jueves, 27 de diciembre de 2007

Música animada

Hubo un personaje que me acompañó a lo largo de la infancia, probablemente como a muchos de vosotros. Un ser malhumorado y violento, inteligente y malvado. Adulador, mentiroso, encantador, vivo. Cobarde y superviviente nato. Amante de la conspiración, divertido, buen gourmet y vividor en general, con un curioso sentido del humor además. Yo lo adoraba y lo adoro.

La música tenía un papel importante en todas sus aventuras pero eso lo descubrí mucho más tarde. A mí lo que me gustaba era su arrogancia, su manera de provocar al contrario, su facilidad para el camuflaje.

Me gustaba él.

Así pues, desengrasemos el cuerpo de polvorones, turrón y besugo y el alma, de cuñados petimetres, nostalgias tontorronas y consumismo atroz. Os propongo un paseo por la niñez y la música, armas ambas infalibles contra empachos y tristezas, de la mano de este singular héroe de pequeñuelos y adultos. Eso sí, las versiones son un tanto particulares.

Empecemos con Liszt:



Sigamos con Rossini:





Continuemos con Wagner:




y terminemos con la dirección de orquesta y los cantantes en general:





Por los niños que fuimos y que puede que aún sigamos siendo. Por la música que, sin que fuéramos conscientes de ello, nos acompañó.

Por Bugs Bunny.

domingo, 23 de diciembre de 2007

CuENto DE naVIdad

Al principio tendría sólo 7 u 8 años, más adelante incluso 11. Todavía recuerdo cómo tras abrir la puerta, y recibir los abrazos correspondientes, me asomaba con miedo y nervios al recibidor de la casa, inquieta por descubrir cuanto antes el maravilloso rastro que había dejado a sus espaldas la comitiva real. Era un día de Reyes cualquiera, de una infancia ya lejana, en casa de los abuelos.

Tras librarnos de abrigos, bufandas y demás perifollos infantiles contra el frío, íbamos y veníamos correteando por la casa sin descanso; mareando a los mayores con total impunidad. En fin, sintiéndonos por unas horas reyes absolutos; regalados y mimados hasta lo indecible. Por una vez, hasta se podía palpar cierta armonía familiar. Una felicidad y una dicha, éstas, que nunca lograban disiparse del todo, a lo mejor porque su misma existencia nos resultaba tan excepcional.

Una vez abiertos los regalos, como a la hora de la siesta, la casa quedaba sumida en un silencio mágico, momento que era aprovechado por la niña que yo era entonces. Sin levantar demasiadas sospechas, me escurría por el pasillo hasta desembocar en el recibidor, verdadero objeto de mis desvelos. La escena era siempre la misma y no, por ello, menos entrañable: un barreño enorme rebosante de agua presidía el vestíbulo. En su interior, unas pocas y mordisqueadas manzanas flotaban a la deriva. Así pues, no sólo Sus Majestades Reales se habían dignado a visitar a mis abuelos, dejándoles como era de recibo unos cuantos regalos; también los camellos habían querido, con muy buen criterio, refugiarse en su hogar, al calor de su compañía.

Cada año sin falta, la niña ingenua que seguía siendo le preguntaba a su abuela:
-¿Pero cómo es posible que hayan podido subir las escaleras, si apenas hay espacio para una sola persona?
-Utilizando el ascensor, me respondía ella sin pestañear.

Que cupiera sólo medio camello por el hueco del ascensor no parecía importar demasiado. Bastaba que ella lo afirmara para convertirse en una verdad inmutable.


******************¡Felices Navidades y próspero 2008!*********************

sábado, 8 de diciembre de 2007

Añoranzas del tren



Los veranos en Alicante eran largos.

Cuando era muy pequeña, íbamos cada año allí a pasar las vacaciones. Viajábamos los tres con mi madre. Mi padre nos dejaba en Atocha y mi abuela nos recogía en la estación central de Alicante, siempre el 25 de julio, siempre fiesta; ella era cigarrera en la Fábrica de Tabacos y los permisos no abundaban. Mi padre, en Madrid, cerraba la casa y se quedaba a vivir en el hotel Capitol, del que era segundo Jefe de Recepción, hasta que le llegase su mes de vacaciones.

Recuerdo perfectamente a mi madre preparando el equipaje el día 24. Dos enormes maletas de tela y cuero, con estructura de cartón, en color morado, una; a cuadros verdes, la otra. Parecíamos una troupe en Atocha porque, a las dos maletas, se añadían infinitos bolsos con la cena y el desayuno, las rebecas, por si a la noche refrescaba y mantas de viaje para taparnos.

Al llegar al compartimento de 2ª, mis padres organizaban perfectamente los bultos ¡Qué recuerdos de aquellos vagones en el tren correo! Completamente forrados en madera y tapicería acolchada para asientos, reposacabezas y colchonetas. Con el maletero de metal y el auxiliar, de redecilla, donde se ponían bolsas y prendas. Y aquellas fotos antiguas, enmarcadas en latón, de ciudades españolas para mí entonces desconocidas, lejanas y hasta exóticas.

Me gustaba especialmente mirar por la ventanilla a la espera del jefe de estación que, con su gorra y su farolillo rojo, daba la salida. Cuando él pasaba y arrancaba el tren, comenzaba la aventura.

Mi padre siempre reservaba, con varios meses de antelación, los cuatro asientos de la parte de la ventana. Así que después de cenar, mi madre bajaba las dos colchonetas al suelo, en la parte que nos correspondía. De este modo, mi hermano y yo dormíamos abajo, mientras mi madre y mi hermana lo hacían en los asientos. Al menos íbamos tumbados y lográbamos dormir.

Recuerdo también perfectamente que, entre sueños, oía la campana de las distintas estaciones cuando llegábamos o nos íbamos y la voz del jefe de estación que anunciaba nuestra llegada o salida: “Tren correo, procedente de Madrid, con destino a Alicante... va a efectuar su entrada por vía 1” o “... va a efectuar su salida”.

Pero sobre todo me acuerdo de aquellos personajes que, de pie en el andén, voceaban sus mercancías, tortas de Alcázar, en Alcázar de San Juan; navajas y cuchillos, en Albacete. Siempre me despertaba al llegar a esta última: me fascinaba aquel grupo de hombres y mujeres, con su mercancía en una bandeja colgada del cuello por una banda de cuero ancha. Y sobre la madera de aquella bandeja, un montón de relucientes cuchillos y navajas, con cachas de metal, madera y hasta nácar. Y las voces que se deshacían poco a poco en la noche: “Navajas de Albaceeeete...”

La mañana empezaba con uno de mis olores favoritos. Mi madre nos lavaba cuidadosamente la cara con un pañuelo humedecido en agua de colonia Añeja o Alvárez Gómez, cuando no costaba tan cara y se vendía a granel en las droguerías. Después, ya limpios y despiertos, desayunábamos unas fantásticas magdalenas con chocolate mientras veíamos pasar por la ventanilla, con relativa rapidez, un paisaje ya de almendros, olivos y encinas, con pueblos que se desperezaban lentamente. La fricción con el agua de colonia, el chocolate negro (sin duda poco apropiado para niños pero por el que mi madre se pirraba) y las ganas de llegar me daban una inusitada e inusual energía; a mí, que era una niña de natural tranquilo, quizá excesivamente tranquilo.



La llegada era igualmente numerera y ruidosa. Al placer de ver a la abuela, se unía el olor a mar. Alicante olía a iodo, a humedad de sal, a Mediterráneo. Bajada de bultos, maletas, besos, el mozo de estación y el taxi hasta llegar a la vieja casa de la abuela y los tíos en una bocacalle pequeñita que daba a la Rambla, en pleno barrio chino. Era un piso grande y destartalado donde viviríamos nuestro verano... Pero esa es otra historia que quizá cuente algún día.

El 1 de septiembre regresaba la magia. Ya desde por la mañana no había quien hiciera carrera de nosotros: nerviosos, excitados, contentos. A la nueve de la noche, más o menos porque Renfe no era nada escrupulosa con los horarios, mi padre era el primero en bajar del tren a un andén todavía vacío. Era impagable el momento en que me acercaba a besarlo. A pesar de las muchas horas de viaje, olía a agua y jabón, el mismo jabón de siempre; olía a él. Esta vez casi no había bultos y la ligereza del equipaje y de nuestra risa se mezclaban y confundían mientras dejábamos aquella estación a la que regresaríamos, exactamente 25 días después.

Pero entonces ya no había excitación, alegría, gritos; las mismas maletas y bolsas que a la ida, pero una sensación triste en el estómago. La abuela tenía mal carácter pero la queríamos mucho y los tíos eran lo más cariñoso y consentidor que había bajo la capa de la tierra. No era agradable despedirse de ellos. Aunque no teníamos mucha conciencia de la muerte, los veíamos mayores y temíamos que al año siguiente quizá ya no estuvieran. Eso, unido a la melancolía que casi siempre se da cuando el verano acaba, hacía el trayecto de vuelta muy distinto. Mi madre, mi hermana y los peques dormíamos de nuevo estirados: nosotros en el suelo; ellas, en los asientos. Sólo mi padre pasaba la noche sentado, como vigilando la tribu. Ya no oía las campanas, ni las voces de los jefes de estación, ni me despertaba casi nunca al llegar a Albacete, aunque las navajas y cuchillos siguieran ahí, relucientes sobre las bandejas de madera.

La llegada a Atocha era infinitamente más aburrida. Habíamos cambiado una temperatura aún cálida por el frío de Madrid de principios de otoño y las rebecas se volvían imprescindibles. Las magdalenas y el chocolate no sabían igual. Sólo el agua de colonia sobre el pañuelo humedecido seguía sin perder su encanto.

Atocha, la vieja y hermosa Atocha, hoy invernadero; con su fantástica estructura de acero y cristal. Y con aquel anuncio de Heno de Pravia que nos saludaba cada 26 de septiembre y nos señalaba junto al reloj, que volvía el colegio y el frío y la casa pequeña y que el verano pasaba a convertirse nuevamente en un deseo aún no cumplido, hasta un nuevo 24 de julio.

Desde allí, en un taxi grande de aquellos que llevaban transportín, atravesábamos el Retiro y saludábamos al Ángel Caído como si de un compañero de colegio se tratase. Y por el bullicio de la calle Alcalá íbamos dejando caer, como la miguitas del cuento, los secretos y recuerdos de aquel largo verano ya moribundo. Como las miguitas, los pájaros de la rutina otoñal se los iban comiendo según caían.

Hoy mi fascinación por los trenes permanece intacta. Desde el veloz, confortable y carísimo AVE que me acerca por un día a mis amigos de Zaragoza y Lérida, hasta el que va de Cercedilla a Cotos, sustituto de aquel otro con asientos de madera, soporte de mis 18 ó 20 años, de camino hacia la ruta Smith o la Peñota. Pero ya no es lo mismo.

Atocha siempre iba unida en mis recuerdos a emociones de viajes, aventuras de verano y regreso a lo cotidiano y querido. Hace ya casi cuatro años unos asesinos yihadistas fueron los autores materiales e intelectuales de la mayor masacre en la historia de este país. La justicia los ha condenado por ello y la Historia los juzgará también. Yo siento por ellos un doble odio: al más terrible del asesinato, se le une el más pequeño de haber arrancado de cuajo uno de los recuerdos más hermosos de mi niñez y yo ya no estoy para tiritas y mercromina en la memoria. Duele demasiado.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

Capbreton

La primera vez que fui podríamos decir que fue la primera vez que salí de casa, con once recién cumplidos, sin saber el idioma...
Todo era nuevo.
Hice pandilla, mi primera pandilla. Todos del barrio. Solíamos ir juntos a la playa en bici y reunirnos después de cenar en alguna plaza para estar juntos.

Volví cada verano durante los siguientes siete años.

Mi primer amor, mi primer beso... la primera vez que monté en coche con amigos... las verbenas...

Todas estas experiencias veraniegas, tienen, para mí, aroma de pino y sal, color ocre de duna y verde de bosque.

He vuelto infinidad de veces a pasear por su Estacade hasta el faro, a tomar un café en Le Marin. Incluso, una vez me atreví a volver a la casa ... pero estaba vacía...

Como decía la canción, c'est bon comme des vacances à Capbreton...

Una lástima que
Capbreton
pase a la memoria de todos con este apellido siniestro.

sábado, 1 de diciembre de 2007

TODA UNA VIDA EN UN MOMENTO...


Hace unas cuantas décadas me puse a estudiar una carrera que, pensé entonces, era lo que yo quería para mi vida. La publicidad entonces estaba naciendo en España. Era moderna, irreal, utópica... se podía convencer a cualquiera de cualquier cosa... ideal para quien tenía la cabeza en ebullición.


Tenía apenas 18 años cuando empecé a estudiar lo que entonces era una carrera media, con un increible futuro y amplias expectativas de creatividad.


Empecé en un centro privado. El ambiente era magnífico, mis compañeros variopintos, la mayoría niños de papá, ahora recordando me vienen a la mente escenas, recuerdos, caras y opiniones... sin terminar el primer año, me tuve que poner a trabajar, se necesitaba en casa y yo me apunté sin dudarlo, así como a los exámenes para la Escuela Oficial de Publicidad, en la calle Fuencarral, que era pública y así gastaría menos.


Aprobé el examen de entrada en dicha escuela y también encontré trabajo. Entonces era bastante sencillo, nada que ver con estos tiempos, de manera que mis estudios no costaban nada en casa y yo ganaba una pasta enorme para la época, 12.000 ptas. de hace 40 años... (podría ganar ahora el equivalente, carajo...).


En la Escuela Oficial cambié de amigos, de ambiente no demasiado, porque Publicidad era una carrera un tanto snob, pero yo estaba empeñada en ella por motivos familiares (mi cuñado era ejecutivo en una Agencia publicitaria) y seguí, cada vez menos entusiasta, porque los profesores, todos profesionales del medio, no tenían el más mínimo inconveniente en robar ideas a los alumnos tras los exámenes, en explotar la cratividad de jovencitos entusiastas para luego llevarlas ellos a sus Agencias como si fueran propias... y os puedo asegurar que las había muy buenas, incluso alguna mía que vi posteriormente en los medios... mecachis, que morro...
Tenía una gran amiga vasco-venezolana que no tenía empacho en hacer slóganes del tipo "Beba sin tino con brandy Martino..." ante la explosión de hilaridad de todo el aula, imaginándonos a la población en pleno coma etílico... ¿Qué habrá sido de ella?...


Entre lo que viví allí y el futuro que me esperaba, entre tiburones, me fui desinflando poco a poco y tenía claro que mi vida no iba a ir por esos derroteros... pero.... todo no fue malo. Conocí a gente de verdad estupenda. Tuve mis novietes, mis rolletes y amigos muy queridos que la vida fue apartando de mi camino, de manera natural o no tanto, pero algo inevitable...


Despues de casi cuarenta años, y por medio del blog, he encontrado a uno de esos amigos a los que nunca volví a ver... ¿qué tal?... la red da sorpresas, en este caso inmensas... y hay gente que busca y encuentra... y alguien acaba de encontrarme... uno de esos amigos del alma al que no volví a ver... y que me ha mandado una foto de la época, la que ilustra este post... "sic transit gloria mundi"... cuesta trabajo creer que alguien guarde una foto tuya durante toda la vida...
20 añitos y toda mi tierna juventud me ha pasado por delante. No me arrepiento de nada de lo que he vivido, de nada. Volvería a vivirlo de nuevo... y todavía me queda tanto...