martes, 27 de enero de 2009

Recuerdos de la abuela

La abuela siempre me reprochaba que perdiera el tiempo. Si me sorprendía leyendo la prensa, una novela, haciendo un crucigrama o escuchando algo de música, ya sabía el discurso que me esperaba.

La abuela era una mujer enigmática que siempre estaba ocupada en cualquier tarea rutinaria; también preocupada por cualquier motivo por muy intrascendente que fuera. Aunque decían que tocaba el piano, nunca la vi sentada delante de aquel viejo mueble. Un día descubrí, por casualidad, un montón de partituras y tras el hallazgo me obsesioné con la idea de oírla tocar. Tras innumerables ruegos para que accediera a mis peticiones, con los consiguientes fracasos, me tracé un plan. Consistía en leer, en la enciclopedia que teníamos en casa, algo sobre cualquier músico y, antes de olvidar lo leído, buscarla y para soltarle lo que recordaba de la lectura. Ella, algunas veces rectificaba, otras ampliaba o matizaba mis peroratas papagayas pero siempre atendía entre seria y burlona a mis exposiciones atropelladas.

Mientras cocinaba, cosía o se entretenía en cualquier faena cotidiana, yo la abordaba con mis inútiles tentativas. Así, le conté algo de Mozart, de Albinoni o Pachelbel, a quien presentaba como mi favorito porque recordaba el impacto de la primera vez que escuché su famoso Canon. Lo intenté también con Manuel de Falla por ser de su tierra, y probablemente con algunos otros. Siempre encontré el no por respuesta. Por aquellos años, todas las mañanas de los domingos, TVE solía emitir concierto de música clásica, creo recordar que de la propia Orquesta de RTVE. Pues bien, allí que me presentaba, en casa de la abuela, para buscar la complicidad de una cierta afición por la música clásica, pero inútil empeño. Ni por esas ella accedió a mis súplicas. Quizá siempre supo que mis gustos musicales iban por otros derroteros y que mi insistencia estaba motivada por razones diferentes a las musicales. El caso es que nunca logré que ni tan siquiera hiciera el intento, sólo una vez se escudó en que el piano estaba desafinado.

No pierdas el tiempo era su letanía constante. Antes de morir me contó, con sus azulísimos ojos húmedos y mirándome muy fijamente, que dejó de tocar cuando, allá por los años del alzamiento golpista, mientras tocaba una pieza en aquel mismo piano, hubo una revuelta y retuvieron al abuelo y a varias de sus hijas. Aunque todos recuperaron la libertad, al cabo de unas horas, ella nunca pudo volver a tocar el piano. Un sentimiento de culpa absurdo la paralizaba, tenía que estar ocupada en lo que ella llamaba cosas prácticas.

Si supera que pierdo el tiempo escribiendo un blog, seguro que volvería a regañarme con su triste y dulce voz y, por supuesto, tampoco esta vez tocaría el piano.