lunes, 23 de marzo de 2009

Reinsertado

Con este post (obligado por Blogger) me doy por reinsertado, tras el cumplimiento, no sé si íntegro, de la pena impuesta en su momento por la autoridad.

domingo, 22 de marzo de 2009

La primera vez que vi París



- "Si se muere Franco, no te vas"
- "Pero papá..."
- "No hay peros que valgan. He dicho que no te vas y punto"

El tono de mi padre no admitía réplica. Tenía narices la cosa. Cuarenta años se había pasado el "enano saltarín" haciendo la puñeta por estar demasiado vivo y ahora no podía tardar unos pocos días más en morirse. Mi billete para el "Puerta del Sol" tenía fecha 29 de noviembre.

Llevaba años imaginando París, desde que tenía apenas 8 y una foto de la Torre Eiffel iluminaba mi libro de "En France, comme si vous y étiez" con el que aprendí las primeras palabras de francés. Y mi sueño seguía creciendo con los textos de 1º, 2º, 3º y todos los cursos de bachillerato, hasta el de COU. Montmartre, la place du Tertre, Notre-Dame, Saint-Denis, el Panteón, los Inválidos y las pinturas de Le Moulin de la Galette, o las de Sisley, Monet, Pissarro, Seurat o Dufy. Podría parecer una tontería pero soñaba con frecuencia que volaba sobre la ciudad, a unos diez metros del suelo, en vuelo rasante sobre los Campos Elíseos o los jardines de las Tullerías.


Año 1975. Mi primer trabajo, mis primeras vacaciones, mi primer sueldo. Mi hermana, que trabajaba en American Express me preparó el viaje. Un forfait tren+hotel. Litera en el Puerta del Sol y 6 noches en el Hotel Brochant la Tour, en el Boulevard de Clichy.

Y ahora todos los proyectos alimentados desde hacía diez años se podían ir al garete porque el "pájaro" había decidido morirse...

Y se murió, vaya si se murió. Se las ingenió para hacerme la pascua hasta el final, porque vosotros diréis lo que queráis pero se murió un 20-N exclusivamente por hacerme la pascua a mí. Y con su muerte, el miedo a que se desataran todos los demonios y salieran a la calle a la caza de todo lo que se moviese.

Pero contradiciendo los augurios de los pájaros de mal agüero, ninguna caza de brujas se hizo efectiva (al menos de forma aparente). La mayor parte de la gente no se encerró a cal y canto en casa, ni se rasgó las vestiduras ni se dió golpes de pecho. Eso sí, muchos hicieron larguísimas colas para ver al chaparro difunto, pero no se tomaron las calles por los "leales de toda la vida" ni el ruido de sables pasó de ser un ruido. Otros muchos, lo celebraron. Y por todo lo alto.

Y contraviniendo también el comportamiento lógico en mi padre, viendo que la cosa estaba tranquila me dejó marchar. Aunque eso sí, él no sabía (y bien que procuré yo ocultárselo) que las otras personas que se habían apuntado al viaje lo habían anulado en el último momento llevados probablemente de los mismos temores que él.

Hèteme pues, con 18 añitos y un pasaporte recién estrenado, viajando sola a descubrir la ciudad que echaba de menos sin conocer.

A pesar de ciertos contratiempos en el viaje, contratiempos pequeños y tontos como que casi pierdo el tren, como que el policía del vagón me sometió casi, casi a un tercer grado por ser chica y viajar sola y como que tuve que echar al literista de mi departamento (en el que se coló a horas intempestivas y sin llamar ) porque, llevado del mismo concepto que el policía, se pensó que todo el campo era orégano, llegué a la estación de Austerlitz a las 9:30 de la mañana de un soleado y muy frío día de San Andrés.

Y París se me abrió de forma increíble. Desde el taxi con el que atravesé la ciudad de sudeste a nordeste se me aparecía tal y como yo la había imaginado, sólo que mucho mejor. Más grande, más luminosa, más alegre y muchísimo más hermosa de lo que me podía imaginar. Avenidas inmensas, calles anchas y bien trazadas, cuidadas mansardas de pizarra que delimitaban los edificios y el espacio. Y un Sena, ancho y de color pardo que nada tenía que ver con el "aprendiz de río" que discurría por Madrid.

París, París. Notre-Dame y la Conciergerie, la tour Saint-Jacques más al fondo. Aún más lejos la colina de Montmartre... Y la estación d'Orsay y el Louvre, el arco del Carrusel y las Tullerías con Saint Germain l'Auxerrois, y el pont Royal y el de Napoleón III, los Inválidos y la Concordia. Y la torre Eiffel que se veía desde todas partes, gris, esbelta, perforada. Creo que ha sido el único sueño de todos los que he tenido en mi vida (junto con el de ver Grecia) que se cumplió en todos sus pasos con creces. Después el taxi torció al norte, hacia La Madeleine, Boulevard Haussmann, Saint-Lazare, Trinité, place Pigalle, Boulevard Clichy...

En algún sitio leí que las ciudades son libros que se leen con los pies. Durante los siguientes siete días devoré la lectura que París me brindaba, me mostraba, me descubría. Las arenas de Lutecia, el museo de Cluny, el Jeu de Paume, la Sainte-Chapelle. De día, visita cultural. De noche, me apuntaba a las excursiones programadas por aquello de poder salir sola. La Ville Lumière. Era cierto. Los Campos Elíseos iluminados y la gente dentro de los cafés o los bistró, apurando los horarios de comida o tomando el café o la copa tras la cena. Y los puestos callejeros donde podías comprar crêpes y ostras. Y los cabarés como el Cheval Fou, el Folies Bergère o el Lido... O aquellos otros del París apache y canalla, pasados por el tamiz de la "seguridad" de visita programada.

A los ojos de aquella muchachita de la provincia ulterior, París representaba la luz, la alegría, el espacio vital, el color, la vida.


He conocido otras ciudades. Unas cuantas. Algunas bellísimas como Venecia o Florencia, divertidas como Amsterdam o Londres, vitales como Roma o Marraquech, aburridas como Bruselas, cuna de culturas como Atenas. He vuelto también muchas veces a París. En tren, coche o avión. Procuro hacerlo cada cierto tiempo. La he visto en el mes de mayo, en diciembre, en junio, en abril...

Pero nunca, nunca podré conocer una ciudad nueva, ni podré ver París como la descubrí aquella mañana de domingo, a finales de noviembre de 1975, en aquel taxi que me llevaba de la Gare de Austerlitz al Boulevard Clichy.

Por eso, por muchas ciudades que pueda llegar a ver, esa caótica y lluviosa a menudo y difícil y hostil París fue y seguirá siendo para mí la más hermosa del mundo.



Sous le ciel de Paris - Edith Piaf. The very best of Edith Piaf, 1991. Texto (*)

J'aime Paris au moi de mai. (Aznavour/Roche). Charles Aznavour. Les Comediens. Duchesse, 1989. Texto

Les prénoms de Paris (Brel/Jouannest). Jacques Brel. Integral de Jacques Brel 5. Barclay, 1961 y 2003. Texto


(*) Le doy las gracias al "difunto" Adanero, por cederme (yo me la apropio como regalo ahora que no puede protestar) esta canción

jueves, 19 de marzo de 2009

Las primeras pesetas

Cuando allá por los años setenta uno comenzó a crearse necesidades, el tabaco, las primeras cañas, etc..., comenzó también a complicarse la vida. Las negociaciones con mi patronal a la hora de obtener una asignación medianamente decente eran casi siempre inútiles, sobre todo porque la misma patronal , generalmente mi madre, andaba siempre a la quinta pregunta. Mi padre se escabullía con facilidad argumentando que él siempre le daba toda la paga a mi madre, lo cual era rigurosamente cierto. El caso es que estaba continuamente canino, dándose la circustancia además de que no tenía abuelos, mis padres ya eran bastante mayores cuando yo nací, de manera quen solo alguna que otra esporádica visita a casa de mi tio Paco (al que debo mi primer nombre) que, dedicado al negocio de la chatarra era económicamente potente, me sacaba de la ruina total para dejarme durante un par de dias en la situación de pobre de solemnidad. Claro que la propina que obtenía de mi tio, generalmente un precioso billete de color marrón representando un cuadro de Julio Romero de Torres, y que decía que el Banco de España pagaría al portador la cantidad de 100 pesetas, me llenaba de alegría. Con aquellos veinte pavos , cien pelas de principios de los setenta uno hacía maravillas. Fue entonces, aproximadamente, cuando comprobé la seguridad que da un cierto respaldo económico, pues cuando tenía dinerillo en el bolsillo solía ganar las partidas de billar que en la modalidad de pierdepaga llenaban gran parte del tiempo de ocio de la época en aquellas benditas instituciones llamadas Futbolines o Billares. Por alguna razón, que tendría algo que ver con los nervios me imagino, carambolas relativamente sencillas se pifiaban con frecuencia cuando el bolsillo andaba justo, mientras que con el pulso firme se consumaban interesantes lances a tres o incluso cinco bandas. Igual ocurría con el pingpong , y no puedo decir lo mismo del futbolín , actividad en la que siempre fui un jugador más bien mediocre, aunque ahora, cuando,por extraña casualidad, juego con mi hijo en algún lugar que tiene instalado un futbolín a él y a sus amigos, pobres incautos que no saben nada de como transcurrió mi niñez, les sobo el morro con pasmosa facilidad, y aquí hago constar que cuando hablo de futbolín me refiero al futbolín de verdad, el de Madrid, nunca a esos armatostes con el suelo combado y muñecos con dos patas con los que se juega en la periferia. En el futbolín de verdad los muñecos tienen una sola pata gorda, los equipos son el Madrí y el Aleti, y hay un portero, dos defensas, cinco medios y tres delanteros. Y de paso aclaro que al billar se juega con tres bolas y punto.
La escasez de recursos, junto con el aumento de gastos, la aparición en nuestras vidas del estamento femenino significó la quiebra absoluta, supuso un indudable acicate para la imaginación a la hora de conseguir recursos, algunos de ellos bordeaban la delincuencia como el recoger papel viejo para una parroquia que estuviera lo suficientemente lejos como para que ninguna feligresa, siempre tratabamos con mujeres, viviera por nuestro barrio, y otros eran directamente delictivos: Hubo quien, y aclaro que no fui yo, quien se hizo, a través de su colegio de curas, con diez o doce huchas del Domund que nos prestaba el día de la correspondiente cuestación, cuando se las devolvíamos, él era quien tenía los medios para abrirlas, se quedaba con la mitad de la recaudación, hace años que le perdí la pista pero no me extrañaría que fuese, en la actualidad, concejal de algún pueblo del Noroeste de Madrid. Todavía tuve tiempo, poco después desaparecería, de vocear por el metro: ¡Goleada! ¡La gaceta deportiva de hoy!¡La quiniela! Recogíamos los ejemplares en la puerta del Ministerio de Agricultura, en Atocha, un edificio que para nosotros siempre fue Fomento, con la tinta todavía manchando, recien salidas las gacetillas de la rudimentaria multicopista, y nos lanzábamos al metro, colándonos evidentemente, para acercarnos a las estaciones de Sol, Callao, José Antonio y Bilbao, donde se concentraban la casi totalidad de los cines de estreno y allí vender a novios y maridos, que habían sido arrastrados a ver películas que raramente les importaban lo más mínimo, los resultados de la jornada furbolera. Lo más duro para mi empezó después, cuando la mayoría de mis amigos del barrio, que no eran los de mi colegio, dejaron los estudios y comenzaron a trabajar en serio, ellos tenían ingresos regulares y yo no. Hasta varios años después, ya en la facultad, en que comencé a trabajar con un contrato administrativo en Correos (Apartados de correos particulares, puerta K, turno nocturno) no volví a tener ingresos regulares, pero esa historia es para otro día

Música de los sesenta: Instrumental española

Cuando hablo de música de los sesenta, hablo de la música que he vivido. La que he bailado, la que me ha hecho vibrar, la música de los guateques. La música de mi adolescencia.

En ella había de todo, música de diversas procedencias, italiana, francesa, anglosajona y como no española. La música española de los sesenta más conocida es la de los grupos, ahí quedaron Los Bravos, Los Brincos, Los Canarios, Los Sirex, Los Mustang, etc. Y también se habla de los solistas, para mí muy inferiores a los grupos, sin embargo de un gran éxito: Julio Iglesias, Massiel, Raphael y tantos otros.

Sin embargo poco se habla de los grupos instrumentales. Y haberlos, los había. Además de gran calidad. Por eso hoy no quiero que se queden en el olvido y los traigo aquí. Seguro que las nuevas generaciones no habrán oído hablar de ellos, pero también estoy convencido de que los nacidos antes de los sesenta los recuerdan. Me estoy refiriendo a Los Relámpagos y a Los Pekenikes.

Los Relámpagos fue un grupo que se formó a principios de los sesenta y que hizo versiones instrumentales de melodías conocidas, teniendo un gran éxito entre los jóvenes de la época:

Nit de Llampecs (noche de relámpagos) es una clásica sardana que acoplaron a su banda y que tuvo un éxito impropio de una melodía folclórica en época de pop.

Dos cruces es un bolero muy conocido de los cincuenta del que Los Relámpagos hacen una versión peculiar y moderna a mediados de los sesenta.

Los Pekenikes fue un grupo que se convirtió en instrumental hacia 1964 y que compuso títulos que hicieron vibrar en los guateques:

Hilo de seda es una melodía alegre con solos de trompeta que hacen vibrar y con un coro acompañamiento muy pegadizo

Lady Pepa es una melodía amorosa donde se respira tranquilidad y pasión, donde el violín juega un papel muy importante, para mí la mejor canción de Los Pekenikes

Aquí han quedado dos ejemplos de conjuntos instrumentales españoles. A mi modo de ver los más conocidos, que intentaros seguir el camino que habían abierto Los Shadows, allende los mares.

Salud y República

jueves, 12 de marzo de 2009

Me reincoporo

No suelo participar mucho en esta bitácora, si bien estuve presente en su gestación, la idea fue del kabileño de Rivas, si bien la concreción del blog propiamente dicho quedó en manos de Maripuchi que , parece ser que con la ayuda de Garib, cumplió perfectamente el encargo. Parece ser que Blanca fue elegida, informalmente como todos, como, junto con los tres mencionados, administradora de la bitácora, bitácora que tenía, y creo que sigue teniendo, como objetivo traer a la actualidad, nuestros recuerdos, nuestras batallitas, de ahí el nombre adoptado. No caben pués, en esta bitácora, discrepancias, ni controversias, cada uno recuerda las cosas como las recuerda, no como las recuerdan otros. Para discrepar, para discutir, con mayor o menor acierto, con mayor o menor educación, están otros foros en los que participamos. Creo que hasta ahí estamos todos de acuerdo.
Por razones que están fuera de esta bitácora, y en una decisión...¿sorprendente? dos compañeros más, y yo mismo, fuimos expulsados, sin juicio, sin debate, porque no decirlo sin educación ni vergüenza. Es patente, porque así lo han manifestado, y no tengo porque dudarlo, quienes no han sido, yo no voy a decir más. Me invita Maripuchi, que es uno de los que ha manifestado que no ha sido, a reengancharme de nuevo. Mi reacción hubiera podido ser, en el sentido de lo que apunta Rafa negándose a ser el que nos reenganchara, otra, exigiendo disculpas y explicaciones. El resto de la familia Cebolleta no se lo hubiera merecido, creo yo, si acaso debe ser uno mismo el que les pide excusas porque se haya trasladado a este ámbito, contra mi voluntad todo hay que decirlo, unas discrepancias que, por estar en el ámbito de lo político, están fuera de la bitácora. Agradezco, muy sinceramente a Maripuchi su reinvitación, pues con ella es con quien mantengo una feroz discrepancia que me propongo continuar, y por las mismas razones, aunque parezca paradójico, le agradezco a Rafa que no lo haya hecho. No guardo absolutamente ningún rencor a quien me eliminó de la bitácora, entre otras cosas porque no tengo demasiado tiempo, como para dedicarlo a nimiedades.