales M.P., María Pérez, bordadas en relieve con hilo de color rojo.

Y me gustaba acercarme a recibirla y darle un beso y respirar ese olor a tabaco sin quemar, a aroma de puro habano, como una promesa de volutas de humo azul, ascendiendo y enroscándose en las palabras ligeras de una charla de sobremesa.

Por la tarde no me dejaban bajar a la calle para ir a buscarla (nuestro barrio, el barrio chino, nunca fue recomendable a partir de las 6), pero me gustaba oír la llave en la cerradura de la puerta a eso de las 7 menos cuarto.

Como mis largos meses en Alicante coincidían lógicamente con el verano y hacía calor, recordaré siempre, por muchos años que pasen, la imagen de todos los balcones de la casa abiertos. Y también, que a mi abuela le encantaban las flores y las plantas.

Nuestra casa era destartalada y grande, con ocho grandes balcones que daban a dos calles. En ellos, decenas de tiestos de barro con los geranios de las más diversas variedades y colores que uno pueda imaginar: blancos, rojos, rosas, añiles, jaspeados... Y cuando la abuela tomaba la regadera de latón para aliviarlos del fuego que soplaba todavía y con una parsimonia delicada y hasta primorosa les arrancaba las hojas secas o los brotes muertos, el aroma detenido de la tarde tan calurosa parecía revivir y se llenaba de ese olor tan especial, ácido, especiado y penetrante pero suave a un tiempo, de los geranios comunes o los trepadores.

Entonces la atardecida se volvía cada vez más amable y delicada y el olor del tabaco y las flores se mezclaba casi imperceptiblemente con el de brea, salitre y iodo que venía desde el puerto.

Ese aroma llenó los perezosos y largos días de verano de mi infancia y primera adolescencia. Tanto como el que desprendían los Ideales envueltos en azul y negro de mi tío Paquito o el arroz en paella o en caldero con habichuelas que la tía Margarita preparaba muy a menudo para su familia y unos pocos veraneantes, que recalábamos en su casa año tras año. Como también los llenó el perfume de los ramitos de jazmín que le comprábamos al jazminero en la Explanada y que, a la noche, colocábamos en el cabecero de la cama para que ahuyentasen los mosquitos.

Son los olores lejanos de mi niñez amable y perezosa, la estival, bañada en agua de mar y tracas japonesas de infinitos colores aromados de pólvora. Mi niñez envuelta en el perfume de la horchata y el agua de cebada o de limón y la leche con corteza de naranja y canela.

Y todavía hoy, cuando alguien saca un cigarro habano y lo acaricia y lo huele despacio y profundamente antes de prenderlo o cuando los aspersores sacan los aromas a geranio de algún jardín escondido de Arturo Soria, camino a casa donde me espera un patio lleno de muchos de ellos, recuerdo con amabilidad, nostalgia y un inmenso cariño a mi abuela gruñona pero alegre a un tiempo, malhumorada pero afectuosa, que cada mañana salía muy temprano para ir a la Fábrica de Tabacos y cada tarde regaba y cuidaba con mimo sus flores, como si le fuese la vida en ello.

Recuerdos y nostalgia de mi abuela, siempre de negro, sempiternamente viuda que, durante años y mucho antes de que yo naciera, iba cada semana a la cárcel de Fontcalent a visitar a mi abuelo, cartero de profesión, que estuvo allí encerrado 6 años, sin saber muy bien por qué ni cómo.

Pero ésa es ya otra historia.





Imagen: Paz Juan
Vídeo: Kaisaibo

jueves, 1 de octubre de 2009

Este viejo longplay

No recuerdo qué grupo tocaba aquella noche pero lo recuerdo todo. La mesa pequeña, la bebida que consumías, el cigarrillo encendido y olvidado en un atiborrado cenicero; el vaso de güisqui en mis manos. Qué importancia tendrá el nombre de aquel grupo si retengo tu mirada y el instante aquel cuando cerraste los ojos al escuchar al saxofonista interpretar aquella melodía ¿de Phil Woods? No estoy seguro, sabes que me pierdo en los detalles, como siempre.

Ahora que es de noche recuerdo mis manos buscando las tuyas, mis ojos recorriéndote y perdiéndose en ti; el murmullo de la mucha gente que se congregaba en aquel local, la pianista y su vestido de flores rojas sobre fondo blanco escurriéndose hasta el suelo mientras sus dedos saltaban de las blancas a las negras con precisión asombrosa. Lo recuerdo todo, todo menos el nombre del grupo.

Ahora que el tiempo se despereza, lo recuerdo. El pesado de turno y su exigencia, voz en grito, para que la pianista cantara a lo Billie Holiday; la concentración de aquel hombretón del contrabajo que parecía ensimismado detrás de sus gafas oscuras y gorro rojo, el compás sugerente y cadencioso de las escobillas; mis ansias por salir de allí para perderme en la acaricia tibia de tus caricias.

Recuerdos que se me agolpan al tener entre mis manos este disco, el que compramos otra tarde, aquella en la que recorrimos doscientos kilómetros para asistir a un concierto. ¿Recuerdas? Doble sesión del mejor jazz. Lester Bowie recreándolo desde sus orígenes en un espectáculo colorista y divertido -hemos crecido tanto que nos sobrepasan los recuerdos- y un Gerry Mulligan que te hipnotizó. Si, aquel señor mayor, alto, elegante, hosco y sublime. Para entonces, como hoy, seguíamos sin saber inglés y cuando tomó la palabra el aforo fue un abucheo contundente. Alguien a nuestro lado nos explicó los motivos. ¡Gerry Mulligan! ¡Claro que recuerdas! Tengo grabado aquel gesto refinado y sutil con el que dio paso a su grupo; bastaron dos notas, acaso tres, para que la multitud callara para entregarse a la música. Pero, eso sucedió el día que compramos este disco que ahora tengo aquí, en la mesa donde apilo recuerdos lejanos y alguna que otra obsesión. En su interior, junto al vinilo, un posavasos de un garito cualquiera.

No sé quienes diablos eran, pero lo recuerdo todo. Y así, entre recuerdos, memorias y desmemorias quiero decirte que ya no tengo miedo a la oscuridad porque cuando me falte la luz y los contornos se dispersen, recorreré tu rostro con mis dedos y, si perdiera el tacto, retendré el sonido de tu voz y este viejo vinilo que compramos aquella tarde antes del concierto, y pasaré los días reviviendo nuestros recuerdos o persiguiendo el nombre de aquellos músicos geniales que no recuerdo como coño se llamaban.