Del Atleti, y a mucha honra
Y ahí me muevo bien. Quizá por eso soy del atleti. Sí, del Atlético de Madrid. Cosa incompresible que denota mi afán de llevar la contraria. Pues en mi casa todos eran del Madrid. Mi padre, por convicción, (aquí he de recurrir a lo de “nadie es perfecto”), mi madre por alinearse con él, mi hermano mayor y mi hermana menor, sin pasión, también heredaron esa condición. Todos menos yo. Sí, lo confieso yo fui, he sido y soy la oveja roji-blanca de la familia.

Bueno ahora han cambiado las cosas. Mi hijo mayor sigue mi tradición, quizá porque la primera toalla con la que le recogieron nada más nacer tenía el escudo atlético. Quizá porque fue un año socio conmigo. Luego le tuve que sacar. Era pequeño, siete años, y hacía que me salieran los colores con sus alabanzas al árbitro. Entonces entendí que eso no podía seguir. Llegó a crear fans a su alrededor que le vitoreaban, cuando llamaba al arbitro: arbitrucho; o al defensa contrario: animal. Hasta ahí llegamos. Ahora lo más que hace es ponerse la bufanda del atleti para ver los partidos por la tele. Sí, lo siento, me equivoqué pero juro que rectifiqué a tiempo y la cosa se ha corregido. Se le ha quedado sólo algo innato a los seguidores colchoneros: Su antimadridismo, aversión exagerada al otro equipo de Madrid.
Pero vuelvo a mi tierna infancia. Mi casa, donde yo vivía, en el centro de Madrid, era una corrala en un cuarto piso. Creo que ya lo he contado en alguna otra entrada. Lo que hacía un contacto continuo con los vecinos, por lo que la relación amor-odio era obligada entre todos nosotros. Yo me llevaba bien con los hijos de una vecina llamada Regina. Su hijo mayor Pedrito tenía un año más que yo, su hija menor Rosi, tenía un año menos. El padre de mis amigos, el esposo de “la Regina” –que era como la conocíamos— era socio y forofo del Atleti. Lo que transmitió a su hijo Pedrito. Iban los domingos al Metropolitano y yo me quedaba bobo escuchando las hazañas –seguro que exageradas— de ese club, de Carlson, de Ben-Barek, de Rubio… Hasta que empecé a ir con ellos. Mi padre, que entendió perfectamente que no me podía convertir al madridismo, se hizo socio del Atleti conmigo. Y allí íbamos los domingos al Metropolitano donde disfrutaba como un enano si ganaba o me cabreaba como un alcaraz cualquiera si perdía.
Fue sin duda, la presión de mi madre y mi hermano (no la de mi padre que entendió que no se podía hacer eso conmigo), de los compañeros de clase, de algunos amigos, que no paraban de meterse conmigo lo que me hizo más fuerte y sentir que en algo tenía que llevar la contrario. Había encontrado mi rebelión a bordo. Eso hizo que no sólo me mantuviera hasta hoy y siempre en mis trece: ser atlético; también que entendiera lo que es tener siempre a alguien del Madrid recordándote que son los mejores, con inri y recochineo. Lo que no dicen es cómo lo han conseguido. Eso, me ha hecho hoy ser tan antimadridista como atlético.
Alineación que ganó la recopa de 1962:
Madinabeytia; Rivilla, Griffa, Calleja;
Ramiro, Glaria; Jones, Adelardo, Mendoza, Peiró y Collar.
¡Hay quien dé más!
Salud y República
