lunes, 31 de marzo de 2008

Aquellos adorables marcianitos

Llegaron como de la nada, sigilosamente. Pero en poco tiempo, quienes teníamos ya callos en las manos de darle duro al futbolín en las boleras, nos empezamos a ver la mar de modernos con dos juegos que pronto hicieron furor: el ping-pong, y éste, el entrañable juego de los marcianitos, conocido allende los mares con el pretencioso nombre de Space Invaders. Su popularidad fue tal que aún hoy en día, cuando vemos a algún chaval ―o a alguno ya no tan chaval― jugando a cualquier juego de disparos en el ordenador, le decimos:

―Qué, ¿matando marcianitos?

Y es que, para mí, desde entonces todos los juegos de ordenador en los que el protagonista se ve envuelto en innumerables y larguísimas aventuras haciendo frente a todo tipo de monstruos y marianos, todos ―digo―, son Matamarcianos. Se llamen Lara Crofft y la Tumba del Pepero Mutante, se llamen El Holocausto de los Androides Aznarianos II, todos forman indisolublemente para mí ya parte de ese mundo al que siempre llamaré matar marcianos.

Space Invaders está, además, de aniversario. Porque en este 2008 cumple nada más y nada menos que treinta años de vida. La genial creación del diseñador japonés Toshihiro Nishikado se ha hecho ya más que mayor, y forma parte de ese patrimonio personal que nos acompañará siempre, con la subsiguiente asociación de ideas: ¿qué rayos estaba haciendo yo por esas fechas?

Pues yo, por aquella época, era un joven cuyas nobles pretensiones consistían básicamente en hacer la carrera de periodismo en el bar de la Facultad y dejarme adoctrinar en el marxismo revolucionario ―preferentemente en posición horizontal― por cuantas jóvenes universitarias rojas se cruzaban en mi camino. Así que unos días me levantaba siendo del PT ―los estalinistas―, otros del MC ―los chinos―, otros de la LCR ―los troskos―, y algunos hasta del PSUC ―los peceros catalanes―. Las socialistas, por aquellos días, una de dos: o no se dejaban ver, o es que la militancia del PSOE en Periodismo brillaba por su ausencia. Y puedo asegurar que, más bien, brillaba por su ausencia porque yo era delegado de mi curso y allí nos conocíamos sobradamente todos.

Otro día les narraré la famosa Toma del Rectorado de la Autónoma de Bellaterra. Pero hoy déjenme que disfrute como un enano y que me sienta más cebolleta que nunca echando una partida a mis queridos marcianitos.

Que ustedes los maten bien, que diría Gila.

martes, 25 de marzo de 2008

Nueva en esta plaza

¡Hola muy buenas!
Desde hoy participo en esta página, que viene a ser la salita de mi abuela donde me contaba sus batallitas.
Hoy soy yo la abuela, que aún sin nietos, recuerdo mis aventuritas para los que nos leen aquí.

Nací en Julio del 53 y cuando en el 68, en París estaban los estudiantes lanzando ladrillos y piedras, yo andaba en mi pueblo de la sierra con 15 años y un pavo que pesaba por lo menos 100 kilos.


Empezaré a contar lo que me vaya acordando de mis años mozos.
De todos modos debo decir que no fui la chica típica de falda de cuadros ni que se quería meter a monja, más bien todo lo contrario...

Y por supuesto pertenezco a la generación límite que cantaba nuestro nunca bien ponderado Miky Ríos (después Miguel Ríos): Nos hemos escondido de nuestros padres para cometer nuestros delitos y después de nuestros hijos, para seguir cometiéndolos.

Sólo espero no aburriros.

martes, 18 de marzo de 2008

¡Qué Semana Santa!

La Semana Santa de antaño era una pesadilla. Es verdad que no había colegio. También que tenías tiempo para jugar más. Sin embargo, no me gustaba. Dicen que la memoria es selectiva y que recuerda las cosas buenas. Tengo pocos buenos recuerdos de las “semanas santa” que pasé en mi pubertad. Las vacaciones y las torrijas, son creo algo salvable de aquella época negra. Hablo de finales de los cincuenta y principio de los sesenta.

En un estado nacional-católico. Como se puede suponer, la Semana Santa era una festividad religiosa importantísima. Todo estaba supeditado al rito religioso. Para empezar, los espectáculos cerraban, salvo los cines que te echaban siempre las mismas películas, las normales estaban prohibidas. Año tras año repetían: La túnica sagrada, El Judas, La vida de Cristo, Molokai, Marcelino pan y vino, Los diez mandamientos, Ben-Hur. Vamos, la alegría de la huerta. Creo que El Judas la debo haber visto tropecientas veces y otras tantas las demás. ¡Qué aburrimiento! La radio y la televisión te ofrecían música clásica y documentales bíblicos, además de retransmisiones de las procesiones más importantes.

A todo ello se llegaba exhausto pues iban calentando los motores trágico-religiosos durante toda la cuaresma. Sólo los que pagaban la bula correspondiente podían comer carne durante esas seis semanas. Las charlas religiosas te iban metiendo en el ambiente pascual. Y qué decir de los ejercicios espirituales. Eran una verdadera aberración. Al grito de ser católico empedernido surgían las terribles contradicciones y miedos que pregonaban esos malditos con sotana (perdonad que les llame así, pero sus peroratas eran canallescas y es de los peores recuerdos que tengo) desde el púlpito y que te hacían temblar al pensar que habías hecho siempre méritos para ganarte el infierno; eso eterno, siempre en fuego, y donde no llegaba nunca la misericordia de Dios. La condenación eterna. ¡Qué barbaridad! ¡Qué canallas! Utilizando el miedo como medio para adoctrinar a niños. Recuerdo peroratas de este estilo: “Mientras vuestros padres se gastan el dinero en el bar, el niño Jesús está desnudo y no tiene qué ponerse. ¡Ireís todos al infierno!”. Toda una sarta de mentiras y exageraciones malignas que te tenían “acojonao”.

Otra de las costumbres de Semana Santa era recorrer las siete estaciones. Las iglesias, cubiertas de telas moradas todas sus estatuas, engalanaban su altar mayor y hacían, con velas, bombillas, paños y telas bordadas y otro adornos, competiciones entre ellas para ver cuál era la que lo mejor estaba ornamentada. La costumbre católica decía que había que recorres siete iglesias que eran las siete estaciones donde se debía orar en ese altar engalanado en honor a Cristo.

Luego estaban las procesiones. En mi casa no eran nada beatos, más bien lo contrario. Las procesiones en Madrid nunca han tenido mucha fama. Sin embargo, estaba la Procesión del Silencio que se celebraba el Viernes Santo a las doce de la noche. Y era un acontecimiento que casi todo el mundo iba a ver. Encontrabas a familias enteras con sillas de enea o de madera desde las cinco de la tarde cogiendo sitio en las aceras de la Gran Vía esperando el gran momento: la susodicha procesión. Nunca lo entendí, era un rollo patatero. Teníamos una prima que conocía a una familia que vivía en la calle Preciados, por donde pasaba la procesión, y allí fuimos más de un año para verla desde el balcón. ¡Qué nochecitas! Medio dormido, viendo capuchinos de todos los colores, pasos con estatuas vulgares, música monótona de viento y percusión, las aceras llenas de gente y, de vez en cuando, alguien que soltaba una saeta cuyo sentimiento y devoción, o quién sabe si su espíritu exhibicionista, le llevaba a recoger aplausos y vítores de los otros espectadores. Las procesiones para mí siempre han sido algo aburrido y nada espectacular, sigo sin entender cómo pueden gustarle a gente que no tiene fe.

En fin, no eran precisamente unas fechas idílicas, más bien al contrario, se anhelaba volver a la normalidad, al cine semanal con películas normales, a escuchar Diego Valor en la radio o a ver en la tele a Perry Mason. Hasta volver al colegio era mejor que padecer esa época tan rancia y gris. Es de las pocas cosas desagradables que recuerdo de esa época.

Salud y República