martes, 3 de febrero de 2009

Retozando bajo el frio

Ahora que tenemos un invierno frío, más que ninguno que yo pueda recordar desde hace al menos veinte o veinticinco años, me viene a la memoria un aspecto entre tierno y lamentable del pasado. Permítanme que lo envuelva en una pregunta capciosa: ¿dónde retozaban ustedes de jóvenes en invierno, cuando no tenían una casa en la que estar solos?

Hoy, esa pregunta tiene menos sentido que antes. Los parques siguen llenándose en verano, según tengo entendido, de manadas de jóvenes en celo buscando la fresca hierba, el seto protector, la tapia acaso... Pero ¿y en invierno? Están los coches, supongo...

A mis dieciséis o dieciocho años, ningún amigo tenía coche, y casi nadie un piso (por entonces empezaba a otearse la posibilidad de la famosa buhardilla, opción celestial donde las hubiese, y no sólo por su mayor proximidad al cielo); las cafeterías solían tener algunas zonas que, si no eran reservados propiamente dichos, estaban lo suficientemente escondidas como para tentar a las parejas a intentar alguna audacia.

Había un tipo de discoteca muy especial a principios de los setenta, al menos en ciudades como Madrid. "La Araña Lunar" o "Studio" eran dos muestras bien conocidas de la treintena de locales de ese tipo que ofrecían en la capital de todas las Españas un refugio conveniente a cambio de un precio entre regular y caro. Hablamos de parejas de adolescentes en muchos casos menores de edad pero por poco, que frecuentábamos estos locales con ningún ánimo de bailar ni de escuchar música siquiera. La emblemática penumbra que tan conscientemente buscábamos en ellos no servía a ningún otro fin que el del achuchón hasta donde se pudiera, que siempre (todo hay que decirlo) era mucho más de lo admisible en lugar público y mucho menos de lo que necesitábamos.

Pero estas discotecas costaban no menos de 20 ó 30 euros al cambio actual, de modo que no era viable su uso cotidiano. El resto de los días, sin coche, sin piso, sin un rincón en el que desahogarnos, tenían como protagonista al parque. Ese mismo parque tan agradable en verano, con su amable y acogedor banco, en invierno, en el crudo invierno de Madrid, era todo un reto. Esas manos heladas buscando el camino hasta un pezón huidizo, la torpeza de la protocongelación en busca de la bragueta tímida (siempre más tímida nuestra bragueta que sus pezones, pobres aprendices de machitos sin méritos ni argumentos para ello)...

Un revuelo de aliento flotaba en el aire sobre nuestras cabezas y revelaba a los ojos del guarda la existencia de otra aventura única más, allí prendida en el banco de la esquina, aquel inevitablemente escondido entre el rododendro y la acacia.

¡Qué heladas pasiones aquéllas, y cuánto calor en los pechos!