miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿Cómo viví el 23-F?

Estaba en la Facultad, mi entrada en la Universidad había sido tardía, cuando empecé contaba con veintisiete años. Después de trabajar iba a estudiar Sociología a la Complutense.

Me encontraba en cuarto curso, eran las seis de la tarde y alguien entró en el aula: “Acaban de dar un golpe de Estado” “La guardia civil ha entrado en el Congreso”. Hubo unos instantes de silencio, nos miramos todos. ¡Increíble! La situación era tensa pero nadie pensó que se pudiera llegar a eso. Acojonados, sin que nadie lo propusiera, los alumnos y el profesor nos fuimos marchando de la clase.

A la salida me encontré con un follón tremendo, comentarios y barullo entre decenas de alumnos que en voz alta trataban de contar lo que sabían, que no era mucho. Uno tenía un transistor e iba narrando en alto lo que la radio transmitía. Entre la gente pude ver a
mi amigo Oscar que estudiaba otra especialidad. Nos miramos y no sabíamos qué decir, sin embargo fuimos conscientes rápidamente de la gravedad del caso.

Normalmente iba desde el trabajo en la Plaza de España a la Facultad de Sociología y Ciencias Políticas en transporte público. Y lo mismo, al terminar, desde la Facultad a casa, entonces vivía cerca de la Dehesa de la Villa, en Valdezarza.

Ese día, como en otras ocasiones, Margarita, una compañera que conducía cerrando los ojos, nos llevó hasta la Plaza de Cristo Rey, allí me bajaba yo, ellos, Oscar y Margarita, continuaban hasta Moratalaz, donde vivían. Me acercaba a la parada del autobús 44 que me dejaba en la puerta de casa, cuando un grupo de unos diez o doce jóvenes que iban gritando y dando vivas al ejército, se me acercó y uno de ellos, entre risas dijo: “Mira a ese le va a durar poco la barba”. Como si no hubiera oído nada, llegué a la marquesina y, más con indignación que con miedo, que también, me quedé esperando el autobús.

Sin más incidentes llegue a casa. Lola estaba esperándome preocupada, todavía se sabía poco. Yo hice unas cuantas llamadas a amigos comprometidos y sindicalistas sin obtener apenas información. Esa noche prácticamente no dormí. Ya más tarde se supo que habían cogido a los diputados más importantes y les habían sacado del salón de plenos. Parecía que los golpistas estaban esperando órdenes. Todos, al menos con los que yo hablé en esos momentos, y después, esperábamos un mensaje del Rey. La verdad es que se hizo esperar.

Hablé con Lola, teníamos ya tres hijos, y le dije que si triunfaba el golpe nos marchábamos de España, “¿Dónde iremos?” A Italia, le contesté. Era el único país donde tenía amigos y buenos contactos. Habíamos tomado una decisión si ganaban los golpistas. Mientras tanto, con todos los nervios y preocupación que uno puede imaginar, me quedé escuchando la radio y la televisión.

Ya eran cerca de las dos, cuando el Rey se manifestó a favor de los valores democráticos y en contra del golpe. Había tardado pero, por fin, parecía la cosa clara. Esa noche no pude dormir apenas, pero aunque con cierta preocupación, pues todavía estaban retenidos los parlamentarios, la sensación de fracaso del golpe era cada vez más evidente.

No tuvimos que marcharnos, lo hubiéramos hecho sin duda. Al viernes siguiente, pude asistir al colofón del golpe de Estado, una manifestación donde el pueblo de Madrid (a pesar de haber estado en muchas manifestaciones, aquella, quizá con la de Miguel Ángel Blanco, fue sin duda la más numerosa) salió a la calle dispuesto a que ese episodio, que pudo cambiar nuestra historia, nunca volviera a producirse.
Miedo, mucho miedo, pero sobre todo indignación por uno de los episodios más deleznables y vergonzantes que me ha tocado vivir. Eso es lo que sentí.

Salud y República

martes, 25 de septiembre de 2007

Viaje al fondo del mar




"Tataaantan, tatantatataaaán..." Aquella sintonía tenía la virtud de hacernos dejar lo que tuviéramos entre manos e ir al cuarto de estar a ver la tele. Si no recuerdo mal la echaban los domingos por la tarde, a eso de las 6; en casa, nadie perdonaba un episodio.

"Viaje al fondo del mar..." decía una voz en off con un inconfundible acento portorriqueño, "...con Ríchar Beísfor en el papel del almirante Nelson y Deividihedison como el capitán Lí" . Aquel era el pistoletazo de salida para una nueva aventura en el Sibiu, porque entonces era el Sibiu.

Es posible que a los menores de 45 años haya que ponerlos en antecedentes. Se trataba de una serie estadounidense que echaban los domingos por la tarde en TVE; yo creo que ni siquiera existía aún el UHF (por supuesto, lo de la 2 vino mucho después). Nació a partir de la película del mismo nombre rodada un par de años antes, fruto también de su productor Irwin Allen. Contaba las aventuras de un grupo de militares norteamericanos a bordo de un submarino prototipo, superespectacular y con los mayores adelantos técnicos que, además, tenía una forma de cuchara muy característica y no exenta de cierta gracia. Hablamos del Seaview.

En aquella serie pasaba de todo: asesinatos inverosímiles en camarotes cerrados por dentro, luchas terribles y desesperadas con pulpos y calamares gigantes, ataques de malvados y feísimos enemigos con un sospechoso acento ruso, virus de origen y naturaleza desconocidos que atacaban a los miembros de la tripulación e incluso, en ocasiones, misteriosos rastros y vestigios de entes inteligentes superiores y no pertenecientes a este mundo (ni al submarino, ni al de arriba). Aunque casi toda estaba rodada en color nosotros la veíamos, por supuesto, en blanco y negro lo que añadía misterio al asunto. Ciencia-ficción en estado puro, tan puro que se saltaban a la torera las más elementales reglas de la física y la química. ¡qué más podíamos querer!

Era una época en que TVE no podía costear series propias y acudía a las, por otra parte y en su mayoría, excelentes de EE.UU. Entre 1965 y 197... nos enganchamos al televisor con las aventuras y desventuras de los protagonistas de Patrulla 54 (una loquísima pareja de patrulleros de Nueva York protagonizada por el que luego sería inolvidable padre de los Monster), Los Thunderbirds (serie de marionetas en la que un padre y sus cuatro hijos, todos guapísimos y americanísimos eran modernos vigilantes del espacio con sus pájaros de acero supersónicos y superdetodo) , El Superagente 86 (parodia de James Bond absolutamente inolvidable), 77, Sunset Strip (la primera serie de detectives privados) , Bonanza (¿quién no la recuerda?), Los nuevos ricos (una familia de granjeros de la América profunda, con el apá y la amá al frente, hallaba petróleo en su terruño y, enriquecidos de repente, se marchaban a vivir a Beverly Hills), Embrujada (no necesita comentarios) , El fugitivo (fantástico David Janssen como el Dr. Kimble), El Virginiano (añorado western que echaban los sábados a las 3 y media, antes de la Sesión de Tarde), Perdidos en el espacio, Startrek y tantas y tantas otras. Algunas se convirtieron en series de culto; otras volverían a emitirse veinte años después con la llegada de las televisiones privadas o saldrían en formato DVD, pero unas cuantas cayeron definitivamente en el olvido.

Vista con ojos de hoy la serie de marras se las traía. Fue producida, rodada y distribuida en plena guerra fría, tras la crisis de los misiles. El supermoderno Seaview era un submarino nuclear, abuelo de todos los Tireless que hoy circulan por el mundo o que han servido de vergonzosa, desolada y desoladora tumba para más de un centenar de seres humanos. Uno de sus tripulantes se llamaba Kowalsky, apellido sospechosamente originario del otro lado del telón de acero y convenientemente ganado para "los buenos". Por si eso fuera poco y como contraposición al capitán Nemo de Verne que había conseguido sobrevivir en el agua, crear una ciudad submarina y ser respetuoso con el medio marino, éstos tenían de ecologistas lo que yo de sargento de caballería. Pegaban unos pepinazos con los torpedos de agárrate y no te menees, se cargaban la flora y fauna en unos cuantos kilómetros a la redonda, por no hablar de los pulpos y calamares muertos a cuchillada limpia y, lo que es peor, dejaban una estela de desechos de uranio enriquecido allá por donde pasaban que no volvía a crecer un alga (claro, acabo de caer; ¡de ahí salían los calamares gigantes!).

Pero por aquel entonces yo no tenía 50 años sino 10 ó 12 y me fascinaba oir aquella sintonía con cierto aire de suspense y el ruido del sonar haciendo de bajo continuo. Gracias a esa serie (y a Tintín) descubrí lo que era un batiscafo y una cámara de descompresión. Aquel submarino me permitiía escapar a un mundo que me gustaba más que el que me había tocado en suerte porque en aquel había misterio, aventura y capitanes guapísimos y en éste me prohibían cantar en Semana Santa, y me obligaban a llevar pololos para hacer gimnasia y a rezar el rosario todos los sábados por la mañana.



sábado, 22 de septiembre de 2007

En la Plaza de Castilla. Segunda parte.

No estoy seguro de que este sea el sitio apropiado para estos recuerdos, pero lo prometido es deuda.


Recapitulo: Después de mil argucias para no hacer la mili, objeté. Semanas antes de librarme, me asignaron destino. Deserté por aburrimiento, y los curas me denunciaron. La fiscal pidió cuatro años y un día de prisión.


El desenlace es lo menos heroico que podéis imaginar.


Mi abogado llegó a un acuerdo, una sentencia en conformidad con la fiscal.


Yo me declaraba culpable, con lo que la fiscal cumplía objetivos frente a su jefe.


La fiscal reducía su petición a cuatro meses, con lo que yo no entraba en la trena.


El juez sentenciaba en conformidad, por lo que no habría recursos que pudieran corregir su sentencia.


Yo no pagaba cárcel, porque, si no tienes antecedentes, por debajo de dos años de condena no entras.


Mi abogado se iba contento, porque yo no penaba, y además le pagué encantado de la vida por sus servicios.


Casi nos vamos los cuatro la fiscal, el juez, mi abogado y yo, del brazo a tomar cañas. Todos contentos.


Cualquier parecido entre la administración de justicia y la Justicia es pura coincidencia.


Gracchus Babeuf se merece un historial más heroico, escapando de la Bastilla. Pero la realidad es más pedestre.

martes, 11 de septiembre de 2007

El plato por sombrero

Maripuchi ha escrito en su blog una entrada en la que vuelca su desánimo por la incesante tozudez de su hijo en lo tocante a no comer lo que le ponen delante. Inmediatamente me ha traído a la memoria lo que me pasó de pequeño con ese mismo tema y, con permiso de nuestra buena amiga, me permito contarlo aquí como un post, en lugar de como un comentario en su bitácora.

Es el caso que yo de pequeño (hasta los nueve o diez años, más o menos) fui un pésimo comedor. No sólo comía muy poca cantidad, sino que la variedad de los alimentos que aceptaba era muy reducida. Tengo entendido que las comidas eran uno de esos malos momentos del día que mi madre debía afrontar y en los que seguramente se desesperaba hasta el punto de írsele de vez en cuando la mano al culo.

Mi padre sufría menos las vicisitudes alimentarias porque solía trabajar hasta muy tarde, volviendo frecuentemente a las ocho o las nueve de la noche (no, no era ningíun golfo, el pobre: realmente estaba haciendo horas). No obstante, se implicaba bastante en el asunto y cuando llegaba a tiempo de cenar conmigo, asumía muchas veces la tarea.

Recuerdo una noche de invierno en que mi padre volvió a casa cuando yo estaba cenando. Mi madre había puesto un guiso marca de la casa, al que llamábamos "arroz de niño" (sin que conozca yo el motivo de tal nombre), consistente en arroz con patatas sazonado con una pizca de pimentón y una cabeza de ajo sofrita. Normalmente, el guiso era de mi gusto y se trataba de una de las pocas cosas que comía habitualmente con presteza, pero aquella noche no debía estar yo muy fino, porque creo recordar que antes de llegar mi padre ya habíamos tenido fiestecita mi madre y yo.

Cuando llegó don Camilo, se quitó la gabardina y entró en la cocina (donde hacíamos toda la vida cuando no era verano), sentándose a la mesa. Mi madre debió de advertirle que o asumía él la lucha o "me estampaba la cabeza", dicho muy de la época (no se asusten, no eran, ni mucho menos, maltratadores). Mi padre se sentó junto a mí, tomó su plato de arroz y se puso a comerlo mientras procuraba convencerme de lo conveniente que sería que yo demostrase cordura, comiendo sin rechistar el arroz.

Nulos resultados tuvieron sus esfuerzos. Debió lidiar conmigo un cierto rato pero al final, harto de noes y más noes, le subió a la cabeza el hartazgo y el cansancio de toda una jornada doble de trabajo y la frustración de un razonamiento no atendido. Agarró el plato que yo tenía delante de mí y con movimiento rápido como centella, lo plantó boca abajo, sin romperlo, en lo alto de mi cabeza.

De la descripción somera de la receta habrán deducido ustedes la textura viscosa de la comida. Esa masa un poco plastosa de arroz y patata comenzó a resbalar lentamente cabeza abajo, inundando cejas, nariz y orejas en una suerte de performance adelantada a su tiempo. Antoñito, tremendamente serio y consciente en grado sumo de la herida infligida a su orgullo, sólo tuvo arrestos para decir, con voz doliente y muy bajito: "¡ya vale, ¿no?! Mi madre puso, evidentemente, el grito en el cielo, pero mi padre tuvo que levantarse de la silla aparentando que le movía a ello la ira, cuando en realidad huía de su puesto para poder reirse a gusto en el pasillo, lejos de la mirada de su unigénito.

Desde entonces, qué quieren que les diga, me prometí convertir en tradición familiar lo que ya denomino "puesta del plato". Mi hijo es actualmente, a sus cinco años, fiel y digno heredero de su padre en lo que al cuánto y al cómo comer se refiere (justo castigo). Conoce ya la anécdota del plato en la cabeza e identifica la posibilidad de que se materialce, antes o después, en su persona, caso de mostrarse contumaz en su resistencia a la alimentación. Y, sin embargo, persiste en esa actitud. Creo que podré pasarle la bola antes o después.

Sufrirá su orgullo, pero es que a veces es eso lo que más necesitan.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Maravillosa soledad

Cada año por vacaciones, la huida de Barcelona y, con ella, el cambio de aires se desvelaba como una pequenna conquista de libertad. Llena de expectativas y, sobre todo, ansiosa por ampliar mi experiencia de la vida y del mundo, me encantaba dejar atrás la terrible rutina para ponerme en manos de la pereza y del ensimismamiento que me eran concedidas de golpe por el dios Sol.

Aunque tengo dos hermanas, lo que me pirraba de jovencita era, más que nada, poder descubrir el mundo por mí misma, fuera de las relaciones familiares, quiero decir. Al verme liberada yo también del corsé que supone la jornada escolar, con sus pautas tan restringidas, el verano se mostraba como un abanico inmenso de posibilidades infinitas de pasar el tiempo, y aunque desde luego jugué mucho con ellas, también tuve ocasión de averiguar qué era eso de estar sola, contar con todo el tiempo del mundo para ser descubierto a mi manera.

Así, recuerdo especialmente haber explorado, en compannía o en soledad, el jardín que rodeaba la casa de veraneo de nuestra infancia. En contraste con el largo encierro dentro del piso, aquella actividad que realizábamos sin falta cada comienzo de verano constituye la primera experiencia de libertad que yo recuerdo haber saboreado de forma consciente. Las hojas secas esparcidas por el suelo tras un otonno e invierno interminables eran sólo una pequenna muestra de los cambios infinitos que había sufrido el jardín durante nuestra ausencia. De igual modo, descubrir los nuevos bichos que lo habitaban suponía un contacto real con la vida que yo necesitaba experimentar a toda costa.

El jardín tenía un gran peral que había plantado alguien el primer verano de la casa, cuando ni siquiera existíamos nosotras. Era el árbol más grande de todos. El día que conocí su particular historia supe que, en adelante, ya no podría observarlo como algo ajeno a mi existencia. Si bien yo formaba parte de ese jardín desde el primer verano que había decidido recorrerlo, haciendo un recuento fiel de su flora y su fauna; aquel árbol pasó a formar parte de mi biografía el día en que supe que existía mucho antes que yo, que iba a poder ofrecerme el cobijo de su sombra.

martes, 4 de septiembre de 2007

Cuatro años y un día.


Cuando estudiaba en la universidad, pedí prórrogas al Servicio Militar. Y más prórrogas, y prórrogas de gracia. Y cuando ya no pude pedir más, me hice objetor de conciencia.

Me considero objetor de conciencia al servicio personal armado. Parece increíble que tal derecho se colara en la Constitución del 78. Sin embargo, no objeté tanto por militancia política como por derecho la propia vida: Yo no podía dedicarme a defender a España de mil enemigos que venían a violar a nuestras hermanas y a borrar los discos duros de nuestros ordenadores. Tenía un alquiler que pagar todos los meses. Desde muy joven intenté ganarme la vida por mi mismo, sin recurrir al apoyo económico de mi padre. No siempre lo conseguí, o mejor, no lo conseguí tan pronto como deseaba. A mediados de los ochenta, buscar un empleo era como buscar un cofre lleno de esmeraldas.


Cuando me adjudicaron un destino para el Servicio Social Sustitutorio (¿alguien entiende algo de lo que escribo, o sois demasiado jóvenes?), alegué mil enfermedades, desde escoliosis a tabique nasal desviado. Otra cosa es la que realmente tenía desviada.

Finalmente, un uno de noviembre, tres semanas antes del cumpleaños que me eximiría del servicio, me ‘llamaron a filas’.

Y, atemorizado, me presenté en una entidad religiosa que colaboraba con el Ministerio de Justicia empleando objetores.

Allí me asignaron un ‘destino’ de no hacer nada (nada quiere decir nada) en una oscura institución de la que hablaré algún día. De tres a nueve.

Fui quince días. No volví más, y me dediqué a mi trabajo.

Meses después, llegó un telegrama. Los curas habían denunciado mi deserción. El proceso duró años, pero cuando me presenté en los juzgados de la Plaza de Castilla, la hideputa de la fiscal me pidió CUATRO AÑOS Y UN DÍA de prisión.

No soy un héroe. Tampoco me oriné en los pantalones. Pero miedo pasé un rato.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Vuelta al cole

Siempre que llega finales de agosto, El Corte Inglés nos empieza a martirizar con sus anuncios de la vuelta al cole. Cada vez que los ponen me vuelve a entrar la angustia que sentía cuando los veía de pequeña. Significaban un cruel recordatorio de que la vuelta a las aulas estaba cercana. Para mí eran como una puñalada trapera: todavía faltaban más de tres semanas para que empezasen las clases y ya estaban los muy cabritos recordándote que lo bueno llegaba a su fin. Uff, cómo odiaba esos anuncios.

También significaba que había que comenzar la tortura de las compras de libros, zapatos, chándal... Yo temía las aglomeraciones, por eso aborrecía esas tardes de sábado en el centro de Madrid, abarrotado de gente, dando vueltas buscando el libro de inglés que no tenían en ninguna parte o probándome tres tallas de uniforme para ver cuál me quedaba un poquito grande pero no demasiado, porque tenía que durarme al menos un par de años.

Por supuesto, la vuelta al cole también tenía sus ventajas. Me encantaba estrenar libros, cuadernos, lápices y bolis. Claro, que esa ilusión duraba poco y la realidad seguía ahí: nuevo curso, nuevos profesores, nuevos deberes, nuevos exámenes...

Todavía sigo odiando los anuncios de la vuelta al cole, porque ahora también significan la vuelta al trabajo. Y odio al listo de El Corte Inglés que inventó los corticoles...