Aquellos adorables marcianitos
Llegaron como de la nada, sigilosamente. Pero en poco tiempo, quienes teníamos ya callos en las manos de darle duro al futbolín en las boleras, nos empezamos a ver la mar de modernos con dos juegos que pronto hicieron furor: el ping-pong, y éste, el entrañable juego de los marcianitos, conocido allende los mares con el pretencioso nombre de Space Invaders. Su popularidad fue tal que aún hoy en día, cuando vemos a algún chaval ―o a alguno ya no tan chaval― jugando a cualquier juego de disparos en el ordenador, le decimos:
―Qué, ¿matando marcianitos?
Y es que, para mí, desde entonces todos los juegos de ordenador en los que el protagonista se ve envuelto en innumerables y larguísimas aventuras haciendo frente a todo tipo de monstruos y marianos, todos ―digo―, son Matamarcianos. Se llamen Lara Crofft y la Tumba del Pepero Mutante, se llamen El Holocausto de los Androides Aznarianos II, todos forman indisolublemente para mí ya parte de ese mundo al que siempre llamaré matar marcianos.
Space Invaders está, además, de aniversario. Porque en este 2008 cumple nada más y nada menos que treinta años de vida. La genial creación del diseñador japonés Toshihiro Nishikado se ha hecho ya más que mayor, y forma parte de ese patrimonio personal que nos acompañará siempre, con la subsiguiente asociación de ideas: ¿qué rayos estaba haciendo yo por esas fechas?
Pues yo, por aquella época, era un joven cuyas nobles pretensiones consistían básicamente en hacer la carrera de periodismo en el bar de la Facultad y dejarme adoctrinar en el marxismo revolucionario ―preferentemente en posición horizontal― por cuantas jóvenes universitarias rojas se cruzaban en mi camino. Así que unos días me levantaba siendo del PT ―los estalinistas―, otros del MC ―los chinos―, otros de la LCR ―los troskos―, y algunos hasta del PSUC ―los peceros catalanes―. Las socialistas, por aquellos días, una de dos: o no se dejaban ver, o es que la militancia del PSOE en Periodismo brillaba por su ausencia. Y puedo asegurar que, más bien, brillaba por su ausencia porque yo era delegado de mi curso y allí nos conocíamos sobradamente todos.
Otro día les narraré la famosa Toma del Rectorado de la Autónoma de Bellaterra. Pero hoy déjenme que disfrute como un enano y que me sienta más cebolleta que nunca echando una partida a mis queridos marcianitos.
Que ustedes los maten bien, que diría Gila.




