Al otro lado del Mediterráneo
Me pidió Monsieur Adanero un relato para publicar en su bitácora, la afamada "Le télèphone pleure", y como más de un lector cómplice me ha indicado que está escrita en plan Cebolleta, aquí la tienen repetida. Disculpen las molestias para los que la hayan leído, pero está pensada por los que no habían pasado por ese teléfono llorón propiedad de un ex-conde de toda la vida.
Corría el año 1965, el que suscribe tenía dieciséis años. Era julio, había preparado las vacaciones con cierta antelación. Estaba decidido. El año anterior, que me había bautizado volando, había estado en París, con mi prima Lina que trabajaba allí.
Este año había previsto ir a Atenas y a Roma. Eran dos destinos que había deseado y que gracias a trabajar en Alitalia --esa compañía que hoy está desapareciendo--, me lo podía permitir. Gracias a la compañía, que me proporcionaba los billetes prácticamente gratis, a la existencia de albergues juveniles donde, a precios baratísimos, se alquilaba una litera más o menos digna, y, como no, a mi santa madre que me metía en la maleta, un par de chorizos y varias latas de jamón York, de sardinas o de lo que pillara. Sí, un viaje al más puro landismo.
Era mi segundo viaje en avión y el primero que hacía solo. No me esperaba nadie y me tenía que organizar por mí mismo. Tenía preparado qué es lo que iba a hacer, pero en mi mente sólo había una obsesión.
El primer destino era Atenas. Allí llegué a primera hora de la tarde, sin complicaciones. Iba a cumplir lo que había soñado. Llegue al terminal de la ciudad y sin más dilación, dejé en consigna mi pobre maleta. Tenía algo más urgente que ir al Albergue Juvenil, ya lo haría después. Con mi bolso de mano y el dinero atado a la cintura (no crean que mucho, recuerdo que unas 3000 ptas., aunque era una fortuna para mí en esa época) corrí a la plaza Sintagma. Y desde allí, tomé un autobús hacia Glyfada. Me habían dicho que el viaje tardaría una media hora.
Fue la media hora más larga que recuerdo. Iba captando todo lo que veía, hasta que por fin pude verlo. Se divisaba a lo lejos. Baje corriendo del autobús y llegué allí a toda pastilla. Me quité como pude la ropa y me puse el traje de baño. Dejé todo en la arena y me fui corriendo al agua. Sí, era el mar. Hasta entonces sólo lo había visto en cine. ¡Qué maravilla!
Domenico Modugno - Ne blu di pinto di blu (Volare)
Salud y República.

7 comentarios:
Kalispera...
Cuando algo es bueno Rafa, se repite, se repite y lo estoy haciendo...Ahora escucharé a Modugno... Mi piace... tenerti qui e là...
Un baiser.
Gracias Rafael por publicarlo también aquí. El texto lo pedía a gritos.
Y gracias por el "apadrinamiento". Vamos a barrer, se lo digo yo.
Un abrazo bien fuerte
Bonita entrada. Si señor.
Ya hablaremos de mi 70 % en concepto de editor.
Un saludo.
"Era mi segundo viaje en avión y el primero que hacía sólo"
He aquí una prueba de que a veces aparentes lapsus calami, como ese acento despistado que convierte la soledad del viajero en el carácter único del viaje, embocan en la expresión de la realidad más viva.
Porque el primer viaje de ver el mar es siempre el primer viaje solamente, aunque sea el enésimo en avión.
Sr Outsider, bienvenido a este blog. Y gracias por la correción. Porque solamente se puede estar solo (sin acento). Era una falta de ortografía que acabo de corregir. Y es que este mundo no es perfecto y yo, desde luego, me equivoco a menudo. Menos mal que hay espíritus bondadosos que ayudan a sobrellevar la imperfección.
Salud y República
En aquellas épocas, sin internet, sin teléfono casi, sin autopistas, todo estaba tan lejos...Pero, por contra, los descubrimeintos, como el mar, eran sublimes. Todo hacía muchísima ilusión. viajar sólo, tan joven en aquella época era todo un lujo.
Saludos
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