viernes, 27 de junio de 2008

¡Vaya Gallega!

Fue Javier, amigo de Ramón y mío, quien un día nos dijo que fuéramos con él a la Calle de la Ballesta. En Madrid, era una zona donde había putas. Allá por los años sesenta la prostitución estaba prohibida, aunque el régimen hacía la vista gorda y, salvo las redadas de rigor, no luchaba seriamente contra lo que era inevitable. Así, en las ciudades costeras se constituían a tal fin los llamados “Barrios Chinos”, y en las interiores zonas donde se encontraba el negocio del sexo.

Era la primera vez para Ramón y para mí. Corría el año 66 ó 67. Javier estaba más adelantado y ya había ido varias veces, por lo que contaba con una experiencia a la que era necesario recurrir en esa España oscurantista.

Entramos en un club como un elefante en una cacharrería. Nos encontrábamos como peces fuera del agua. Javier empezó a hablar con algunas chicas a las que conocía. Nosotros nos sentamos en una mesa. Más acojonados que excitados. Yo era tímido pero al lado de Ramón era un lanzado. Nada que ver. Él era y sigue siendo un cándido, un inocente. Quizá la mejor persona que he conocido, sin ninguna dosis de picardía y transparente como el agua. Si yo estaba cortado, él estaba absolutamente fuera de sí. Me repetía cada dos minutos, ¿por qué no nos vamos?

Al cabo de un rato, Javier avispado y suelto en esa faceta ya había encontrado a nuestra maestra. Una gallega recia y redonda que habría de darnos la primera lección. Nos la presentó, no recuerdo el nombre pero sí de dónde procedía. Gallega de pura cepa, con su acento y su cuerpo carnoso de proporciones más que razonables.

Nos puso precio a la lección y con ellas salimos a coger un taxi. Recuerdo que nos trataba como si fuéramos sus pequeños, ¿de dónde sois guapos? No os preocupéis que lo vamos a pasar bien, nos anunciaba, supongo que ante la cara de preocupación que nos detectaba.

Mi amigo Ramón, tartamudeando y cortado, respondía de vez en cuando.

--Ssí sseeñora.

Llegamos a su casa, cerca de Cuatro Caminos. Allí pagamos el taxi, que no entraba en el precio, y subimos a su piso con nuestra maternal meretriz.

Como quiera que éramos dos contra una. Acordamos que él entrara primero. Sin habernos entrenados, no era cuestión de hacer numeritos múltiples. Yo me quedé leyendo una revista. No pasaron ni cinco minutos y vi a mi amigo salir de la habitación subiéndose el pantalón.

--¿Ya? --Le pregunté extrañado y me dijo que sí.

--¿Ha estado bien? --inquirí. Ramón sólo me contesto

-- ¡Jo!

Así es que me apresuré a hacer la entrada triunfal, con nervios y sin saber qué me esperaba, aunque me imaginaba lo mejor. Allí estaba desnuda, oronda y moronda, esperándome en el lecho del pecado.

--¡Desnúdate guapo!

Yo que no tenía otra cosa que hacer, decidí que era lo mejor. Y una vez desnudo me dijo que me lavara mis partes pudendas. Lo que hice, aunque no hubiera sido necesario, puesto que iba preparado para el momento.

A partir de ahí, empezó a jugar conmigo, pero después de intentar que yo me encontrara en forma, la buena señora no lo conseguía.

--Bonito ¿Qué te pasa? --me preguntó, después de unos quince minutos, la buena gallega-- ¿Es que no te pongo?

Ella seguía con sus mañas. Sin conseguir su propósito. Yo veía como de vez en cuando miraba el reloj y me echaba una mirada de cabreo de armas tomar. La estaba haciendo gastar más tiempo del que pensaba.

--Dime, rey ¿has bebido?

Yo no le contestaba. Sólo hacía lo que podía para conseguir cumplir lo más decentemente posible, pero me costaba. Efectivamente, los tres o cuatro cubatas que había bebido, además de los nervios del momento, me estaban jugando una mala pasada.

Al cabo de un rato largo ella consiguió su propósito y el mío, entonces me cabalgó y finalmente pude llegar a la meta. Fue un momento gozoso pero no en exceso por las prisas de la buena gallega y por mi inoportuna inexperiencia.

Al salir de la habitación, mi querido compañero estaba medio dormido esperando que terminara. ¡No podía entender cómo había tardado tanto!

Pagamos y nos marchamos. La buena gallega marchó corriendo con el fin de hacer más servicios. Había transcurrido poco más de una hora. Al menos, gracias a mí, habíamos conseguido amortizar, en tiempo, la fugacidad de mi amigo. Y fuera, fue cuando le pregunté, con más tranquilidad. ¿Qué tal? Y me contestó, de forma entrecortada: ¡Vaaaya Gaalleega!

Salud y República

p.d. Después de cuarenta años y pensarlo mucho, decidí hacer esta entrada biográfica. Me ha costado pues uno sigue con un alto grado de timidez, pero me parece que refleja bien cuán dura era la represión y cómo tuvimos que hacer muchos para tener nuestra primera experiencia sexual. He cambiado el nombre de mi amigo pues seguro que le hubiera incomodado, así es de tímido.

lunes, 16 de junio de 2008

Real Sociedad: cuando fuimos los mejores

Todavía me la sigo sabiendo de memoria: Arkonada; Celayeta, Kortabarría, Górriz, Olaizola; Alonso, Diego, Zamora; Idígoras, Satrústegui y López Ufarte. En el banquillo, dos suplentes de lujo: José Mari Bakero y Larrañaga. Y como director de orquesta: Alberto Ormaetxea. Fue la gran, la enorme Real Sociedad que conquistó los dos títulos consecutivos del campeonato de fútbol de Primera División en los años 1981 y 1982, epopeya que recordaré siempre por ver a mi ciudad, por aquellos años tan castigada a diestra y a siniestra, lanzada a la calle para festejar el triunfo frente al único rival que podía hacerle sombra entonces: el Real Madrid. La misma que en la temporada 1982-1983 ganó una Supercopa de España y otros no menos importantes trofeos; la que durante años nutrió a la selección española de la mitad de sus jugadores. El mismo club que, sin embargo, ayer no fue capaz de regresar a la Primera División, condenándose un año más a permanecer en Segunda.

Era yo un crío (1967) cuando la Real ascendió a Primera. Pero jamás olvidaré cómo nos fuimos mi padre y yo en el coche hasta las afueras de Donosti para esperar al autobús del equipo. Miles de vehículos se agolpaban en un enorme y divertidísimo atasco en la carretera, haciendo sonar sus bocinas durante el trayecto. Luego, pasaron años de apuros hasta que la cantera, que se forma año tras año en la playa de La Concha, dio paso a esa generación de indiscutibles campeones. Sin embargo, cuando yo fui más al viejo estadio de Atotxa fue durante los años de mi infancia y adolescencia, tiempos en los que jugaban Esnaola, Martínez, Gorriti y el propio Ormatexea, por citar algunos. Eran tiempos en los que los jugadores de fútbol todavía no se habían convertido en diosecillos mediáticos, años en los que su imagen nos quedaba marcada a fuego en la retina mediante el juego de las chapas. Tiempos también en los que el fútbol se veía de pie en el estadio y en blanco y negro en la tele, y en los que las banderolas txuri-urdiñak (blanquiazules) nos las hacían nuestras madres con telas viejas y el palo de una escoba.

He visto jugar a aquella Real Sociedad en multitud de ocasiones. Pero quizá el partido más emocionante que recuerdo fue el disputado en Madrid en 1988 en una final de la Copa del Rey que perdimos frente al Barça con un gol de Alexanco. Ya es triste que otro de los equipos de mis amores te disuelva la ilusión nada menos que con el gol ¡de un puñetero bilbaíno!

En Donosti llueve, y llueve mucho. De manera que decir que ha llovido mucho desde aquellos gloriosos tiempos resulta completamente ocioso. La Real, como casi todos los equipos en algún momento de su historia, está atravesando un momento difícil, en el que su propia permanencia como entidad deportiva se ve actualmente en peligro. Pero al menos quienes nos vamos haciendo ya algo viejecillos siempre tendremos en el recuerdo las imágenes de las palomitas de Arkonada, de los regates de López Ufarte o del juego contundente de Alonso, cuyo hijo se reencarna hoy en su padre en el Liverpool y en la selección española. Mientras nos quede ese recuerdo y tengamos a mano a algún incauto como usted dispuesto a leer escritos como éste o a escuchar pacientemente nuestras batallitas futboleras, siempre tendremos un motivo para el recuerdo amable y la media sonrisa. Algún día quizá los txuri-urdiñ volvamos a sonreír con nuevos éxitos. Los donostiarras somos optimistas por naturaleza. De manera que aunque no ha podido llegar este año el ascenso, llegará, seguro, el que viene. Y si no, siempre nos quedará el Orfeón Donostiarra o el mismísimo Elías Querejeta. Que además fue futbolista. Y cómo no, de la Real.