domingo, 25 de noviembre de 2007

Del Atleti, y a mucha honra

Me adapto bien. Qué le voy a hacer. Además estoy contento. No siempre puede uno presumir de estar con los perdedores. Sin ser para presumir, a mí me ha tocado estar con los, si no perdedores, minoritarios.

Y ahí me muevo bien. Quizá por eso soy del atleti. Sí, del Atlético de Madrid. Cosa incompresible que denota mi afán de llevar la contraria. Pues en mi casa todos eran del Madrid. Mi padre, por convicción, (aquí he de recurrir a lo de “nadie es perfecto”), mi madre por alinearse con él, mi hermano mayor y mi hermana menor, sin pasión, también heredaron esa condición. Todos menos yo. Sí, lo confieso yo fui, he sido y soy la oveja roji-blanca de la familia.

Bueno ahora han cambiado las cosas. Mi hijo mayor sigue mi tradición, quizá porque la primera toalla con la que le recogieron nada más nacer tenía el escudo atlético. Quizá porque fue un año socio conmigo. Luego le tuve que sacar. Era pequeño, siete años, y hacía que me salieran los colores con sus alabanzas al árbitro. Entonces entendí que eso no podía seguir. Llegó a crear fans a su alrededor que le vitoreaban, cuando llamaba al arbitro: arbitrucho; o al defensa contrario: animal. Hasta ahí llegamos. Ahora lo más que hace es ponerse la bufanda del atleti para ver los partidos por la tele. Sí, lo siento, me equivoqué pero juro que rectifiqué a tiempo y la cosa se ha corregido. Se le ha quedado sólo algo innato a los seguidores colchoneros: Su antimadridismo, aversión exagerada al otro equipo de Madrid.

Pero vuelvo a mi tierna infancia. Mi casa, donde yo vivía, en el centro de Madrid, era una corrala en un cuarto piso. Creo que ya lo he contado en alguna otra entrada. Lo que hacía un contacto continuo con los vecinos, por lo que la relación amor-odio era obligada entre todos nosotros. Yo me llevaba bien con los hijos de una vecina llamada Regina. Su hijo mayor Pedrito tenía un año más que yo, su hija menor Rosi, tenía un año menos. El padre de mis amigos, el esposo de “la Regina” –que era como la conocíamos— era socio y forofo del Atleti. Lo que transmitió a su hijo Pedrito. Iban los domingos al Metropolitano y yo me quedaba bobo escuchando las hazañas –seguro que exageradas— de ese club, de Carlson, de Ben-Barek, de Rubio… Hasta que empecé a ir con ellos. Mi padre, que entendió perfectamente que no me podía convertir al madridismo, se hizo socio del Atleti conmigo. Y allí íbamos los domingos al Metropolitano donde disfrutaba como un enano si ganaba o me cabreaba como un alcaraz cualquiera si perdía.

Fue sin duda, la presión de mi madre y mi hermano (no la de mi padre que entendió que no se podía hacer eso conmigo), de los compañeros de clase, de algunos amigos, que no paraban de meterse conmigo lo que me hizo más fuerte y sentir que en algo tenía que llevar la contrario. Había encontrado mi rebelión a bordo. Eso hizo que no sólo me mantuviera hasta hoy y siempre en mis trece: ser atlético; también que entendiera lo que es tener siempre a alguien del Madrid recordándote que son los mejores, con inri y recochineo. Lo que no dicen es cómo lo han conseguido. Eso, me ha hecho hoy ser tan antimadridista como atlético.

Alineación que ganó la recopa de 1962:
Madinabeytia; Rivilla, Griffa, Calleja;
Ramiro, Glaria; Jones, Adelardo, Mendoza, Peiró y Collar.
¡Hay quien dé más!



Salud y República

jueves, 8 de noviembre de 2007

La impunidad de Melchor

Melchor era ciego. Vendía el cupón, pero el cupón de antes. Cuando valía un duro. Era un sorteo, el de la ONCE, provincial, con premios paupérrimos, que a los vendedores sólo les permitía sobrevivir, en las puertas de los mercados.

Melchor bebía mucho. A veces, en el año 70, gritaba en la calle: “Franco, Cabrón”. Esto, en una pequeña ciudad de provincia era un auténtico escándalo. Pero la policía no hacía nada. Si gritaba demasiado, o durante demasiado tiempo, le retiraban una temporada en los calabozos de la Policía Municipal, en la trasera del Ayuntamiento.

Cuando llegó el cambio político, Melchor siguió gritando. En el primer mitin de Santiago Carrillo en mi ciudad, le insultó, por haber aceptado la bandera bicolor, y la monarquía. Nadie se lo reprochó.

¿Por qué todo el mundo le permitía todo a Melchor? La policía franquista le permitía insultar a Franco. El servicio de orden, a Carrillo.

El 26 de agosto de 1938, las tropas de Franco entraron en mi ciudad. Un grupo de requetés navarros, en la ebriedad de la victoria, prendieron a Melchor y le quemaron los ojos.

El Gol de Marcelino

El gol de Marcelino fue la primera gesta histórica de la que tengo recuerdos, no había nacido cuando Telmo Zarraonaindía, Zarra, doblegó a la pérfida Albión en el mundial de 1950, y era excesivamente pequeño cuando Federico Martín Bahamontes, el aguila de Toledo, ganó el Tour de Francia y dió la vuelta de honor al parque de los Príncipes el 18 de julio, hay que joderse con las casualidades, de 1959.
Tenía la selección española un equipo más que presentable, que giraba en torno de un fínisimo interior izquierdo gallego, Luis Suárez, que había emigrado desde el Barcelona al fútbol italiano, en concreto al Inter de Milán, bestia negra de los madridistas, pues el año anterior nos había barrido en la final de la copa de Europa con un equipo que recuerdo como si fuera hoy: Sarti; Burnich, Guarneri, Facchetti; Tagnin, Picchi; Jair, Mazzola, Milani, Suárez y Corso, en frente los blancos habíamos puesto un equipo algo veterano con Vicente; Isidro, Santamaría, Pachin; Muller, Zoco; Amancio, Félix Ruiz, Di Stéfano, Puskas y Gento, y pasó lo que pasó, la crisis fue tal que acabó con la carrera del gran don Alfredo Di Stéfano, en el Madrid, pero esto no tiene ningún interés, solo es el triste recuerdo del primer gran disgusto que me llevé en mi vida como madridista. Estábamos en otra historia y sigamos con ella. Decía que tenía la selección española un equipo más que decente, aunque los entendidos dicen que era más potente la de 1960, en la que jugaban, ahí es nada, con una delantera compuesta por Tejada, Kubala, Di Stéfano, Suárez y Gento, pero les tocó jugar con la URSS, y el régimen no consideró oportuno visitar, como Tintin, el pais de los Soviets, y fueron precisamente los soviéticos los que se proclamaron campeones de Europa; en 1964, en cambio no hubo problemas para enfrentarse a los soviéticos, que tenian en Lev Yashin, la araña negra su máxima figura. Mi padre hizo un gran esfuerzo económico para que fueramos a Chamartín a verlo en directo. Hubo muchísimas entradas y pases gratis, para personas afectas al Movimiento Nacional, y mi padre, a duras penas había conseguido que le catalogaran como indiferente, gracias a los buenos oficios de un vecino, bellísima persona de la que siempre guardaré un extraordinario recuerdo, que había ejercido el cargo de jefe de casa. Así pués nosotros fuimos de pago, a la entrada más barata, diez pesetas, en el tercer anfiteatro, y mi padre me tuvo en hombros sobre su cuello todo el partido. El equipo de España era, lo he mirado en Google porque de éste no me acordaba completo , Iribar; Rivilla, Olivella, Calleja; Zoco, Fusté; Amancio, Pereda, Marcelino, Suárez y Lapetra. Cuando marcó Marcelino el que a la postre sería el gol de la victoria todo el mundo se alegró mucho, menos mi padre, que se había pasado todo el partido mirando los mástiles de las banderas que había en las torres que conducían al tercer anfiteatro y en cada una de las torres lucía una preciosa bandera roja con la hoz y el martillo, que era lo que realmente quería ver mi padre. Y su felicidad no fue completa, porque hacía ya bastante tiempo que la Internacional había dejado de ser el himno oficial de la URSS. Por aquellos tiempos me llevó mi padre, que ni entendía de baloncesto ni le gustaba, a ver también la final del Madrid contra el Ts.S.K.A., aproximadamente por la misma razón. El día del gol de Marcelino, fue el primero en que vi ondear la bandera roja con la hoz, el martillo y la estrella de cinco puntas, recordándolo ahora, todavía me emociono.