jueves, 25 de septiembre de 2008

el punto de choff

De niño desayunaba un tazón de colacao con galletas María. No es mi fuerte la memoria en abstracto, es decir que no tengo una buena memoria general, pero hay pequeñas cosas de mi pasado que recuerdo con nítida precisión como aquellos desayunos en la cocina de la casa (pomposamente chalé) de dos pisos con jardín en la que transcurrió mi infancia en Zaragoza, edificio que, junto con algunos más distribuidos por la que entonces me parecía extensísima y procelosa selva (la cocina vieja, la gruta, los almacenes, el gallinero...) era el último por la derecha de una calle Sainz de Varanda que a la sazón no tenía salida.

En la cocina de aquella casa, que calentaba mi madre a duras penas con leña y carbón nada más levantarse, sobre una mesa cubierta de plástico a cuadros azules y blancos, fue donde desarrollé de niño mi teoría del punto de choff mientras mojaba las galletas en el humeante brebaje como si fuera aquel negrito del África tropical, observando cómo cada galleta sumergida por un tiempo n en un líquido a temperatura variable y extraída a continuación para llevarla a la boca tarda x segundos en alcanzar su punto de choff, siendo éste el instante en que la parte reblandecida de la galleta se precipita por su propio peso (y por si esto fuera poco, por la acción de la gravedad, como bien me aclararía en el batallón disciplinario de Plasencia, años más tarde, el sargento Pistolas), al instante en que se precipita, decía y cae sobre el líquido que contiene el tazón, eso si hay suerte de la buena, salpicando alegremente el entorno más próximo y produciendo un sonido característico, bautizado aquí con su onomatopeya choff, precursor en el mejor de los casos de una buena colleja.

Aunque no sea el empirismo el mejor camino para alcanzar la ciencia, sí promueve cierto conocimiento de la realidad, sobre todo si se repite el gesto lo suficiente. De manera que, fruto maduro de la reiteración y la contemplación, pude establecer ya a tan tierna edad un postulado: cada galleta alcanza el punto de choff cuando buenamente quiere, al que se fueron añadiendo con el transcurrir del tiempo una paradoja: la magnitud de la colleja es directamente proporcional al espacio recorrido por la galleta cuando alcanza su punto de choff, una extensión al teorema: a mayor n menor x, un principio inalterable: toda galleta sumergida en un líquido se reblandece indefectiblemente hasta alcanzar su punto de choff, por lo que es mejor no llevarla a la boca e incluso un corolario que, hoy por hoy, me parece lo más cercano a la sabiduría que conozco: si comes galletas, no salpiques.

En breve, si os parece bien, contaré aquí las cosas que aprendí en aquella casa, allá por los años cincuenta y pocos, esperando que la evocación de estos y similares recuerdos no resulten fuera de lugar en esta grata página a la que me he incorporado recientemente. Si este tipo de recuerdos cayeran fuera de lugar en este entorno, no dudéis en decírmelo. Un saludo a todos los escribidores y visitantes.

domingo, 7 de septiembre de 2008

También hay una memoria visual y auditiva

Hablamos estos días de la memoria histórica. Y es verdad que atrás han quedado historias que hoy parecen tomar nueva vida. Es cierto que ha sido la determinación de un juez la que ha iniciado el proceso, pero más allá de esta decisión era una necesidad, que se hubiera abierto paso tarde o temprano. La historia es implacable para con quienes la escriben, en todos los sentidos, en todas las direcciones. Y hoy, más de uno comienza a verse incómodamente revisitado en sus actos de ayer. Pero también quedan otros muchos lugares comunnes, testimonios de tiempos que conviene ser vividos en toda su intensidad, como rescoldos de un pasado contradictorio que merece la pena recordar intensamente, lejos de lo que algunos pretendidos magos de la ocultación quisieran. Este país no se improvisó en un día, aunque se haya tratado de eliminar también por otros métodos no violentos, bastante más sofisticados, a muchos de sus protagonistas.

martes, 2 de septiembre de 2008

La locura del Maratón

Creo que ya me vais conociendo, poco a poco, gracias lo que voy contando en esta bitácora. Hoy voy a narrar otro episodio de mi historia personal.

Allá a finales de los años setenta, cuando estábamos en plena transición, vi en el recién estrenado El País, un plan de preparación en tres meses para correr el Maratón de Madrid, era la tercera edición.


Nunca había corrido en mi vida, contaba con treinta años y, como no tenía nada que hacer (locuras de otros tiempos: tenía ya tres hijos, trabajaba de nueve a cinco y media, tenía responsabilidades sindicales en la empresa, era un militante político y estudiaba la carrera en la Universidad –hoy todavía no me explico como pude hacer tantas cosas a la vez), decidí probar fortuna. Fueron tres meses de duro entrenamiento. El resultado, terminé los diez últimos kilómetros del maratón caminado, con una pequeña rotura de fibras en el muslo derecho.


Sin embargo, fue tal el impacto que me causó que decidí prepararme bien para correr al año siguiente sin penalidades. Busque un plan de entrenamiento que acoplé a mis posibilidades y, como debe ser en el maratón, basándome en la constancia, me preparé durante un año. En 1980 conseguí correr el maratón de un tirón, con un tiempo discreto, pero sin parar. Fue el inicio de una gran amistad (el maratón y yo hemos compartido tiempo, penas y gozos durante muchos años).


En dos etapas, desde 1979 a 1989 y desde 2003 hasta ahora –entre 1990 y 2002 prácticamente dejé de correr), he corrido además de muchas carreras populares y medios-maratones, trece maratones, de los cuales he terminado once. Dos los he corrido en San Sebastián (uno no lo pude acabar, dar dos vueltas al mismo circuito es una dificultad más, pues pasas por la meta, donde están tus amigos y tu gente, cuando llevas recorrido veintiún kilómetro y hay que estar muy preparado para continuar, la tentación de quedarte en la primera vuelta es enorme), uno en Valencia y los otros en Madrid, el último lo corrí hace tres años.


Correr un maratón no es difícil pero requiere dos requisitos imprescindibles. La preparación que es dura y sobre todo debe ser constante, llueva, nieve, haga aire, frio o calor hay que salir a entrenar. La otra es llegar a la prueba con una mentalidad de terminar la carrera. Cuarenta y dos kilómetros son muchos, pero sobre todo es un espacio de tiempo tan amplio (para los aficionadillos entre tres y cuatro horas) que te da tiempo de sentirte bien, contento, mal, hecho polvo y a punto de abandonar, de pensar lo mejor y lo peor –lo voy a conseguir o ¿qué coño hago yo aquí?


Lo difícil, si estás preparado, se produce cuando llegas a lo que se conoce como “el muro”. Dependiendo de los corredores, éste se sitúa entre los kilómetros treinta y treinta y cinco. Psicológicamente se sufre un bache, que unido a que físicamente te encuentras cerca del límite, puede hacer que pares y no termines. Si se supera ese bache, cada vez queda menos y la satisfacción que te produce llegar hace que los últimos tres o cuatro kilómetros no sientas ni las piernas pero quieras terminar a toda costa.

Son muchos kilómetros de entrenamiento, alrededor de cien a la semana, durante bastantes meses. Y un sufrimiento en la carrera que se supera con dificultad. ¿Por qué entonces, cualquier maratoniano que corre –pagando la inscripción— sin ningún aliciente económico, soporta todo eso?


Seguramente será difícil de entender si no se ha corrido un maratón. Hay que partir de la base de que el maratón, tomado como un hobby, te hace estar sumido en ese mundo mientras que lo preparas. No es una competición, eso queda para los campeones, sólo se compite contigo mismo. Buscas tus sensaciones, tu tiempo, tu recuperación. Controlas tu evolución. Todo esto hace que el reto sea tan deseado que la llegada a la meta en un maratón es de una emoción indescriptible. Una emoción que compensa todo el esfuerzo y el sufrimiento.


Hoy sólo me queda un reto, que no sé si podré cumplir, pues la edad no perdona. Me gustaría correr el maratón de Nueva York, el más famoso del mundo. Para ello estoy esperando que ya no esté Bush, una manía más, y ver si estoy con la suficiente fuerza para afrontarlo. Mientras tanto, sigo corriendo a ritmo bajo, todavía sin pensar en esa posible meta cercana (podría ser en Noviembre de 2009).


Salud y República