sábado, 10 de octubre de 2009

Aromas

Para Manuel, a quien siempre le gustaron las historias del Cebolleta









Mi abuela olía a tabaco. A hoja de tabaco de Cuba y a geranios.

Mi abuela liaba puros habanos a mano sobre una mesa de madera, usando simplemente una prensa, una chaveta, profesionalidad y mucho mimo. Mi abuela era cigarrera en la Fábrica de Tabacos de Alicante. Como antes lo fue su madre, que estaba casada con un carabinero del puerto. Sólo que mi bisabuela los liaba sobre el muslo, como Carmen la cigarrera. Realmente mi abuela tuvo unos padres que parecían sacados de un relato de Merimée.

Mi abuela nunca tuvo un carácter especialmente agradable pero, aun así, era mejor que el de mi madre. Le tocaron tiempos difíciles. Entró a trabajar con 14 años, se casó al cumplir los 18, parió con 19 recién cumplidos y la guerra le robó los mejores años de su vida. Con todo y aunque se pasaba la vida discutiendo en valenciano con aquella santa que era la tía Margarita, su hermana, tenía un cierto sentido del humor. Y amaba el teatro, el cine y, si se terciaba, salir a bailar y divertirse en las contadas ocasiones en que podía.

Y a mí me encantaba esperarla en la Rambla a la vuelta de la fábrica, al mediodía. Una hora antes bajaba a la calle y me entretenía jugando al truque o con el saltador hasta que veía aparecer calle arriba su figura tan reconocible y cierta, con aquella bata azul de operaria que llevaba sus iniciales M.P., María Pérez, bordadas en relieve con hilo de color rojo.

Y me gustaba acercarme a recibirla y darle un beso y respirar ese olor a tabaco sin quemar, a aroma de puro habano, como una promesa de volutas de humo azul, ascendiendo y enroscándose en las palabras ligeras de una charla de sobremesa.

Por la tarde no me dejaban bajar a la calle para ir a buscarla (nuestro barrio, el barrio chino, nunca fue recomendable a partir de las 6), pero me gustaba oír la llave en la cerradura de la puerta a eso de las 7 menos cuarto.

Como mis largos meses en Alicante coincidían lógicamente con el verano y hacía calor, recordaré siempre, por muchos años que pasen, la imagen de todos los balcones de la casa abiertos. Y también, que a mi abuela le encantaban las flores y las plantas.

Nuestra casa era destartalada y grande, con ocho grandes balcones que daban a dos calles. En ellos, decenas de tiestos de barro con los geranios de las más diversas variedades y colores que uno pueda imaginar: blancos, rojos, rosas, añiles, jaspeados... Y cuando la abuela tomaba la regadera de latón para aliviarlos del fuego que soplaba todavía y con una parsimonia delicada y hasta primorosa les arrancaba las hojas secas o los brotes muertos, el aroma detenido de la tarde tan calurosa parecía revivir y se llenaba de ese olor tan especial, ácido, especiado y penetrante pero suave a un tiempo, de los geranios comunes o los trepadores.

Entonces la atardecida se volvía cada vez más amable y delicada y el olor del tabaco y las flores se mezclaba casi imperceptiblemente con el de brea, salitre y iodo que venía desde el puerto.

Ese aroma llenó los perezosos y largos días de verano de mi infancia y primera adolescencia. Tanto como el que desprendían los Ideales envueltos en azul y negro de mi tío Paquito o el arroz en paella o en caldero con habichuelas que la tía Margarita preparaba muy a menudo para su familia y unos pocos veraneantes, que recalábamos en su casa año tras año. Como también los llenó el perfume de los ramitos de jazmín que le comprábamos al jazminero en la Explanada y que, a la noche, colocábamos en el cabecero de la cama para que ahuyentasen los mosquitos.

Son los olores lejanos de mi niñez amable y perezosa, la estival, bañada en agua de mar y tracas japonesas de infinitos colores aromados de pólvora. Mi niñez envuelta en el perfume de la horchata y el agua de cebada o de limón y la leche con corteza de naranja y canela.

Y todavía hoy, cuando alguien saca un cigarro habano y lo acaricia y lo huele despacio y profundamente antes de prenderlo o cuando los aspersores sacan los aromas a geranio de algún jardín escondido de Arturo Soria, camino a casa donde me espera un patio lleno de muchos de ellos, recuerdo con amabilidad, nostalgia y un inmenso cariño a mi abuela gruñona pero alegre a un tiempo, malhumorada pero afectuosa, que cada mañana salía muy temprano para ir a la Fábrica de Tabacos y cada tarde regaba y cuidaba con mimo sus flores, como si le fuese la vida en ello.

Recuerdos y nostalgia de mi abuela, siempre de negro, sempiternamente viuda que, durante años y mucho antes de que yo naciera, iba cada semana a la cárcel de Fontcalent a visitar a mi abuelo, cartero de profesión, que estuvo allí encerrado 6 años, sin saber muy bien por qué ni cómo.

Pero ésa es ya otra historia.





Imagen: Paz Juan
Vídeo: Kaisaibo

9 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Preciosa historia. Muy bien escrita, emotiva y evocadora. Está contado con un cariño y con una fragilidad que parece rodeado de algodones. Y es que los recuerdos de la infancia son algo que no nos puede nadie quitar. Vover a ellos, sin quedarse, es aconsejable, recordar es algo que nos diferencia de las demás especies animales. Y recordar es volver a la historia personal, única, que nunca se debería perder.
Queda emplazado, ya lo dije en la entrada anterior, de Júcaro, para sacar una entrada.
Un beso, querida amiga.

Salud y República

Gemma dijo...

Deberías dedicarte al género memorialístico. De verdad te lo digo: tienes un talento para transmitir olores que es un primor (sin duda, otra sinestesia de las tuyas...).

Besos, meine liebste Gräfin

Naveganterojo dijo...

Querida Paz, me has emocionado con estos recuerdos, los recuerdos de la abuela, que me han echo regresar a un pueblecito de extremadura, a una abuela tambien vestida de negro, siempre triste pero dulce, a las tardes eternas a la sombra de un parral.
Gracias por hacerme hurgar en la memoria.
Un abrazo.
Salud y felicidad

NáN dijo...

Puedes imaginar la emoción que me produce tu historia, tan redonda, completa, exacta.

Seguro que más que a los otros, porque hablas de lo que conozco. También yo vi a las cigarreras bajar por la tarde a la salida del trabajo. Y me encantaba esa fábrica, que veía al ir a casa de mi hermano mayor, y al volver, pues vivía en el Plá. Ese barrio tuyo no estaba a más de 200 metros de mi casa, que se diferenciaba de la tuya porque mi madre era andaluza y en las épocas de calor los balcones se cerraban por la mañana y no se volvían a abrir hasta el atardecer.

Ese barrio tuyo en el que cuando tú jugabas con el saltador yo, adolescente-joven, iba a tomar vinos y a hablar de literatura y a susurrar de política. Y también de chicas, cuando ellas no nos acompañaban.

Desde que me hablaste de eso, siempre he pensado que tú de niña y yo de joven nos habremos cruzado cientos de veces. Que habremos caminado hacia el mar por la Rambla muy cerca el uno del otro; sin poder imaginar que mucho después nos íbamos a conocer.

También sé del jazminero de la Explanada, pues mi madre siempre compraba una flor para ella y otra para mi hermana. Y algo de lo que hacía tu tía, si hacía algo más que puros, me lo habré fumado yo. Celtas cortos.

No sé si sabes que, entre el siglo XIX y el XX, los cigarreros de La Habana, para animar su tarea, consiguieron que los patronos pusieran un lector de novelas mientras trabajaban. Los famosos Montecristo deben su nombre a la novela que más les gustaba y más repetían.

Gracias por devolverme, con una sensibilidad que no tengo, espacios en los que fui.

Freia dijo...

Rafael

La verdad es que son mis recuerdos quizá los que son frágiles por el tiempo pasado. Sin embargo, los olores tienen un poder evocador quizá sólo comparable al de los sabores y la música.

Como veo que los neófitos están muy animados a escribir (se me acumula la lectura), creo que podemos tomarnos unos días de descanso.

Un beso querido Rafael.

Gemma

Siempre que haces algún comentario sobre mi forma de escribir, precisamente porque viene de ti para mí se vuelve todavía más valioso.
Te confieso que tengo un buen olfato (sólo apagado en parte cuando fumaba) y tiendo a ir oliéndolo todo: en los restaurantes me miran raro porque huelo los platos. ¿Sabes que cada persona tiene un olor inconfundible, que aparece siempre aunque vayan perfumados? Eso los hace muy especiales. No suelo equivocarme por cómo es alguien oliéndolo, al besarlo por ejemplo.
Tú olor me gustó desde el primer momento.

Naveganterojo

Mi querido Navegante. Me alegro de haber despertado en ti recuerdos tan importantes. Los abuelos, al menos en nuestra época, eran muy, muy importantes. Formaban incluso muchas veces parte del núcleo familiar en el que nos movíamos y nos mueven todavia hoy a ternura y complicidad.

Curiosamente, el próximo post para esta bitácora ya está hecho y tú has tenido que ver bastante en ello. Jajajaja y hasta aquí puedo leer.

Nàn

Mi querido Nano. A mí me resulta ya imposible evocar calles de Alicante o ciertas épocas que pasé en ella, sin imaginarte rozándome contigo al cruzarnos. En la Rambla, la playa; muy posiblemente estuvimos sentados muy cerca uno del otro en la biblioteca Gabriel Miró... En el puerto pesquero, en la mejillonera, tomando una horchata en Peret, yendo al mercado...
Para mí también Alicante tiene un sentido muy distinto ahora.
Como mi casa daba a dos calles muy estrechitas, unos cuatro metros o menos, los balcones estaban todo el día abiertos porque no entraba el calor, sólo la claridad.

Quizá tú seas el que con mayor exactitud haya evocado olores de un lugar propio y común que nos pertenecía.

Mi abuela nunca me contaba qué hacía en la fábrica. Quizá también les leyeran, aunque en los tiempos que corrían podría haber llegado a ser peligroso. Seguramente hablaban entre ellas de su vida, sus dificultades y su ilusión por las cosas.
Me ha emocionado pensar que seguramente tú veías pasar a mi abuela camino de casa, cuando salía de la fábrica.
Un beso muy, muy fuerte.

Ciberculturalia dijo...

Querida Freia, has visto que soy muy nueva en estas batallas pero me ha encantado que Rafa me invitara. Acabo de leer tu entrada. Me ha encantado la historia de tu abuela y de los aromas que recuerdas de ellas. Un historia preciosa y muy emotiva.

Un abrazo fuerte
Carmen

Freia dijo...

Estimada Carmen:

De nueva, nada. Sólo neófita y tu historia es muy hermosa en sí misma y, desde luego, mucho más que la primera mía en este blog, que hablaba de fútbol.
Te conocía por comentarios en otras bitácoras amigas, ahora es un placer formar parte del mismo equipo.
Un abrazo.

Adanero dijo...

Ahora va a resultar que tenemos varias cosas en común. Un bisabuelo carabinero en el puerto (en mi caso el de Santander), durante casi treinta años he vivido junto a lo que se podría llamar barrio (más bien calle) chino de Valladolid, en casa siempre ha habido plantas por todas partes (geranios sobre todo).
Y una abuela, siempre de negro, a la que adoraré siempre tanto como usted a la suya.

Un beso aromático.

El vídeo, aviso, está desactivado.

Freia dijo...

Lo siento Adanero, pero no he visto su comentario hasta ahora. Se me desactivó el enlace a comentarios y no consigo reactivarlo.
Y yo que creí que no había tenido tiempo ni de leerlo... Es lo que pasa. Me ha obligado Vd. a ser malpensada y luego no hay forma de cambiar la mala fama.
Así que la condesa y el conde tienen bisabuelos carabineros, barrio chino y abuelas trabajadoras y de luto. ¡Un hermoso curriculum del que ambos nos sentimos orgullosos! Para que luego digan que si la aristocracia.
Un abrazo.
PD He cambiado el vídeo y he puesto a la Callas. Salimos ganando