miércoles, 23 de abril de 2008

Peckimpidrina contra la tristeza

Sin que venga muy a cuento, tan sólo porque hace apenas veinte minutos estuve bastante triste, quiero recordar aquí una película emblemática. Wild bunch, en inglés, o Grupo salvaje, en español, es una de las cinco mejores películas que para mí se han hecho. No es que esta clasificación tenga gran mérito porque, según me encuentre, ese quinteto puede cambiar de composición con bastante facilidad. Pero sea como sea, casi siempre está Grupo salvaje entre ellas.

Tiene Sam Peckinpah esa facilidad que sólo los grandes tienen para nadar entre las diversas aguas del desencanto, el heroísmo, la mezquindad, la rabia, la esperanza y el dolor, y, juntándolo todo, hallar al ser humano. Y si no lo creen, recuerden o vean estas dos escenas:

1. La banda al completo está pasando un corto asueto en el pueblo del mejicano. Dejan por unas horas a un lado la desconfianza, la mugre y la canalla y se entregan al relajo de la ingenuidad, del juego inocente de miradas. Terminado el descanso, suben de nuevo a sus caballos y desfilan saliendo del poblado, entre las notas de la más bella canción de despedida jamás escrita (acertijo para connaisseurs: nombre de la canción popular mexicana a que me refiero). Hay pañuelos, sombreros, manos levantadas, adioses... Y hay miradas angustiosas de quienes, sin saber por qué, tienen claro que, no habiendo nada que les impida quedarse, nunca jamás volverán allí.

2. La misma banda, sólo que ahora sin el muchacho mexicano, se reúne a la salida del burdel donde han estado ahogando en alcohol el asco que se dan a sí mismos y la pena por no poder ser de otra forma. Pero, ¿de verdad no pueden ser distintos? ¿Realmente no pueden romper el guión tantas veces escrito y escribir el suyo propio? Una miradas entre ellos les convencen de que están pensando lo mismo. Se guiñan un ojo, toman sus armas y comnienzan a andar, hombro con hombro, en dirección al reducto donde el general mexicano se divierte y donde tiene prisionero y ya casi muerto al compañero mexicano de los forajidos. Van rescatarle, a pesar de que es casi seguro que morirán en el intento.

Lo que viene después es una de las más famosas escenas del cine, y seguramente ustedes la hayan visto, quizás más de una vez. Pero a mí me interesa poner de relieve que puede hacerse un fundido entre ambas escenas y que la primera puede explicar perfectamente a la segunda. Y me interesa porque, siendo tan tristes las dos, a mí me quitan siempre la tristeza. Invariablemente.

Será porque en el gesto de los forajidos puede rastrarse el orgullo de descubrir que pueden hacer algo más que malvivir y ratear indignamente. Que pueden convertirse en seres humanos tan sólo con la decisión de renunciar al miedo. Que no sólo pueden ser ridículos, sino también sublimes. Y yo, también. Gran medicina.

Gracias, Sam.

martes, 8 de abril de 2008

Amarcord: un peliculón

Hay obras de arte que siempre están vigentes. Y además hay otras, que sentimos como algo nuestro. Todos volvemos a veces a nuestro inconsciente individual. Ese cajón de sastre donde vamos colocando todos los objetos, también culturales, que forman parte de nosotros. De ahí que de vez en cuando nos guste volver a aquello que nos ha dejado huella.

Cada vez vuelvo más a buscar lo que significó algo para mí. Releo algunos libro, vuelvo a ver pinturas, escucho mi música y, como no, vuelvo a ver algunas películas. De esto último, de cine, quisiera hablar.

Un amigo me dijo: “no entiendo como se puede ver más de una vez la misma película, es una pérdida de tiempo”. Y yo le contesté: “no podría pasar sin ver ciertas películas. Me encanta perder el tiempo”. Siempre encuentro algo nuevo, profundizar, además de volver a encontrarme yo mismo un poco. Siento la necesidad, cada cierto tiempo de ver: Casablanca, Amarcord, El cielo protector, El angel exterminador, El séptimo sello, La reina de África, La diligencia o Plácido y alguna más que ahora no recuerdo.

Hoy os quiero hablar de una película para mí única: Amarcord.

boomp3.com

La vi de estreno en Roma. Fue una experiencia inolvidable. Una película redonda. Difícilmente se puede dar una idea de la Italia de los años treinta, en pleno fascismo, como lo hace Fellini. Un pueblo con todos sus componente: el tonto, la prostituta, la coqueta y soñadora, el cura, los carabineros, los maestros, la familia, los niños y los jóvenes. Todo ello unido con lazos de todo tipo de sentimiento, amor, odio, burla, protección, sexo, rivalidad, etc.

Corría el año 73, y para mí fue una revolución. Me pareció la antítesis del cine español del momento que, salvo alguna excepción como El espíritu de la colmena de Erice, era fundamentalmente una sarta de películas groseras cuyo único objetivo era mostrar desnudos sin fundamento, para tratar de salvar ese paréntesis de más de treinta años donde hasta los besos, si eran apasionados, habían estado prohibidos. Era la época conocida en España como el destape, donde por primera vez veíamos cuerpos (de mujer, naturalmente, era también época de un machismo hispánico recalcitrante) totalmente desnudos o casi desnudos, cuerpos esculturales que eran el “leitmotiv” de la historia que se contaba. Por el contrario, en el mundo nacieron películas ese año, de una calidad contrastada, ahí quedan además de Amarcord: La grand bouffe (por cierto, guión realizado por el apenas desaparecido Rafael Azcona), La noche americana, El dormilón y American Graffiti, entre otras.

Amarcord fue una rayo de luz en mi mundo oscuro. Una crítica sarcástica, exagerada, surrealista, caricaturesca, pero real. Así, tal cual recuerda Federico Fellini su niñez en su ciudad natal: Rímini. Un rompecabezas compuesto por escenas soberbias que han dejado huella en la historia del cine.

Escenas que todos recordaréis como: La de las ubres de la estanquera abrazando al muchacho.

Y otras: La de la comida y bronca familiar, la de la gran nevada, la de la purga del padre de familia por los fascistas, la de la escuela con las travesuras de los alumnos y la idiosincrasia de los diversos profesores, la del cura obsesionado por saber si los adolescentes se tocaban, la de la masturbación colectiva dentro de un coche, la impresionante aparición en medio del mar del trasatlántico Rex.

Y como no, la del tío loco que en plena excursión con la familia se sube a un árbol para pedir a gritos una necesidad vital: “Voglio una donna!”. Sólo una monja fue capaz de hacerle bajar. Sólo Fellini sería capaz de imaginar una escena como esa.

Un mosaico con piezas geniales que configuran una obra maestra. Una verdadera genialidad donde la fotografía y, sobre todo, la música de Nino Rota alcanzan también las más altas cotas de calidad.

Salud y República

lunes, 7 de abril de 2008

Recuerdos de otro Abril


Casi siempre por los meses de Abril o Mayo, recuerdo otra primavera cuando tenía apenas 8 años. La de 1961.

Mis padres querían que fuese a un colegio de monjas, donde haría la primera comunión como las hijas de las familias adineradas del pueblo. A mí que los cambios me resultan siempre excitantes, me encantó la idea.

Las monjas resultaron ser unas tiranas que sólo sabían, regañar, pegar y pedir.

Pedían dinero, flores para adornar la iglesia, material escolar del más caro, uniformes pactados con una tienda del pueblo que era la única que traía la tela de patita de gallo que exigían ellas...

Ya no me estaba gustando tanto el haber salido de la escuela de la señorita Encarnita.

Mi padre todo el día dando martillazos para que yo pudiera estar en ese colegio tan elitista no me permitía quejarme.

Así que soportaba con resignación tanta educación refinada.

Si recuerdo esa fecha en concreto, es porque en una de las tardes que nos mandaron llevar flores para la virgen, iba yo con mi ramo de rosas, que mi abuelo Rafael cortó de su jardín a regañadientes, muy orgullosa y presumida como si me acabaran de nombrar miss España, mirando para la otra acera; cuando un árbol con el que yo no contaba se interpuso en mi camino y del hostión que me di me caí de culo, echando por tierra al mismo tiempo que las rosas, mi vanidad. No recuerdo bien cómo me recompuse y si es que lo hice o me volví a mi casa hecha un mar de lágrimas, el caso es que cada primavera, cuando me viene el olor de las rosas, parece como si me doliera la cara en la que el árbol se estampó.