martes, 22 de julio de 2008

El veraneo en La Alcarria

Hay una gran diferencia entre vacaciones de verano y veraneo. Por lo menos la había antes. Como vacaciones de verano se entendían y creo que se entienden las que toman los trabajadores durante el periodo que les corresponda en el verano. El periodo máximo suele ser de un mes. Y no conlleva necesariamente ningún viaje ni cambio de residencia durante ese periodo. En cambio, el veraneo es un periodo largo que normalmente toman o tomaban las mujeres casadas que no trabajan o trabajaban fuera del hogar y que conllevaba el cambio de residencia por más tiempo, digamos dos o tres meses.

Antes el veraneo era muy común y en las clases no pudientes normalmente el lugar elegido era el pueblo de uno de los cónyuges o de sus padres. Allí iban la madre y los hijos durante todo el verano y allí se presentaba el padre durante sus vacaciones. Por lo tanto existían dos periodos diferenciados. Con el padre y sin él.

El sitio a donde íbamos, mi madre y los tres hermanos, era al pueblo de mi abuela materna, Ledanca de la provincia de Guadalajara, a noventa y cuatro kilómetros de Madrid. Todos los finales de junio allí nos desplazábamos hasta principios de septiembre. Mi padre iba normalmente en Agosto a reunirse con nosotros.

Recuerdo bien los viajes. Había dos modalidades, o bien el tren hasta Guadalajara y un coche de línea de allí al pueblo, o bien el tren hasta Jadraque y de allí nos iban a recoger en burros y mulas para cruzar la pequeña sierra y en tres horas llegar al pueblo.

El caso de mi padre era distinto. Él montaba la bicicleta en el tren hasta Guadalajara y de allí se montaba en ella hasta Ledanca. Más de cuarenta kilómetros con la cuesta de Torija por medio, con una bici vieja y cargada de bultos. Era una heroicidad.

Ledanca era y es un pueblo pobre, sin más riqueza que lo que daba el campo, cereales, algo de huerta en la vega del río Badiel y algunas colmenas. Un típico pueblo español del interior, de la Alcarria. Poco ganado, algunas aves de corral, algún cerdo y pocas ovejas. Casi todas las familias poseían mulas y burros que utilizaban para la carga, el transporte y las faenas del campo.

Allí pude ver cómo se segaba, como se recogían las legumbres o como se trillaba o se aventaba en las eras. Allí nos divertíamos con otros niños, bien lugareños o como nosotros veraneantes, acompañando a los mayores en las tareas del campo o jugando entre nosotros o yendo al río a bañarnos.

Había una actividad que hacíamos a menudo. A ella íbamos mi hermano y yo. Era ir al río a pescar cangrejos. Los cangrejos de río son un delicioso manjar, con un sabor exquisito. Se los cargaron los que vinieron y esquilmaron el río para comercializarlos, agotando sus existencias, hace ya cerca de cincuenta años.

Era una actividad reconfortante, tenías que meterte en el río y pescarlos. Después nuestra madre se preocupaba de cocinarlos y nosotros compartíamos el festín.

No tenía gran dificultad la tarea. Bastaba llevarse un cesto de mimbre grande, se colocaba en medio del río en contra de la corriente, cubría poco, cuarenta o cincuenta centímetros, uno lo sujetaba y el otro venía unos metros pisando con fuerza en el río, lo que hacía que los cangrejos asustados corrieran a favor de la corriente, encontrándose dentro del cesto apresados. Bastaba sacar el cesto y allí estaban los cangrejos vivos que habían caído en la trampa. Se vaciaban en una bolsa y a seguir con el cuento.

Había otra manera para coger cangrejos. Muchos de ellos no estaban en el fondo del río, sino que se encontraban en sus guaridas, agujeros que podías ver en las paredes del río.

Se trataba de meter la mano en sus agujeros y sacar los cangrejos. Mi hermano, como ya he contado en alguna historieta anterior, tenía tres años más que yo y además era mucho más espabilado. Sabía perfectamente el peligro que se podía encontrar al meter la mano en los huecos. Se podía topar uno con un lirón o con una serpiente de agua o simplemente con un cangrejo que al defenderse te enganchara con sus patas-pinzas y te pellizcara algún dedo. Así es que me decía: Anda Rafa, mete la mano, tú que la tienes más pequeña y entra mejor, ya verás, no pasa nada. Y sí, sí que pasaba, el que suscribe metía la mano y la mayoría de las veces la sacaba chillando con un cangrejo de aquí te espero, colgando de algún dedo. Y así pesqué unos cuantos. Mi querido hermano se reía y me lanzaba piropos por ser un gran pescador, el muy mamón. Ya lo decía mi pobre padre, tú eres inteligente, pero tu hermano es más listo, más astuto. En lo segundo llevaba razón. Nunca le vi meter la mano a él. Sin embargo, sí que se los comía con deleite y aplaudía cuando yo los sacaba colgando.

Lo que nunca olvidaré, además de éstas y otras aventuras, es el olor del camino del río, a espliego, a moras, a higos y a huerta. Una delicia.

Salud y República

lunes, 14 de julio de 2008

Les reines du Bal

Hay una expresión en francés, faire le mur, que nunca he sabido traducirla tal cual al español.
Básicamente consiste en escaparse sigilosamente de casa cuando los padres duermen, ir de fiesta y volver sin que se enteren... pero claro, dicho así es demasiado largo de explicar.

Mi correspondante, Julie, era experta en el sibilino arte de faire le mur.
Cenábamos, salíamos a dar una vuelta, regresábamos a casa a la hora estipulada (y convenientemente elevada año tras año), nos empijamábamos, nos lavábamos incluso los dientes y nos empiltrábamos ... y cuando la última luz de la casa se había apagado hacía rato y considerábamos que había pasado suficiente tiempo como para que se hubiera dormido la última alma mayor de 18 en cincuenta metros a la redonda, nos volvíamos a vestir, colocábamos las almohadas en posición fetal y, sigilosamente, nos escabullíamos portando las bicis en alto (que sobre las agujas secas de pino hacían mucho ruido)...

La mayor parte de las veces íbamos en una única bicicleta, una guiaba y la otra de paquete... al bal de turno (verbena de toda la vida), a la disco de moda del año o a donde se terciara...

Festejábamos de lo lindo durante horas ... y volvíamos a casa (siempre juntas, faltaría más) cuando la fiesta se acababa o cuando nos había cansado.



Ayer, después de muchos años sin saber nada de ella, la volví a ver. Su marido sacó el tema ... como no podía ser de otra forma... y pasamos un rato excelente recordando viejas hazañas "bélicas"... Algunas nos las reservamos para nosotras, por supuesto...

sábado, 5 de julio de 2008

Tal como éramos

(para acompasar con las imágenes)







No fuimos la generación del chupete, ni la perdida, ni la de mayo del 68; ni siquiera la beat o la hippy. Lo cierto es que no tuvimos nunca nombre.

Nacimos y empezamos a crecer en un país que a duras penas intentaba sacudirse años, muchos años, demasiados años de dolor, tristeza y miseria. Nuestra niñez todavía se rodó en blanco y negro, en oscuros colegios de puerta de calle, en columpios de hierro y televisión en el hogar parroquial. Ya no había cartillas de racionamiento pero sí vagones de tercera y sobre todo mucha mugre. Mugre pegada a las paredes, la piel, las uñas y el aliento.

Entramos en la adolescencia a la vez que lo hacía aquella década de los 70 tan poco prodigiosa, la de los pantalones campana y el pelo afro, bailona y horterilla. Y salimos de ella con el tiempo justo de alcanzar nuestra primera vez en casi todo, mientras un dictadorzuelo asesino e indigno agonizaba en la cama de un hospital público.

Las primeras relaciones vinieron envueltas en el celofán del miedo y la torpeza. Conseguimos darles forma, hacerlas nuestras a base de dosis ingentes de paciencia y ternura, con la banda sonora de Brel o de Brassens. Eran tiempos de pedir amnistía, de tomar la calle. Casi todos corrimos delante de los grises, casi todos pasamos mucho miedo en las manifestaciones, casi todos fumamos porros de hachís o marihuana. Casi todos dejamos aparcados algunos proyectos fallidos: al fin y al cabo vivir tiene sus riesgos. Casi todos empezamos a trabajar antes casi de haber mínimamente sido.

Trabajamos, estudiamos, (muchas veces a un tiempo). Salimos a la calle a protestar o reinvindicar de la mano de nuestros hermanos mayores, más expertos y con menos miedo, aunque sus ideas de mayo del 68 se nos hubiesen quedado un poco huecas, no nos dijeran casi nada.

Y viajamos y abrimos puertas. Y países ligeros nos abrieron las manos y los ojos. El tren, el coche o el avión se convirtieron en mágicas chisteras de las que salían insospechadas músicas o cuadros. Nuevos aires, colores nuevos, gente nueva, nuevas perspectivas. Algunos se marcharon. Y empezaron a gustarnos los boleros. Y aquellas canciones tan cursis de Armando Manzanero resulta que al final no lo eran tanto.

Después y sin venir a cuento, el aire empezó a soplar con rapidez. Sin pedir permiso fue llevándose uno tras otro nuestros propios años antes de que pudiésemos reaccionar. Nos emparejamos y convivimos; algunos tuvieron hijos. Fuimos capaces en general de conservar nuestros amigos. Y por primera vez pudimos contemplar cómo la derecha abandonaba el poder tan inicua y avariciosamente acaparado durante casi 50 años.

Y la treintena nos fue engullendo en un pispás en tanto pasábamos noches enteras acunando. Pero también educando, formando o creando complicidades con nuevos y viejos amigos. Cayó el muro de Berlín; algunos de los nuestros también. Mientras, la música de Sting iba poniéndole banda sonora a una incipiente barriguita, alguna entrada capilar y varias arrugas. Con los treinta había llegado la hora de tener un sueldo y una vida mínimamente estables. así que abandonamos definitivamente los útimos proyectos. Las cosas pequeñas, la vida cotidiana nos cercaron a veces. A veces también nos ganaron la partida cuando se nos volvieron imprescindibles. Y total para qué.



Los cuarenta nos arrollaron literalmente sin apenas creernos que fuese verdad, que llevábamos el 4 ya colgado en el calendario, el ánimo y la espalda. Las resacas y el trabajo se volvieron del todo incompatibles y al despertar, algun hueso indiscreto se encargó de decirnos que nuestros días de camping y rosas habían pasado. El siglo daba los últimos coletazos y se engullía a sí mismo.

Seguimos trabajando, amando a duras penas, dejando en el camino (como muchos otros antes, como siempre) los primeros cadáveres. Los amorosos y los físicos, los dolorosamente físicos, con rostro de padres, amigos, amantes o amores que tanto da (la vieja odiosa de la guadaña se ha empeñado en hacernos compañia desde entonces y ahí sigue, exigiendo de tanto en tanto su portazgo). A cambio, los hijos crecieron y regresaron las protestas, aunque esta vez en contra y no a favor. Y sin acordarnos de cuando éramos nosotros los nocturnos, las noches se volvieron largas y ansiosas.

Entramos en la dichosa madurez, sin preverlo, sin quererlo, sin notarlo.

Y la memoria nos golpeó de lleno. Porque, de repente, nos sorprendimos a nosotros mismos relatando historias o vivencias que habían ocurrido hacía veinte años, contando batallitas. Y los recuerdos empezaron a teñirse de una cada peor disimulada añoranza. Y, dolorosa y esperanzadamente comenzamos a hacer balance de lo vivido y aportado en todo este tiempo. Y asumimos lo aborrecido y lo bello, lo que dejamos pasar de forma estúpida pensando que podríamos recuperarlo en cualquier momento y lo que atrapamos por los pelos en el último instante. Lo que ganamos, lo que perdimos. Nuestro personal, intransferible, poco valioso o no, equipaje.



Y hoy, con unas cuantas arrugas más, algo más calvos, algo más gordos, algo más cansados, caemos en la cuenta de que después de todo no fue tan mala la cosecha. Y aquí seguimos, al pie del cañón con ganas, con hijos e incluso nietos, con energía y marcha. Al fin y al cabo no se nos dio tan mal; no resultamos tan garbanzos negros como nos vaticinaban. Y vaya si ha valido la pena llegar hasta aquí.

Y hoy también, con los cincuenta recién aterrizados o a la vuelta de la esquina, seguimos aquí, confeccionando nuestro particular tapiz hecho de seres queridos, ideas, desencantos, esperas y esperanzas. Seguimos dando guerra, pero también ayudando a crecer a otros, inculcándoles el gusanillo de los honesto y de lo hermoso. Intentando mantenernos fieles a nuestras ideas, rehaciéndonos de maltrechas relaciones. Valorando que todavía existimos y somos y que las únicas banderas y patrias que realmente importan son nuestra pareja, nuestros amigos y seres queridos, nuestros hijos...

... Viviendo.



Nunca me querría esclavo de nada, / y todavía me persigue el anhelo / que me rehúye tenazmente. / Siempre fiel a un mismo gesto / que me señala un camino obsesivo. / Nunca me querría esclavo. / Pero deudor de amor lo seré encantado, / a esto me obliga el latir de tu corazón generoso. / Ser deudor feliz de mis amigos, / que en sus manos tengo mi auténtico país. / Y deudor leal de la gente del mundo, / de los que sólo conozco su calor fraterno. / Así es la geografía de mi corazón. / Sólo libre me puedo dar, / y sólo libre puedo aceptar lo que me das. / Nunca me querría esclavo... / Pero deudor de amor lo seré encantado, / a esto me obliga el latir de tu corazón generoso. / Ser deudor feliz de mis amigos, / que en sus manos tengo mi auténtico país. / Y deudor leal de la gente del mundo, / de los que sólo conozco su calor fraterno. / Así es la geografía de mi corazón.

[Un deseo y una precisión. Espero que no se os haya hecho demasiado largo (últimamente tiendo a hacerlo todo demasiado largo). Me disculpo por ello.
La precisión es relativa a las imágenes. He estado dudando hasta última hora si colocarlas o no. La mayor parte de mis amigos han visto sólo unas pocas. Nadie, salvo yo misma, las ha visto todas. Contra lo que pueda parecer soy en extremo pudorosa y con un exagerado sentido del ridículo. Subirlas a esta entrada me ha resultado particularme difícil. Tanto como desnudarme.
Porque sois vosotros...]