domingo, 25 de mayo de 2008

Pipas, chicles, caramelos...


Se llamaba Ana; todos la llamábamos la señora Ana. Era de medidas generosas como su carácter y su actitud. Sus facciones, amables, regordetas y suaves sin llegar a ser bellas, con un cutis fino, incluso luminoso a pesar de los años. Siempre llevaba el pelo blanco recogido en un moño bajo y grueso y siempre llevaba un mandil azul sobre el eterno y riguroso luto.

Desde muy temprano y sin faltar nunca a la cita, la veíamos quitar una a una las maderas de aquel kiosko verde botella que, como un particular bazar mágico, estaba plantado en la esquina de mi calle con la de Alcalá (bueno, entonces era sólo la carretera de Aragón). Casi no cabía en él, pero allí se acomodaba desde antes de las 9 para pasar muchas horas durante el día vendiendo su especialísima mercancía. Los adultos la respetaban. Los chavales la adorábamos. Sonreía siempre.

¡Ay qué problema cuando ibas acercándote con la peseta en la mano! ¡Se podían comprar tantas cosas pero sólo una...! La peseta era la medida. Con ella podías volverte el feliz poseedor de una bolsa de pipas, en papel amarillo y repleta hasta arriba de semillas saladas (que un rato más tarde te pondrían los labios hinchados literalmente) y que guardaba en el fondo siempre una sorpresa en forma de globo o de minúsculos personajillos de plástico. Con 1 peseta podías comprar también 10 Sacis, de menta penetrante, que te dejaban sin respiración en cuanto aspirases un poco, ó 10 pastillas de leche de burra blanca o de colores, ó 10 caramelos en forma de farolillo con rayas blancas y de color rosa, verde, amarillo o rojo, o un refresco de limón o naranja en el que sumergías con avidez el dedo para colocarlo a continuación en la lengua y sentir la efervescencia del sidral. 1 peseta, un chupa-chups… de nata y fresa, de coca-cola, de menta. La oferta era variada. Por aquella época aparecieron los conguitos
(“somos los conguiiitos, riquísimos de comer, rellenos de chocolate, para el deleite de Vd.”) . En el apartado chocolates, teníamos paraguas, botellas, jamones, sardinas en lata, monedas, ¡¡¡cigarrillos!!!, todos envueltos en una brillante y colorido papel de plata. Estaban también los regalices en sus múltiples y variadas presentaciones: de colores, en forma de barras grandes, blandas y retorcidas; las pastillas de regaliz negro, pequeñas, duras y fortísimas o las raíces de palulú que chupabas y chupabas durante horas hasta que se convertían en una especie de estropajo difícilmente clasificable. Por otro lado estaban los sobres o las cajas sorpresas, primitivo y singular antecedente de los huevos kinder en los que con frecuencia encontrabas un avión o un barco por montar (yo siempre los pedía de chicos; eran más divertidos). Pero, sobre todo, lo que podías comprar con 1 peseta era un inmenso, oloroso y fantástico chicle Bazoka (se estira y se explota) de fresa o menta.

Como si la magdalena de Proust hubiese sufrido una súbita transustanciación, casi puedo sentir todavía esa maravillosa sensación de meterte en la boca un chicle de tres pisos, de un aparatoso y seguramente nada saludable color rosa, con un inconfundible sabor al seguramente aún menos saludable aroma de fresa. Al masticarlo y mezclarlo con la saliva se volvía enorme y golpeaba contra el paladar. Te costaba dominarlo y parecía que te ibas a ahogar, pero era también en esos primeros instantes cuando más blando era y cuando el sabor te llenaba tanto o más que aquella masa gomosa e informe.

Ya no hay Bazokas de aquéllos. Ahora los chicles son mejores, de sabor más intenso, sin azúcar y no estropean los dientes (ni los de leche ni los otros), pero ya no es lo mismo. Apenas ocupan un pequeñísimo lugar en la boca; casi casi se te pierden entre los dientes.

Por supuesto que había más puestos que los de la señora Ana. Todos los domingos, camino del “cine de los frailes” (en realidad era el cine del colegio de jesuítas Obispo Perelló, pero nunca supe por qué mi madre lo llamaba así), solíamos hacer una parada en el puesto de el Cojo y tenía tantas o más cosas que ella, con el aliciente de que también vendía polos de hielo (¡ay, aquellos maravillosos Camy de naranja o limón a 2 pesetas o los cremosos Frigo de piña a 3 pelas, que mi madre nos tenía absolutamente prohibidos porque eran malos para las anginas y que comprábamos y comíamos a escondidas con mayor placer por aquello de la clandestinidad...!). También, durante los largos meses de verano y veraneo en Alicante teníamos un par de proveedores. En lo alto de las escaleras que había en el cruce de mi calle con la de Labradores había un carrito de madera blanco y azul, siempre limpio y reluciente donde comprábamos las guarrerías y donde algunos años más tarde empezaríamos a comprar los primeros cigarrillos: 3 celtas cortos y sin filtro, 3 por una peseta. Un poco más lejos estaba también el Tío Basura, entre el colmado y el portal donde cambiábamos los tebeos. Aquella tienda era un auténtico zoco: lo mismo encontrabas una cuna para la muñeca pequeña, que galletas o chicles o caramelos, que cacharritos de cocina para jugar...

Pero no eran lo mismo. El Cojo tenía un carácter endemoniado, seguramente propiciado por la razón de su mote y por el escarnio con el que muchos chavales lo aplicaban y ni siquiera puedo acordarme de cómo eran los dos piperos de mis veranos. Por eso, de ninguno de ellos guardo un recuerdo tan suave como de la señora Ana. Como si aquellas facciones amables y dulces, tan contrarias a la bruja de Hansel y Gretel, le otorgaran un valor añadido a las pastillas de leche de burra o los regalices durante una infancia para mí luminosa. Su cara tenía la virtud de esconder lo que su profesión y su aspecto decían a gritos: aunque yo en aquella época no fuera capaz de percibirlo, iluminaban y suavizaban aquel tiempo tan amargo y sórdido en el que el mandil y el sempiterno luto hablaban a las claras de pobreza y dificultades.

Ahora en que proliferan por doquier asépticas y aburridas tiendas de chuches y frutos secos, los flashes de aquella caseta verde de madera y su, nuestra, particular hada madrina, se filtran por las rendijas de la memoria, asemejándose mucho a todo lo que evocan. Como aquellos melosos y enormes chicles Bazoka son dulces, ya inexistentes y, sobre todo, imposibles de recuperar.

domingo, 11 de mayo de 2008

Cantautoras de los setenta

Siempre se habla de la importancia de los cantautores durante los años sesenta y setenta. Desde Paco Ibáñez se fueron sucediendo hombres que o componían sus canciones en letra y música o ponían música a poemas ya escritos. Pero también hubo mujeres, algunas de ellas muy conocidas y con mucho éxito. Es el caso de las cantautoras en catalán que merecen una entrada específica y también el de algunas españolas que aparecieron a finales de los sesenta y principios de los setenta.

En primer lugar, solicito la magnanimidad del Sr. Adanero y su complemento con comentarios y entradas adecuadas, puesto que es el profesional del tema, siendo yo simplemente un mero aficionado que recuerda con nostalgia y placer la música de esta época.

Pues sí, quería hablar de dos grandísimas cantautoras, seguramente las dos más importantes en castellano. Me refiero a Mari Trini y a Cecilia.

Mari Trini fue una mujer querida que cantó canciones de otros y tiene una obra de autora muy importante. Esta mujer, introvertida –corría la voz de que tenía muy mal genio--, pasó varios años de su vida en cama debido a una enfermedad, dicen que de ahí le vino esa timidez y el amor por escribir poesía y tocar la guitarra. La apadrinó, ni más ni menos que el director de cine Nicholas Ray, con quien muy joven viajó a Londres, donde estuvo estudiando antes de marchar a París. Y es allí en la capital francesa donde graba un primer disco en francés.

Más tarde vuelve a España donde graba otro disco con canciones de Aute y Patxi Andión. Sin embargo, es un año más tarde, en 1970, cuando consigue el éxito pleno con su LP: Amores, cuya canción,

que da título al álbum tuvo un éxito total. Poco después tuvo otro espectacular éxito con el siguiente LP: Escúchame. Donde había canciones que cantamos todos, como: Yo no soy esa.

Luego siguieron otros éxitos y Mari Trini aunque siguió cantando hasta hace poco, ya no tuvo el éxito que consiguió a principios de la decada de los setenta. Y hoy parece que está preparando una recopilación como despedida. Yo la sentía y me llegaba como una mujer peculiar, que se movía bien en el escenario, siempre triste, ojos verdes luminosos y la boca un poco torcida, una poeta que hablaba siempre de amor y desamor con voz divinamente afrancesada y si no, fíjense que versión hace del Ne me quitte pas de Brel que grabó en 1975:

Y qué decir de Cecilia. Una mujer que se nos quedó corta. Su carrera duró pocos años. Desgraciadamente se fue, con gran sentimiento de todos nosotros, en un accidente de automóvil con veintisiete años, en pleno éxito y dejándonos huérfanos de muchas otras canciones que no nos llegaron.

Evangelina Sobredo, que así se llamaba, eligió el nombre de Cecilia en honor a la canción de este título de Simon y Garfunkel, a quien tenía en gran estima. Desde su primer LP, grabado y editado en 1972, todas sus canciones fueron muy conocidas y cantadas por los jóvenes, eran años en los que el franquismo caminaba hacia la nada y la necesidad de crítica con el sistema era inevitable. Cecilia se convirtió en una cantautora comprometida que denunciaba situaciones que había que superar, con suavidad pero con contundencia.

Ya en su primer álbum, donde sobre todo había canciones existencialistas hace una crítica social feroz, por ejemplo con su Dama, dama. Una letra acusadora de la mujer burguesa de la época:

Un año después sacó el segundo LP de donde destacaría una canción que presagia lo que en ese momento, en 1973, había que hacer, tirar para adelante. Seguir el proceso de cambio que apenas se había iniciado pero que no tenía marcha atrás: Andar.

En 1975, sacaría su tercer LP, que fue el de mayor éxito y el que la haría una cantante eterna. En él se incluían varias canciones importantes, destacando sobre todo una de amor. De un amor deseado y secreto, de un amor fácil y desconocido, lejano y sin embargo, absolutamente cercano: Un ramito de violetas

Así veía y veo yo a Cecilia: Moderna, diferente, inteligente, comprometida y sobre todo mujer de su tiempo, de un tiempo cambiante del que ella era abanderada. Mujer de amplia de sonrisa copiosa pero triste, de ojos vivos con mirada intensa, de niña traviesa. Mujer libre con melena al viento. Frágil pero firme. Así me llegaba Cecilia. Su accidentado final fue una gran pérdida para la música española sólo comparable con la de su coetáneo Nino Bravo.

Quisiera añadir que Cecilia es junto con Serrat, la cantante de aquella época preferida por mis hijos, que conocen bien sus canciones. Por algo será.

Salud y República