martes, 29 de enero de 2008

MORIR CON DIGNIDAD

Estábamos dormitando despues de comer. Era el mes de agosto de 1999 y estábamos de vacaciones toda la familia. Mi madre estaba en su sillón favorito viendo la tele entre cabezada y cabezada, con Pep, nuestro bóxer, apoyado en sus pies.

De repente mi madre se levantó para ir al baño y al ratito escuchamos unos gemidos. Fuimos mi hermana y yo corriendo a ver qué le pasaba y la encontramos bastante descompuesta, como si hubiera sufrido un corte de digestión, pero tenía muy mal aspecto.

La llevamos a la cama, mientras le preparábamos una manzanilla... comía muy bien y podía haberle sentado mal la fabada... pero pasaba el tiempo y el malestar y el dolor que empezaba a sentir en el vientre no remitía.

Decidimos llamar al médico de urgencia, que no tardó demasiado en venir. Despues de la revisión exhaustiva, algo debió ver que no le gustó y decidió decirnos que mejor la lleváramos al hospital más próximo. Ella misma llamó a una ambulancia y para allá nos fuimos mi hermana y yo.

En el servicio de urgencias del hospital la atendieron inmediatamente despues de ver el informe del médico de guardia que la había revisado en casa. Tardaron un montón, pero estábamos convencidas de que simplemente era una indigestión. Cuando salió el Jefe de Servicio nos llamó a su despacho y ante nuestra incredulidad nos dijo, poco a poco, la gravedad del estado de mi madre: había sufrido un infarto intestinal de la arteria mesentérica... pronóstico... muerte irreversible en cuestión de horas, lo que tardara en resistir su anatomía...

Le rogamos al médico que por Dios, hiciera algo para que nuestra madre no sufriera, porque este cuadro clínico causa atroces dolores, toda la parte inferior del cuerpo se queda sin riego sanguíneo y el dolor es insoportable... el médico, nunca olvidaré su carita, nos dijo que no nos preocupáramos, que no iba a sufrir...

Estuvo dormidita casi 24 horas, hasta que su organismo ya no pudo continuar. Su cara era plácida en el momento de su muerte y jamás olvidaremos lo que ese servicio médico de urgencias hizo por ayudar a nuestra madre a morir bien, con dignidad, despues de toda una vida trabajando de madre, esposa y abuela.

Hicieron lo único que podían hacer, compadecerse de una enferma terminal y de sus familiares.

Entenderéis que no diga el nombre del médico, tampoco el del Hospital maravilloso al que llevamos a nuestra madre... ésto es lo que ha conseguido un inhumano e inmoral individuo que dedica su asquerosa vida a la política en la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, amparado por su jefa, la inmoral e inhumana Esperanza Aguirre y por todo el aparato del PP y sus indecentes medios afines. A ésto se quiere llegar, para convertirnos a todos en polvo sufriente mientras ellos seguirán dándose golpes de pecho y comulgando los domingos y fiestas de guardar, porque siempre encontrarán un cura que les absuelva de esa culpa que no tiene perdón.

lunes, 21 de enero de 2008

Roqueros españoles de los sesenta

Es de justicia recordar dentro de la música de los sesenta, a algunos cantantes o grupos que alcanzaron la gloria en su momento, que celebramos con placer, que formaban parte muy activa de nuestros guateques y que, sin embargo, han quedado en un segundo lugar de la historia.

Hay muchos ejemplos, baste con dos de los que considero buenos roqueros. Se trata de un artista solista y de un grupo. Están unidos por el rock y por el amor a uno de los grupos británicos más importantes del momento The Animals, liderados por el gran Eric Burdon. Uno es el grupo Lone Star y otro el cantante Bruno Lomas. Ambos versionaron en castellano varias canciones del grupo inglés.

Lone Star fue un grupo catalán cuya versión de la famosa The House of the Raising Sun tuvo un éxito que le hizo vender en España más discos que la original de The Animals. Más tarde cantaron otras versiones del mismo grupo y de The Rolling Stones. Posteriormente sacaron discos con temas propios, algunos temas fueron verdaderos himnos que representaban muy dignamente al rock español, tan escaso en primeras figuras. Aquí os dejo con uno titulado Mi Calle, os aseguro que tiene una gran calidad y tuvo un éxito poco habitual.



El cantante Bruno Lomas fue un mito de la época. Valenciano de nacimiento, fue vencedor del Festival del Mediterráneo (segundo en importancia en España detrás de Benidorm) con una canción muy conocida del Duo Dinámico: Como ayer.

Posteriormente hizo famosas varias canciones del mismo duo y cantó en castellano versiones de grupos roqueros británicos. Sus versiones eran de las más celebradas en los guateques. Aquí os dejo con una de The Animals: Dont let me be misunderstood. Titulada en castellano: Comprensión.



Con estos amigos de mi adolescencia os dejo, seguro que os gustarán

Salud y República

martes, 15 de enero de 2008

La casa de mi padre

Regresaré a la casa
La casa de mi padre
Abriré las ventanas
Y que la limpie el aire.


Ahora que acaban de pasar las Navidades, recuerdo, y me veo en el suelo del salón, con apenas nueve años. Leía un libro de Ediciones Acervo, “Antología de Novelas de Anticipación”. No creía en los Reyes Magos, pero yo me hacía el tonto, para que los regalos siguieran cayendo. La sensación de amor, seguridad y calidez (¡en una casa sin calefacción!) que me viene a la cabeza es exactamente lo que me gustaría que sintieran mis hijos mientras estén conmigo.

A la mesa de Nochebuena nos sentábamos sólo seis. Hoy, de aquellos, quedamos dos. Y apenas nos vemos.

Que limpie la esperanza,
que arrastre los recuerdos,
y arranque de los muros
los retratos ya muertos.


La casa de mi padre era grande, pero, en la distancia (o en el tiempo), tengo que reconocer que era fea, oscura y fría. Estaba en un callejón, junto a unas escaleras, eso sí, muy cerca del centro de la ciudad. Mis padres acostumbraban a guardar más trastos de los necesarios. Por ello, más que una casa era un almacén, donde, si abrías un armario, encontrabas todo tipo de objetos absurdos.

Que azote las arañas,
las ratas campesinas
que invaden los rincones
donde murió la vida


Cuando yo cumplí trece años, nos visitó mi tía de Estados Unidos. Durante su visita, yo pasé a dormir en el sofá de la sala, cediendo mi dormitorio a mi tía. Como venganza, todas las noches, antes de acostarme, le cantaba el himno del Frente Sandinista, por yanki y por reaccionaria. Yo he sido rojo desde pequeñito. Una noche salté del sofá, asustado por los gritos espantosos de mi tía: Buscando otra almohada había abierto un armario, del que cayó rodando ¡una calavera humana! Mi padre había estudiado medicina, y conservaba en casa una calavera sobre la que había aprendido anatomía. Yo la utilizaba con toda naturalidad en mis juegos, pero creo que fue excesivo para mi pobre tía.

Cuando, tras la muerte de mi madre tuvimos que desmontar la casa, la calavera fue un problema. Es algo que no puedes tirar alegremente a la basura, pues tienes el riesgo de movilizar a los equipos forenses de la policía. No sé qué hizo mi hermano con ella, ni lo quiero saber.



Renovaré los suelos,
el techo y los tejados
y el muro que soporta
los cierzos más airados.

En mi ciudad, los festivales de verano se celebraban en una plaza, donde se improvisaba, con una carpa, un gran escenario. Un año, en un día de vendaval de viento sur, cómo no, el fuego devoró al tiempo una gran tienda de ropa y la carpa de tela del festival. Desde la ventana del salón asistimos, asustados, al espectáculo del fuego, mientras mi padre recogía papeles para una más que probable evacuación. Yo velaba por la jaula del canario.



Blanquearé el silencio,
el patio y la cadiera,
y el rincón, donde los niños,
crecimos hacia fuera.


Mi habitación daba al patio de luces, húmedo y frío. En las juntas de las tuberías bajantes crecían helechos. Algo fundamental debo a mi hermano: el respeto a los libros. Es prácticamente lo único que conservo de esa casa: libros.

Y cuando respirables
resulten las alcobas,
traeré a mis compañeros
para iniciar la obra
de levantar un árbol
delante de la puerta,
que dé cobijo al aire
y al hombre le dé sombra.


Como era una casa de alquiler antiguo, cuando murió mi madre tuvimos que desmontarla, y olvidar para siempre la casa donde viví mi infancia. No he vuelto a Santander. El sentido común me dice que debería enseñar a mis hijos la ciudad donde me crié.

Pero no puedo.


Regresaré a la casa
La casa de mi padre
Abriré las ventanas
Y que la limpie el aire.
(José Antonio Labordeta)

sábado, 12 de enero de 2008

El ladrillo


A sugerencia de Maripuchi, que tiene razón casi siempre, os traigo un post que publiqué ayer en mi blog...

"¡Mira, aquí hay una!" Se la enseñé en la distancia. Se acercó esquivando las zarzas y se la puse en la mano. La miró con extrañeza y una mezcla en su rostro de incomprensión y curiosidad. No sé si él comprendía mis sensaciones. No creo, la verdad. Pero él intuía que el momento era extraño, diferente, ¿histórico?

Es el mes de abril. 2005. Él tiene ocho años. Habíamos salido con dirección a mi tierra, por las vacaciones, un par de horas antes. Su madre está fuera de España esta semana. Y poco antes de llegar a la casa familiar salí de la autovía. Las autovías te acercan al destino y te alejan de la tierra. Fui a buscar, con él, la casa en la que viví desde que nací hasta que cumplí los ocho años. Los de él. Es como si en sus ocho años me viera a mí. Es como si quisiera volver. Pero ¿quiero volver? No. ¿Cómo voy a querer volver? Cuando tenía ocho o diez años lo que quería era ser mayor, para poder hacer cosas interesantes y menos deberes de matemáticas.

1973. Estoy en la cocina y veo por la ventana mi bici roja apoyada en la pared. Había terminado la merienda y mamá me dejaría bajar un rato. Enfrente de casa había un enorme depósito de agua. Las madres estaban de tertulia, con sus labores en la mano, en corro. Subía y bajaba por la acera, a la sombra de las acacias, en la plazuela. El sol estaba en su hora mágica. Poco más de las cinco de la tarde de un cálido mes de mayo. Me encontraba bien y ya controlaba la bici como un campeón. Como Ocaña. Creo que era un viernes...

Vuelvo a 2005. Miro alrededor y no parece el mismo lugar. Mi casa ha desaparecido. Estoy sobre ella. Han crecido hierbas, aunque se aprecia la acera y el lugar donde mi padre tenía aquel huerto; he encontrado una pequeña muestra del ladrillo de la fachada. Se la doy a mi hijo para que la guarde. El depósito sigue ahí enfrente. Pero me parece muy pequeño y destartalado. Los bloques de enfrente no son tan altos. No hay niños ni madres. Ahí están las acacias. No hace sol. No es mayo, es abril. El cielo está gris, amenaza lluvia. No hay madres con labores, no hay niños. Bueno. Seguro que no hay niños. Seguro que todos los vecinos son mayores. Unos visillos que se mueven me hacen pensar que el lugar sigue vivo. ¿Se imaginarán quién soy? Me traiciona mi búsqueda en las ruinas de mi vieja casa. Pero tenía ocho años y hoy tengo... ¿Me verán en mi hijo?

La fábrica parece más cercana, oxidada. Los campos de maíz, los frutales de la huerta del Sr. Pascual. Media vida fantaseando, pero nunca fuimos capaces de entrar a robar peras. Unos blandos. ¿Qué habrá sido de aquellos niños? Quizá esa mujer que veo tendiendo ropa era una niña de mi clase. ¿Por qué me emociono? Sí, ¡tengo a mis pies los anclajes de los columpios del patio de la escuela, que tampoco sigue en pie! Estamos a las afueras, pero parece que ahora los niños, si los hay, irán al centro. En cualquier caso, "el centro" está ahí. Se ve al final de los maizales. ¡Y parecía una expedición cuando íbamos en el 2 CV de papá!

Me giré y vi la vía del tren, a doscientos metros. Y recordé aquella aventura, con cuatro años, cuando decidí explorar el vecindario. Me acerqué a la vía y paseé a su vera hasta que, un ratillo después, veo el rostro desencajado de mi padre, que me levanta del suelo con sus manazas, sin fuerzas para gritar. Sus manazas tienen hoy setenta años...

Mi hijo se metió el pequeño trozo de ladrillo en el bolsillo del pantalón. "De recuerdo", dijo, "de tu casa". Aquí está, encima de la mesa. Lo que queda de mi casa. Tengo encima de la mesa lo que queda de mi infancia. Siempre tengo a mi infancia conmigo. Y hoy duerme en la habitación de al lado, con Las Memorias de Idhun en la mesilla. Mañana tenemos partido.

sábado, 5 de enero de 2008

Los Reyes Magos de Oriente

- “Sed buenos y comed mucho”- decían ellos.
- “No por Dios, que no coman más que nos arruinan”- terciaba mi madre.

Estas palabras, con ligeras variantes según el año, marcaban el inicio de nuestro particular rito de ansiedad e ilusión hasta el 6 de enero. Porque la ilusión se despertaba, como un reflejo condicionado, cuando íbamos de la mano de nuestra madre, los tres juntitos, a ver a los Reyes Magos.

El trono de SS.MM. de Oriente estaba situado en el puerta del edificio de Galerías Preciados, en el cruce de la calle del mismo nombre con Maestro Victoria, justo donde ahora tiene la FNAC su despacho de entradas a conciertos. Esperábamos más de media hora, literalmente envueltos en abrigo, bufanda, polainas, manoplas y verdugo o gorro, según la edad. Y ¡vive Dios que hacía frío en Madrid hace más de cuarenta años! No como ahora, aunque algunos huídos a provincias se quejen del frío mesetario. Todos llevábamos nuestra carta en la mano y la ilusión recién estrenada asomando a los ojos. Pero cuando llegábamos donde estaban los Reyes a mí, impepinablemente, se me planteaba un problema gordo.

Veréis, mi favorito era Gaspar y mi madre se empeñaba en colocarnos en la fila de Baltasar. Ya, ya sé que ahora no queda muy bien decir que mi rey era el rubio y que no me gustaba el negro pero... es que era verdad: ¡a mí el negro me daba un miedo tremebundo!... Tan negro, con ese negro untuoso que le daba el maquillaje, porque por aquel entonces los únicos negros de verdad que pisaban por Madrid estaban en las embajadas de los países africanos o en la base aérea de Torrejón. No acostumbraban pues a dejarse ver paseando tranquilamente por la calle para que los niños los contemplásemos y mucho menos a entrar en la nómina de unos grandes almacenes para hacer de Su Majestad, aunque el dueño fuera el mismísimo Pepín Fernández. Por esa razón, en la foto que veis más abajo, mientras mi hermana posaba como siempre divina de la muerte, Freia, es decir yo, no las tenía todas consigo bajo la enorme mano de aquel señor tan embetunado.




Una vez cumplido el trámite de entregar la carta, la espera se adormecía por la celebración de la Nochebuena y la Nochevieja, con el intermedio jocoso de los Inocentes.

Cuando realmente adquiríamos conciencia de que los Reyes estaban a la vuelta de la esquina era el día 1 de enero por la tarde, tras la comida familiar.

De repente, había que ser bueno por obligación porque te jugabas mucho. Y ¡qué difícil era ser bueno cuando tenías mil rabos de lagartija en el estómago! ¡Qué largos se hacían los deberes del cole, con las cuentas y las pequeñas redacciones sobre la Navidad y el buscar en la enciclopedia palabras con B, V y H! ¡Y encima mi madre nos ponía dictados! ¡Cómo si no tuviéramos bastante!

Los días se volvían interminables.

Mi hermana mayor tenía 4 años más que yo, así que nunca jugamos mucho juntas. En cambio, mi hermano pequeño y yo éramos uña y carne... y a veces sangre porque de vez en cuando nos cascábamos a modo. Los nervios nos traicionaban. Intentábamos no hacer enfadar a mi madre que de por sí no tenía mucho aguante, pero no era tarea fácil. Y cada día tenía su noche en la que dormir se volvía un esfuerzo titánico. No había forma.

Con todo, no había nada comparable a la tarde del día 5. Mis padres nunca nos llevaron a la Cabalgata de Reyes. A los dos les daban miedo las aglomeraciones y más con niños. Nos quedábamos por tanto todo el día en casa y nuestra actividad favorita era acercar al portal las figuras de los Reyes en el belén. Claro que el método no era muy ortodoxo y el galope tendido de los camellos por el desierto ponía de los nervios a mi madre. Nos acostábamos muy, pero que muy pronto para que los Reyes no nos pillasen despiertos y nos dejasen sin juguetes.

Como Sus Majestades dejaban los regalos en el cuarto de estar, no se podía abrir la cama-mueble de mi hermano, así que esa noche, como algo especial, yo dormía con mi hermana en su cama y la mía la ocupaba el peque. ¡Cuánto nos costaba dormirnos y encima angustiados por si nos pillaban!

A las 6 de la mañana, ya estábamos despiertos y preguntándole a la autoridad competente, en este caso la hermana mayor, si nos podíamos levantar. Ésta, que estaba al cabo de la calle de la historia y que además debía de ser la mismísima reencarnación de un lirón careto, refunfuñaba y repartía mandobles, de modo que aguantábamos como podíamos hasta que al oír ocho campanadas en el reloj, salíamos de la habitación escopeteados.

Y allí estaba el cancerbero de mi madre. Nunca nos parecía tan alta como aquella mañana en que nos impedía ver lo que había en el cuarto de estar, aunque fuera por una rendijilla. Implacable, nos mandaba a vestir. De nada valía que suplicáramos y rogáramos. No se entraba en la sala hasta que no estuviéramos bien abrigados. ¡Cuánta razón tenía! Nos evitó algún buen catarro. ¿He dicho ya que en Madrid hacía mucho más frío que ahora, que nevaba incluso con alguna frecuencia?

Creo que no podré olvidar mientras viva, la sensación de entrar al cuarto de estar y ver los regalos. ¡Cuántas esperanzas, alimentadas durante meses por el juguete deseado, se hacían realidad en aquel cuarto! ¡Cuánta alegría, qué gritos, qué ir y venir de un lado para otro, qué risas, cuántas sorpresas!

En mi familia, el auténtico productor ejecutivo de la película de Reyes ( y de lo que no era Reyes) era mi abuela, la única que tenía dinero. Ella se encargaba de los juguetes más caros, los que mis padres no podían comprar. Uno para cada nieto. Siempre recordaré el año en que me trajeron la Dulcita, aquella muñeca de Famosa, toda de “carne” y con pelo inyectado. O el tren de cuerda de mi hermano, un Payá precioso, que a las 4 horas ya estaba roto porque él había decidido que lo de montar las vías era engorroso y resultaba más divertido estrellarlo contra las esquinas del pasillo.

También había siempre lápices de colores, libros, cuadernos para pintar y aquellos fantásticos plumieres de madera o estuches de dos pisos, nuevos y relucientes, con su portaángulos y su compás.

Todavía tiritando por la emoción nos tomábamos el roscón con chocolate que mi padre había preparado y pasábamos a casa de la vecina, donde siempre había un libro de regalo para cada uno, desde que tengo memoria. Después nos íbamos a la calle a lucir nuestros juguetes nuevos.

La primera gran decepción que tuve en mi vida fue cuando mi madre, con diez años ya cumplidos por mi parte, me tuvo que contar la verdad dado que yo me negaba en redondo a creer lo que los compañeros me decían en el cole. Recuerdo perfectamente el día y la conversación. La magia se esfumó por completo y fue una sensación de ruptura, casi de dolor, de una profundísimo desencanto. La primera decepción seria de mi vida. La que me indicaba que tenía que seguir creciendo. Que la vida era un tren en marcha, como los de mi hermano, pero sin vías en círculo para poder regresar. Y que a veces también, como en el de mi hermano, ibas a irte estrellando contra las esquinas.

De todas formas, yo a los Reyes se la tengo guardada.

Desde los 6 a los 10 años, cada mes de diciembre, en mi carta, les pedía sistemáticamente dos cosas. La primera era convertirme en una niña delgada; la segunda, el maletín de maquillaje de la señorita Pepis. Nunca me trajeron ninguna de las dos.

La culpa, seguro seguro, que la tuvo el rey negro.

jueves, 3 de enero de 2008

Herta Frankel, un recuerdo en blanco y negro

Reconozco que me ponía de los nervios. Su voz impertinente, con aquél desastroso acento austro-húngaro que nunca fue capaz de corregir, me chirriaba en los oídos de una manera espantosa. Sus personajes, la perrita Marilín, Pepito, la ratita Violeta y la tía Cristina me producían urticaria. Me resultaba, en suma, una mujer repugnante y cursi, como me repugnaban también sus acompañantes: Gustavo Re y Frank Johan, seres de un ―para mí― primitivismo de riguroso cartón piedra y blanco y negro, cuyas supuestamente graciosísimas canciones infantiles me provocaban el vómito. Era el prototipo de aquellas tías casposas que con tanta gracia describía Richmal Crompton en sus maravillosas aventuras del que sí era mi héroe de verdad: Guillermo Brown, tan alejado de la insufrible cursilería de aquella mujer de eterna permanente ―valga la redundancia―, voz de pito y gestos de matrona de salón de baile del Oeste.

Acababa de nacer la televisión. Y se supone que un niño de aquella época debía de entusiasmarse casi con cualquier cosa que apareciera en aquella caja de madera y reluciente formica. Ni por esas. Su espacio, Días de fiesta, permanecerá siempre anclado a mi memoria como parte de mi infancia más oscura e infame, la que relaciono con el colegio de curas o con las misas de domingo.

A su lado, la irrupción, años más tarde, de Valentina, Locomotoro y el capitán Tan se me figuran hoy como revolucionarios marxistas-leninistas-pensamiento Mao Tse Tung (ahora Mao Zadong). Pero también hoy el recuerdo de Herta Frankel se me hace más entrañable y benévolo con ella. Cosas de la edad.


Una escueta biografía de esta inquietante ventrílocua nos dice que nació en Viena en 1923 y que comenzó su carrera artística como bailarina en el ballet infantil de la Ópera, prosiguiendo más tarde su andadura como actriz y cantante con desigual fortuna. Llegó a España en 1942 para ser primera figura de un musical. Fue integrante de la compañía Los vieneses, junto a los mencionados Franz Johan, Gustavo Re y el que sería finalmente su marido, Artur Kaps, quien también produciría sus programas televisivos. Y aunque estos comenzaron a emitirse desde Madrid, puede decirse que Herta Frankel estuvo siempre asentada en Barcelona, grabando incluso sus intervenciones en los ya desaparecidos Estudios Miramar. En 1949, se aseguraron las manos que movían aquellos temibles muñecos en el espectáculo Sueños de Viena, en un millón de pesetas. Recibió el premio Ondas en 1969. Falleció en 1996.

Hoy, Herta Frankel es, pese a todo lo anteriormente dicho, un conmovedor icono de aquellas tribu de pioneros de la televisión en España. Un recuerdo apolillado, pero final y contradictoriamente entrañable, de un tiempo y de un país en el que nadie escapaba vivo de la vulgaridad ni de la medianía. Quiero suponer, empero, que aquella mujer albergaba en su interior un mundo mucho más complejo que el que yo, apenas un criajo, podía apreciar entonces, y que de mayor nunca supe si confirmar o desmentir.

Ocurre, sin embargo, que los recuerdos nos dejan ciertos rastros inequívocos de un tiempo inconfundible, restos que a veces me pregunto si no sería mejor no sacarlos nunca del armario grande del altillo, allí donde descansan en perfecto desorden los trastos inútiles y añejos, y la ropa usada, descolorida y rancia.

martes, 1 de enero de 2008

Un año nuevo movidito

Corría el 31 de diciembre de 1971. Mis padres, más jóvenes que yo ahora, nos invitaron a Lola y a mí a ir al circo. Un circo italiano del que no recuerdo casi nada. Estaba instalado en el antiguo edificio del Palacio de Deportes de Goya. No soy, ni creo que nunca lo haya sido, amante del circo. He ido al circo de pequeño acompañado por mis padres (recuerdo muy bien el antiguo Circo Price, en ese entrañable lugar hoy se encuentra un horrible edificio de oficinas) pero siempre me ha producido desazón, el riesgo inútil o la lástima de ver animales-objeto o la pena de los payasos.

Llevábamos meses casados. Lola estaba embarazada esperando el bebé para finales de enero. Así que allí fuimos con mis padres, mi hermano y mi hermana con sus parejas y mi hijo mayor dentro de su madre. Recuerdo que nos dieron un cotillón al entrar. Completito, con uvas, un benjamín de champán (entonces también se llamaba así al cava) y los artilugios festivos propios.

Fue una noche agradable. Allí comimos las uvas y nos retiramos pronto a casa de mi suegra (nos habíamos instalado allí hasta que llegará el bebé). O sea que a las dos yo creo que ya estábamos en la cama.

A eso de las ocho de la mañana se levantó Lola diciendo que estaba a punto de caramelo, después de las objeciones propias, como que faltaban más de veinte días, que no tenía contracciones, que el vientre no lo tenía muy bajo, etc. etc., visto que insistía, nos fuimos al hospital (Maternidad de O’Donnell, que quien la haya conocido sabrá que no tiene nada que ver con el nuevo edificio que han hecho).

Ingresó cerca de las nueve. Yo, primerizo, haciendo caso de las indicaciones de los médicos o enfermeros de que aquello iba para largo, me volví con mi suegra y mi cuñada a su casa, eso sí, con un número de teléfono donde se podía llamar cada cierto tiempo para ver cómo iba la cosa.

Al llegar de vuelta a la casa la primera cosa que hice fue llamar. Y me encontré con que mi querido hijo Rafael ya había venido al mundo. Llamamos a mis padres y otra vez corriendo nos fuimos para la Maternidad. Allí pudimos ver que todo había ido bien y me enseñaron a un niño guapo y hermoso (tres quilos ochocientos), envuelto en una toalla del atleti que mi madre me había regalado a tal fin (y eso que ella y mi padre eran del Madrid; y es que una madre es una madre siempre).

Hoy este chiquito cumple treinta y seis años. Trece más de los que tenía yo entonces. Y tiene una hija de seis meses de la que me parece que ya os he hablado, mi nieta Maia, preciosa, que crece por días.

Sí, como pasa el tiempo, fue aquel año, 1972, en que Jaime Morey (hoy acusado de estafa, por el caso Gescartera) defendió, haciendo el ridículo, a España en Eurovisión. El año en que se estrenaron El Padrino, Sola en la oscuridad o Adivina quién viene esta noche y recibió el Oscar Luis Buñuel por El discreto encanto de la burguesía. Se celebraron las Olimpiadas de Munich, recordadas por las siete medallas de Mark Spitz y por el atentado contra la delegación judía. Paquito Fernández Ochoa ganó la medalla de oro en Sapporo, todavía no sabemos cómo. El año en que empezó a destaparse el caso “Watergate”. Se estrenó en la tele, La cabina de Mercero, interpretada por López Vázquez. Le dieron el Premio Nobel a Heinrich Böll. Murió en el exilio, en México, Max Aub. El cardenal Enrique y Tarancón fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal (cuánto se le echa de menos). Y Franco seguía viejo, pero vivito y puteando.

Y desde entonces a aquí, aunque parece que no lo suficiente, ha llovido bastante.

Salud y República