domingo, 17 de mayo de 2009

Recuerdos de una tarde de toros

La última vez que asistí a una corrida de toros fue hace muchos años en la plaza de Jerez de la Frontera. Allí toreaba, en palabras de mi padre, el peor matador y el mejor torero. No recuerdo quienes le acompañaron en el cartel, ni la ganadería que lidiaban; en verdad recuerdo poco de esos detalles, pero… ¡ni falta que hace!

Si recuerdo que el jerezano barrio de Santiago había tomado los tendidos y que llegado un momento, el éxtasis subía del ruedo a las gradas y viceversa. Recuerdo también el asombro de un joven, casi un niño, perplejo ante tanto entusiasmo y absorto ante la magia de una liturgia teatral magnífica.
Todo era delirio; nunca, después de aquella tarde de éxtasis, volví a ninguna corrida de toros. También recuerdo mi pasmo y las recomendaciones de mi padre para que mirase al torero componer la estética más hermosa que un toro y un lidiador podrían conformar, pero las gradas estaban repletas de gitanos que jaleaban y se emocionaban al ritmo del compás jondo de un Rafael de Paula enorme, sentío y genial. ¡Niño, mira pa´l ruedo que nunca verás tanto arte!, me conminaba un señor exultante. Pero me interesaba más los rostros de los aficionados y sus reacciones que las verónicas, los naturales.

Igualmente recuerdo que, al terminar la corrida, las calles eran una fiesta. Las palmas y los cantes sonaban por todas partes en un clima de fervor y alegría que aún perduran en mi memoria. Los aficionados se felicitaban, y hablaban, y adjetivaban maravillas. Algunos no hablaban; componían poses de pases que dicen diera el torero.

Nunca volví a una plaza, a veces amago con seguir algún festejo por televisión, pero no soporto los borbotones de sangre, los arpones clavadados en la piel ensangrentada del toro. No discuto el arte de los toros, pero si los toros son arte, ¿dónde está el arte? Aquella tarde lejana,de Jerez, lo encontré en los tendidos y en la calle; en las palmas y los cantes.