viernes, 10 de octubre de 2008

El cine de la época

He de aclarar que cuando hablo de la época, hablo de mi época. Esto es: finales de los cincuenta y principios de los sesenta. ¡Casi nada lo del ojo...! Seguro que muchos de los que entráis aquí no habíais nacido. Por eso quizá tenga un valor añadido, ver lo que representaban ciertas cosas y el porqué de ciertas actitudes de los que ahora rondamos los sesenta.

El cine era el espectáculo por excelencia. La radio era una maravilla que se escuchaba en casa. De vez en cuando había circo, a mí nunca me gustó demasiado, y salvo el fútbol que llenaba los domingos por la tarde, no había más espectáculo que el cine. Ese cine que hoy llamamos clásico, que tantas obras de arte ha dado.

Artistas maravillosos con historias entretenidas y divertidas, emocionantes y sorprendentes, guiones hechos para pasar el rato, muchos de ellos con una calidad notable. Creo innecesario nombrar artistas y películas de la época que seguramente tenemos todos en la memoria.

Lo importante del cine era lo que significaba. Al cine se iba sólo o acompañado. El cine al que solíamos ir los chicos del barrio eran eso, cines de barrio, cines que costaban de dos a cuatro pesetas y que eran de sesión doble y continua. Por lo tanto, tu entrabas y a menudo te encontrabas con una de las dos película empezadas y tenías que esperar después de tragarte la otra entera que la volvieran a proyectar para verla completa. Así, era corriente enterarte de quién era el asesino o cómo Glenn Ford salvaba a la chica antes de saber por qué. Era una forma de estructurar la mente como la máquina del tiempo. Almacenabas la información recogida en la parte de película que habías visto y esperabas para empalmarla cuando veías la parte primera de la misma. Vamos lo mismo que se hacía con el celuloide desde la cabina de proyección, que se cortaba y se empalmaba de acuerdo a la censura; total estructuralismo forzado.

Lo corriente, al menos en mi caso era que, como la mayoría de las películas me gustaban, me tiraba en el cine desde las cuatro de la tarde a las diez de la noche y me veía dos veces las dos películas, amortizando así el precio que no era ninguna tontería. Películas que la mayoría de las veces se pasaban cortadas por la censura, que atacaba a dos elementos fundamentales, las libertades políticas y el sexo. Era impensable ver una película con contenido social distinto del que la doctrina nacional-católica pregonaba. Y no digamos nada del sexo, los besos, que ya a finales de los cincuenta se podían ver, eran besos castos y cualquier actitud sexual se cortaba sin miramientos; ahí la Iglesia era intransigente, más que con la libertad política y la mayoría de los censores era curas.CineDore1_grande

La censura clasificaba las películas en varios grados: 1 (tolerada total), 2 (tolerada con reparos) 3 (mayores, sólo podían asistir los que tenían dieciséis o más años), 3R (mayores con reparos, se avisaba para que los buenos católicos y patriotas supieran que había algo que no convenía: por ejemplo un beso en los labios o una cierta crítica velada a la Iglesia o al Fascismo) y por último 4 (películas no aconsejables bajo ningún aspecto, te podías encontrar con algún acto amoroso que iba un poco más del beso --un achuchón o un revolcón, vestidos naturalmente--, recuerdo dos ejemplos: Esplendor en la hierba y Fresas Salvajes), los chavales nos preguntábamos qué habría en esas películas para poseer un cuatro, debían ser la leche de la indecencia.

Los cines de barrio eran cines modestos, donde los asientos eran de madera, en la mayoría de los casos, y el suelo de tarima. Una costumbre muy extendida era llevar pipas al cine donde se comían, poniéndose el suelo perdido con las cáscaras, originándose un ruido cada vez que entraba o salía alguien al pisarlas. Era constante la entrada y salida de gente, debido a la sesión continua, con lo que en muchas ocasiones te molestaba no sólo el ruido de las cáscaras de pipas, sino también las personas que pasaban por delante.

Pero hay algo que me gustaría resaltar y es la emoción que se vivía. Esos momentos de clímax que llegaban antes del desenlace. La llegada del Séptimo de Caballería, el rescate de la chica secuestrada por el malvado caballero medieval, o el beso de un amor, que más que verse se intuía, provocaba aplausos, pataleos, gritos, gente de pie en puro éxtasis. Se había cumplido el sueño de todos. El triunfo de los buenos. Se había alcanzado el paraíso en la tierra. Todo el jaleo suponía un problema para poder disfrutar de la película, sin embargo el espectáculo ganaba en espontaneidad, en expresión de sentimientos. Y era un momento "revolucionario", el acomodador con su linterna, trataba de imponer orden, sin conseguirlo, mientras la gente, sobre todo los adolescentes, alborotaba y celebraba el acontecimiento con todas sus fuerzas.

Nunca olvidaré cines como El dos de mayo, llamado el palacio de las pipas, el cine X, nada que ver con el significado de la letra más tarde, el cine La flor, el cine Alhambra. Todos ellos en los barrios Centro y Malasaña, donde yo vivía y por donde yo me movía. Allí, también aprendí a emocionarme.

Más tarde, ya en la adolescencia avanzada, el cine también fue un refugio donde en las últimas filas empezábamos a aproximarme al amor y al sexo. Cosas de la época. Pero, esa es ya otra época, mediados y finales de los sesenta. Ya llegaremos.

Salud y República