viernes, 31 de agosto de 2007

AQUELLOS VIAJES EN TREN...


El recuerdo viene a mi memoria porque hoy me voy, en tren claro, a Vitoria a ver a mis nietos (y a sus papis)...
Cuando era niña y hasta que me casé y me fui a vivir a Oviedo, cada vez que llegaban las vacaciones escolares me marchaba a Asturias en tren.
Eran unos viajes increibles, en unos trenes en los que la "carbonilla" formaba parte fundamental del viaje. Solíamos llegar bastante tiznados a destino.
Recuerdo especialmente dos. Mi familia y yo viajábamos en un departamento sentados toda la noche. El recuerdo de la incomodidad, la incesante búsqueda de la postura para poder dormir un poco... y a mi pequeña persona colocada en el compartimento de las maletas, para que pudiera dormir acostada... y sin caerme, oiga...
Y otro, con la familia al completo, es decir, incorporando la jaula de los periquitos que entonces teníamos... Como no se podía viajar con animales, la jaula iba debidamente oculta. Cuando escuchábamos que venía el revisor, sacábamos la jaula por la ventanilla, sujeta por una cuerdita... el revisor no se enteraba, los que sí lo hacían eran los pobres pajarinos que entraban, tras la pasada del funcionario, con todas las plumas de punta y los ojillos desorbitados... para luego morir, ni bien llegados al pueblo, en las garras del gato de la casa... enfín.
Luego llegaron los tiempos de las literas, aquella especie de celda carcelaria, con 6 camas agobiantes... todos suspirando porque te tocara la superior... una de cada 10 veces... nadie tenía ganas de acostarse y se permanecía en el pasillo, haciendo relaciones sociales y... fumando un cigarrito, que entonces se podía...
A mi me encantaba viajar en tren (y me sigue gustando mucho), el pasillo se llenaba de gente que charlaba, se flirteaba cuando había ocasión, que siempre la había, por otra parte, se comían bocadillos y pasaba la bota de vino... se comían mantecadas de Astorga que te ofrecían a gritos los vendedores desde el andén cuando el tren paraba en Leon, a las 4 de la mañana, mientras los adultos blasfemaban por los gritos que les despertaban de ese duermevela incómodo... se bajaba corriendo a comprar agua en las cantinas de las estaciones...
Indudablemente es más cómodo viajar en los trenes actuales, ni te cuento si vas en AVE, pero ese encanto de la carbonilla, del chacachá que te terminaba adormeciendo... atravesar Castilla era parecido al viaje de Miguel Strogoff por Siberia...

Los malos de la clase

Un comentario de don Javier en la entrada anterior me ha hecho rememorar una anécdota colegial que creo divertida. Antes de contársela, les pondré un poco en situación.

El colegio al que tanto don Javier como yo fuimos era un colegio privado, lo cual en aquella época no necesariamente quería decir que fuera mejor que uno público (tampoco ahora, creo). En realidad estaba compuesto no por un edificio, sino por la suma de cuatro adyacentes que los dueños del emporio, los hermanos Helena (de apellido), habían ido comprando a sus dueños poco a poco. Se trataba de unas hoy inconcebibles casas bajas a trescientos metros de la Glorieta de Embajadores y a poca más distancia de Atocha, a las que no se había hecho reforma alguna, sino que se habían utilizado tal cual estaban cuando se compraron.

Las instalaciones "deportivas" consistían en zonas de patio interior que estas casas tenían, a las que se había dotado de un mobiliario de desecho: espaldera, plinton y demás. En un pequeñísimo patio al aire libre de no más de veinte metros cuadrados dotado de una vistosa parra que ocupaba una de sus paredes largas, se habían colocado dos canastas de baloncesto (sin red) para que no se dijera que no se dotaba al colegio de lo último.

En ese colegio nos dábamos cita unos chavales cuyas familias no eran de las más pobres de los barrios circundantes, ni mucho menos, pero tampoco eran ricas ni nada que se pudiera aproximar. Digamos una clase media de la que entonces podía encontrarse, es decir media-baja tirando a lo último. La época de la que estoy hablando es muy a finales de los años sesenta.

La clase de religión era, claro está, obligatoria, pero la verdad es que ya entonces era considerada una "María" en los colegios no religiosos. Quien daba todas las clases de religión en esta época y colegio era un cura, don Emiliano Chozas, epítome de las virtudes ancestrales del clero de andar por casa: zafio, muy ignorante, autoritario sin autoridad, propenso al tirón de patillas y al reglazo en las puntas de los dedos. En los primeros años que le tuvimos como profesor nos amedrentaba con sus voces y palmetadas. Después, naturalmente, se convirtió, como dice don Javier en el mencionado comentario, en objeto de algunas de las más crueles burlas que fueron llevadas a cabo por los chicos.

Un sobrino de este cura, un tal Baños, que acudía a sus clases, era un ser tremendamente apocado, grandote, quizás algo retrasado que se decía entonces, con pinta de mimado hasta la náusea y unos absurdos ricitos poblándole la cabeza. El pobre oscilaba entre la más abyecta sumisión a su tío, con denuncias incluidas de los comportamientos reprensibles de los compañeros, y el ansia por encontrar a alguien que le hiciera un poquito de caso sin que ello significara darle cogotazos.

No hubo para él peor momento que el que le hicieron pasar una tarde en que debía estar ya próximo el fin de curso, porque recuerdo que hacía calor y todas las ventanas estaban abiertas. Los tres bancos situados al final del aula eran muy viejos, comprados seguramente en alguna especie de almoneda banqueril. Muy largos, con sus huecos para los tinteros (¡todavía con tinteros!), a ellos sólo se podía acceder saltando por encima, ya que no dejaban pasillo. La ubicación, pues, era perfecta para que se sentaran allí los más revoltosos.

En concreto, el señor Cora Ramos (quizás el tormento más ígneo con que se topó el cura Chozas) se dedicaba, acompañado de sus acólitos, Carbajo y Mínguez, a experimentar nuevas sensaciones corporales en plena clase. El sobrino del cura estaba sentado dos bancos por delante de nuestro Trío Calavera particular, y obviamente escandalizado y rojo de vergüenza viendo lo que hacían. En un momento determinado, los susodichos le lanzaron un pañuelo con una sustancia blancuzca y algo pegajosa en su interior e, inmediatamente, comenzaron a reirse escandalosamente. El cura miró hacia allí, como estaba previsto, y se acercó todo lo indignado que pudo. Cuando les preguntó qué pasaba, los tres le dijeron que Baños tenía una cosa muy rara en su pañuelo que les había hecho mucha gracia.

Sorprendido y bastante ingenuo el cura, se dirigió a su sobrino y le preguntó:

- ¿Qué tienes ahí, hijo?

Baños coloreó más aún su ya atomatada cara e intentó ocultar ostensiblemente el pañuelo, lo que sólo sirvió para llamar la atención del cura, que le obligó a dárselo. Cuando lo abrió se quedó un rato con cara de perplejidad mirándolo hasta que comprendió qué era aquello que había dentro. Fue él entonces quien se puso colorado y, con mirada asesina, se dirigió farfullando hacia los tres malvados. Como no podía, empero, acusarles de haber sido ellos los autores del delito, tuvo que tragarse los improperios (casi se pudo ver cómo le bajaban por el gaznate formando unos horribles bultos). La pagó con el pobre sobrino, a quien tildó de tonto e ignorante por dejarse gastar cualquier broma y se retiró hacia la pizarra, con toda la dignidad que pudo, que no era mucha.

¿Cruel? Seguramente, pero yo creo que la mayor crueldad fue educar a aquel chico de la forma en que le habian educado y luego mandarle a un sitio en que la gente no era como él. No, definitivamente no lo era.

lunes, 27 de agosto de 2007

La peseta de chufas.

La Cruza era una vieja pescadera del mercado de Puerto Chico. Cuando se hizo mayor, se quedó con un puestecito de chucherías a la entrada de la plaza. Por cierto, pasados los años, la fachada del mercado cruzó la calle, pero eso es otra historia. Esta Cruza, siempre vestida de negro, con faldas y faldas sobre enaguas y enaguas, era muy aseada, hasta el extremo de que mataba el tiempo repeinándose el moño con el peine humedecido en el agua donde mantenía las chufas a remojo.

Se cuenta de ella que, en sus tiempo mozos, se peleó con otra mujer de Puerto Chico, y de un gran tirón de pelo, la dejó vencida en el suelo y patas arriba. Entonces exclamó: “¡Hayvalaostia!, ¡si llevas bragas, como las señorucas!”

Cuando salíamos del cole, nos poníamos de acuerdo diez o doce compañeros, e íbamos a tomarle el pelo, con crueldad infantil:

-“Cruza, deme una pesetas de chufas.”
- “Que no, niño, que una peseta es muy poco, y no me sale a cuenta".
-“Bueno, Cruza, pues nada, adiós”.

Y pasaba el siguiente:
-“Cruza, hola, deme una peseta de chufas”.
-”Mira niño, que no te doy una pesetas de chufas, que es muy poco, y con el cucurucho y toda la ostia no me sale bien. Vete a paseo, joder”

Y otro:
_”Cruza, deme una peseta de chufas, porfa.”
-“Mira niño, no me toques los cojones, que me tenéis hasta la polla, cabrones.”

Y otro:
-“Cruza, ¿me da una peseta de chufas?”
- ……

Y aquí empezaba la retahíla de insultos y blasfemias más brutal de la historia de las pescaderas de Santander, mientras todos salíamos corriendo calle abajo, huyendo de un cazo que enarbolaba como una fusta. La de cosas que uno aprendía a la salida del colegio.

El primer mar

Mis padres se casaron ya bastante mayores, allá por el año 1952. Ella tenía treinta y cinco y él, veintinueve. Mi padre había empezado ya a olvidar una juventud muy complicada -sobre la que un día volveré, porque es una espina que quiero contar por él antes de que se me vaya- y mi madre, a pesar de ser una guapísima moza de un metro setenta y cinco -¡en aquellos tiempos!- había encajado los golpes de la guerra y a su edad bien podemos pensar que estaría pensando en eso que entonces se decía "quedar para vestir santos".

Difícilmente se pueden imaginar dos caracteres más dispares. Sole, risueña y cantarina, generosa y muy gastona; Camilo, serio como un palo (aunque el humor lo llevase por dentro, no lo sacó del todo hasta que no tuvo a su hijo). Mi madre podía entablar conversación con cualquier otra señora en la cola de la tienda, o en el metro, o mirando un escaparate -para desesperación de su hijo, este humilde servidor-, mientras que mi padre parecía arrastrar una adolescencia no cumplida aún que le hacía casi enrojecer cuando tenía que saludar a un desconocido.

El empleo en un banco que mi padre había conseguido ya por entonces les permitió hacer un viaje de bodas como está mandado, ni más ni menos que a Málaga. Un billete de tren de tercera clase en el expreso, una tartera con la cena, y a ver el mar por primera vez. Llegaron de mañana a Málaga, supongo que con los huesos molidos, y se apearon en la estación. Se dirigieron a la pensión, dejaron las maletas y, como era de esperar, Sole le dijo a Camilo:

- Hala, vamos a ver el mar.

Pero no contaba la recién casada con la extrema timidez de su marido. Se subieron a un tranvía que les indicó la señora de la pensión y comenzaron a dejar pasar paradas y más paradas. El mar no aparecía por ningún lado y Sole insinuó lo obvio:

- Vamos a preguntar a alguien...

Ni hablar. ¡Preguntarle a alguien, qué vergüenza! Mi padre no quería ni oír hablar de la cuestión si tenía que ser él quien lo hiciera. Y mi madre pensó que no iba a hacerlo ella, que iba a ser como ningunear a su marido. Pues nada, a seguir dando vueltas. A eso de la una y media, hartos ya, volvieron a la pensión para comer y echarse la siesta. Cuando se despertaron estaba anocheciendo, y ya no era hora.

Mi madre lo decía muchos años después, mirando aún de refilón al señor Camilo:

-¡Si sería soso el tío éste, con las ganas que teníamos los dos de ver el mar y tuvimos que esperar al día siguiente por no querer preguntar a nadie!

Y yo siempre me los imagino a los dos en el tranvía, mirando de reojo a cada bocacalle, a ver si veían esa tira azul que les habian dicho que era el mar. A los treinta años. ¡Cómo cambian las cosas y en qué poco tiempo!

domingo, 26 de agosto de 2007

Los guateques de los sesenta

Los guateques, de los que ya ha hablado Blanca, eran, durante los sesenta, una manifestación muy común en nuestra adolescencia. No hablaré de la música de esa época, para la que haré entradas específicas. Mi intención es contar como vivía yo, y creo que la gente de aquella época, un acontecimiento tan importante como eran los guateques.

Existían los bailes, sin embargo eran para mayores de dieciocho años y además tenían su peligroso (lo de las bandas no es nuevo, recordemos que West-Side-Story y su influencia viene de finales de los cincuenta), por lo tanto la única posibilidad de juntarse para bailar (quizá no era lo más importante) y estar con chicas de forma “un poco íntima” eran los guateques.

Se organizaban los domingos por la tarde y solía ser en casa de alguien de la pandilla. Íbamos turnándonos los que podíamos disponer de una casa (a veces se quedaba la madre del interfecto, actuando de carabina). A menudo, no era posible (muchas viviendas no reunían las condiciones, eran pequeñas o estaban en sitios donde no se podía hacer ruido) y entonces alquilábamos algún local, garaje o almacén, que pagábamos entre todos los chicos (las chicas siempre iban de gorra, entonces estaba mal visto que pagaran algo las mujeres), también pagábamos a escote las bebidas y algo de aperitivo que se compraba.

Era un momento que se esperaba con impaciencia, después del trabajo de la semana, el cine del sábado por la tarde, la partida de billar del domingo por la mañana, venía lo más importante: el guateque. Significaba mucho para nosotros. Allí teníamos la ocasión de ver a las chicas, charlar con ellas (aunque solían hablar más entre ellas), bailar y enamorarnos. Recuerdo a los compañeros y compañeras de guateque con cariño: Pepe, Santi, Manolo, con los que todavía mantengo relación. Con otros como Ángel, Carlos o Bienve he perdido el contacto. De las chicas recuerdo a Conchi, Tere, Mari Paz, Juli, Maite y de la última época a Lola, con la que convivo desde hace cuarenta años.

¡Qué momentos de emoción! Estar esperando dos cosas, una, el último disco que alguien llevaba y otra, la más importante, el baile con la chica que te gustaba. Un simple roce, una caricia medio escondida, un beso en la mejilla (en la boca vendrían después), agarrarle la mano. ¿Éramos idiotas? No lo sé, pero eran únicos esos instantes de placer, donde el sexo jugaba un papel secundario. De aquellos guateques vino mi primer amor, del que guardo un gratísimo recuerdo, Mari Paz. Un día bailando, me dio un beso en la mejilla, creí que me desmayaba, ahí empezó un romance tan puro e irreal que difícilmente se le puede llamar tal.

A la salida de los guateques, durante una temporada corta, la estuve acompañando a su casa. Tomábamos el autobús con las manos agarradas y cuando bajábamos en su parada, le soltaba para que nadie conocido nos pudiera ver en una situación “comprometida”. Aquel juego adolescente un día terminó como suele ocurrir con los amores platónicos. Al poco terminaron los guateques, todos habíamos encontrado pareja.

Salud y República

martes, 21 de agosto de 2007

La Semana Santa

Ahora que es tiempo vacacional, para quien haya cogido vacaciones naturalmente, me ha venido a la memoria otra época del año, que hoy es también de ocio y esparcimiento pero que otrora no fue así, la Semana Santa de mi infancia y adolescencia, es decir la Semana Santa de los años 60 y primeros 70, antes que de que el boom desarrollista comenzara a convertir la Semana Santa en lo que es hoy, una oportunidad para pasar unos días de descanso, o de ajetreo según se mire, bien en la playa, el campo o haciendo un turismo más, digamos, cultural.
Lo primero que recuerdo de ella, y es en lo único que se parece a la de hoy, es que significaba vacaciones escolares, de domingo de Ramos a domingo de Resurrección, lo cual, ya de por sí era extraordinariamente atractivo puesto que significaba, si la climatología lo permitía, y casi siempre lo permitía, pasar muchas horas en la calle en un Madrid que permitía jugar en la calle sin más peligro que el que uno voluntariamente buscase. En mi caso, y en el de mis amigos, eran interminables partidos de fútbol en la glorieta Luca de Tena, que solían terminar con escandalosos resultados, debidos en gran parte a que , como nadie se quería poner de portero, se habilitaba la figura del portero-delantero, que tenía como consecuencia que la portería estaba casi siempre vacia. Era pués, época de vacaciones y como tal los chavales la disfrutabamos a fondo. Pero si bien había vacaciones escolares, no ocurría lo mismo con el resto de actividades, y el clásico puente jueves-viernes-sábado-domingo, en algunos lugares, o viernes-sábado-domingo-lunes, en otros, no existía, y en Madrid, recuerdo perfectamente a mi padre y a mi hermano ir a trabajar el jueves santo por la mañana (en los calendarios venía la mitad en rojo y la mitad en negro) y por supuesto el sábado, mañana y tarde, porque todavía no se había implantado lo que luego se llamó semana inglesa, era una época en la que el sábado era laborable a todos los efectos, incluso el escolar y recuerdo perfectamente ir al colegio los sábados por la mañana. En el primer colegio, en el que hice la primaria hasta el examen de ingreso en el Instituto San Isidro, llamado Colegio Academia Coello, dedicábamos toda la mañana del sábado a rezar interminables rosarios con misterios dolorosos, gozosos, estruendosos y asquerosos, dependiendo del estado de ánimo del cura de la Iglesia de las Angustias, que era quien venía a torturar nuestras infantiles almas. En el segundo, y último colegio, dónde estudié el bachillerato, el Colegio San Saturio, los sábados eran unos días lectivos más ,con la particularidad de que, al no haber clase por la tarde, en lugar de a la una salíamos a las dos, cuando comencé el bachillerato superior, 1971, los sábados comenzaron a ser festivos. Pero no era de mis colegios de lo que quería escribir, ya lo haré en otro momento, sino de la Semana Santa, en la que, en mi familia, el único que, realmente tenía vacaciones era yo.
Como he dejado escrito anteriormente, ut supra diría cualquier leguleyo del tres al cuarto, era un periodo esencialmente de juego y diversión, de calle, y juegos en la calle con amigos, no sólo fútbol, sino también cánicas, recate, pídola, rusia,... y tantos que se han ido citando en este blog, y sobre todo dos que por tener rigurosamente prohibidos eran extraordinariamente atractivos. Uno, saltar la tapia a un solar, repleto de gatos, que hay que suponer que tendrían todas las enfermedades posibles conocidas, que había entre las calles Palos de Moguer, hoy Palos de la Frontera, y mi calle, la calle de Canarias, daba este solar también a la calle Batalla del Salado, por un lado, y al cuartel de Sanidad del Paseo de las Delicias por otro. En los años 70 en ese solar se levantó la Estación Sur de Autobuses, que posteriormente se trasladó a su actual emplazamiento en la calle de Méndez Álvaro. Si muy, pero que muy, prohibida teníamos esa actividad de asaltar el solar de enfrente de mi casa, donde podíamos coger cualquier enfermedad infecto-contagiosa a la mínima herida que nos hicieramos y también donde aprendimos que lo de las siete vidas de un gato, no es más que una leyenda, la segunda estaba directamente castigada con la máxima pena que podía imponerse en aquel momento: no dejarnos salir a la calle. Consistía esta actividad en cruzar la frontera urbana que suponía el Paseo de las Delicias, para algunos de nosotros, no era mi caso, esto ya suponía una primera infracción. Si no encontrabamos chavales de la colonia ferroviaria anexa a la estación de Delicias, y con los que teníamos una relación, como poco, conflictiva y que solía terminar, bien en pelea cuerpo a cuerpo, bien en una drea (intercambio de proyectiles con ánimo de descalabrar), pués bien, si no había encuentros indeseados, entrábamos por un hueco en la valla que había en la calle Ramírez de Prado, justo al lado de Standard, a las vías del ferrocarril que unían las estaciones de Atocha y Delicias entre ellas y también, a través de un túnel por debajo del bulevar de la calle Ferrocarril, con la de Peñuelas, sólo para mercancias y donde había una aduana. Cruzar ese túnel, entrar por el paseo de las Delicias y salir por Peñuelas era una de nuestras máximas hazañas, y hacerlo en solitario era el colmo del riesgo, había un momento en que dejaba de verse la entrada y todavía no comenzaba a verse la salida, se producía la máxima angustia, y si había circulación ferroviaria, algo bastante frecuente, la cosa se complicaba porque aunque el túnel tenía anchura sobrada no dejaba de producir una sobreexcitación el paso de un convoy, con un ruido ensordecedor mil veces ampliado por las paredes del tunel, y el delirio se producía si la locomotora, todavía existían, era de vapor, un vapor de agua que quemaba y sobre todo una carbonilla que manchaba y que era una prueba condenatoria evidente del delito cometido. Recordándolo ahora, casi 40 años después, aún se me acelera el pulso. Cuando vi la película las historias del Kronen, en la que unos chavales, porque sí, se colgaban de un puente sobre el Paseo de la Castellana, no me impresionó en absoluto, sentí que no era algo nuevo, eso sí nosotros lo hacíamos sin estímulos externos, el alcohol, prácticamente la única droga existente entonces a nuestro alcance, no había irrumpido dramáticamente en mi vida como haría no mucho después.
Esas eran nuestras actividades en los periodos vacacionales, Verano, Navidad y Semana Santa, con sus peculiaridades estacionales. Pero, ¿qué tenía de especial la Semana Santa? ¿porqué la recuerdo más que al Verano o las Navidades? Simplemente por la atmósfera, era una atmósfera especial cargada de tinieblas, tristeza y opresión. Hasta los días más claros, en aquellos en los que el cielo madrileño aparece como velazqueño, en una definición que a mí me parece un poco cursi, tenía un aire como de nublado, como si el lúgrube color morado, que en las iglesias, cubría imágenes y monumentos, hubiera conseguido teñir el aire que nos rodeaba, incluso hasta el parque del Retiro, a dónde nos desplazabamos, cuando alguno de nosotros tenía algo de dinero, para alquilar una bicicleta, una para todos, que íbamos usando por riguroso turno de sorteo, independientemente de quien, o quienes, hubiera aportado el efectivo, ese parque permanentemente verde, con olor característico a fresco, adquiría, en Semana Santa, un desagradable tufo a cirio y sufrimiento, a penitencia por unos pecados que nosotros, desde luego, no habíamos cometido. Y esa sensación penetraba hasta nuestras propias casas, incluso en hogares, como en el mío, donde la práctica religiosa era nula, se bajaba el tono de voz, quizás porque nuestra vía de conexión con el exterior, la radio, también bajaba el tono, interrumpía abruptamente su programación para emitir música sacra, oraciones y sermones. Se acababan para mi madre las mañanas con Juan de Toro y José Luis Pecker y las tardes con el cuadro de actores de Radio Madrid: Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez, Eduardo de la Cueva, etc..., y para mí se interrumpían Matilde, Perico y Periquín, El Coyote o Dos hombres buenos , incluso los programas deportivos de Quilates o Gilera, daban paso a una soporífera programación. Escuchar hoy música sacra, que me gusta y emociona, y retrotaerme a aquellos tiempos es todo uno. ¿Y los que tenían televisión? La minoría que tenía televisión, en mi casa la televisión llegó para el Mundial de México 1970, una Werner de 19 pulgadas que duró hasta la llegada del color, que en mi casa fué para el Mundial España'82, más de lo mismo pero televisado, con lavatorios de pies, oficios y procesiones a todo trapo. En los espectáculos públicos, las salas de fiesta, no existían aún las discotecas, cerraban sus puertas pero eso no nos influía demasiado puesto que nuestra edad, y nuestro poder adquisitivo, nos las hacían inaccesibles. Tampoco nos afectaba en demasía el cierre de los teatros que aprovechaban el Sábado Santo, entonces llamado de gloria, para programar sus estrenos. En cambio, si tenía mucha influencia el cambio de programación en los cines que pasaban a proyectar películas de contenido religioso, o simplemente de romanos, Quo Vadis, La túnica sagrada, Barrabás ( La película que empieza donde las demás terminan), etc..., eran títulos que se repetían año tras año, y que, todo hay que decirlo, nos gustaban, quizás previendo nuestra futura afición por el cine gore.
A grandes rasgos esta era la Semana Santa que recuerdo, unos días tristes y plomizos que sólo nuestra desbordante imaginación, nuestros imparables deseos de divertirnos, convertían en unas verdaderas vacaciones. Creo que aquellas Semanas Santas crearon más agnósticos y ateos que las lecturas de Marx, Engels, Lenin y todos los padres del materialismo histórico y dialéctico. Me dan hasta ganas de pedir la ensañanza obligatoria de la religión en las escuelas.

martes, 14 de agosto de 2007

Y sigue sin estar.


El ‘babi’ era espantoso, blanco con rayitas azules. Y llevaba una cartera de asa, no recuerdo qué había dentro. No estaba preocupado, porque mi hermano me acompañaba en mi primer día de colegio. Desde meses antes yo había temido ese momento, pero aparentemente lo afrontaba con entereza, y un punto de curiosidad. Mi hermano, con seis años más que yo, era una garantía. A una ventana altísima se asomó una mujer infinitamente vieja, que agitaba con furia una campana. Todos los niños de aquél patio atiborrado desaparecieron, camino de sus clases.

Cuando volví a mirar, mi hermano ya no estaba.

lunes, 13 de agosto de 2007

MI PRIMER IDOLO...


Siendo yo apenas una cría de 12 ó 14 años nos sorprendió un día mi padre con un regalo inesperado: un pick-up, o picú, como se llamaba en román paladino y una pequeña colección de discos. Había de todo: Juan de Arienzo y sus tangos, Mimo y los Jumps... integrado entre otros por un jovencísimo Junior, uno de cha-cha-chás, con una despampanante Brigitte Bardot en su carátula, otro de boleros, no recuerdo el cantante... y este de Adamo que hoy ilustra mis recuerdos... y que se convirtió inmediatamente por éste y por todos los que vinieron despues, en uno de mis favoritos.
Reconozco que siempre fui una "afrancesada", como diría mi amigo Gracchus, razón entre otras por las que iré al infierno, y al haber estudiado el idioma en el cole desde que empecé a ir, tenía predilección por los cantantes gabachos, siendo Adamo mi desvelo, conociéndome al dedillo sus canciones, tocándolas a la guitarra, instrumento que toqué durante muchos años en reuniones y en mis primeros pinitos en la música, en los conciertos de la época, auténtico nido de cantautores y rojillos...
No podría decir cual canción de D. Salvatore (nombre de mafioso que no le iba nada, porque era muy buena persona) me gustaba más, cual me acompañó en mis primeros escarceos amorosos, identificándome plenamente con esas letras que a mi me parecían tan sugerentes a la hora de enamorarme.
He seguido a este cantante a través de los años, venía a Oviedo siempre por San Mateo (hasta que tuvo un problema con la Comisión de Fiestas, que se quedaba el 80% del precio de la contratación y se descubrió... nunca más volvió porque este hombre dio todo tipo de explicaciones y quedó al descubierto aquel inicio de "comisiones" que más tarde pondrían en práctica los concejales de urbanismo de miles de ayuntamientos... por cierto, Gabino "di Lorenzo" sigue siendo alcalde) y allí estaba yo en primera fila, extasiada escuchando a mi ídolo de juventud...
Hoy, si tuviera que quedarme con alguna de sus canciones, cosa que me resulta bastante difícil, elegiría "Es mi vida... C'est ma vie"... resumen algo edulcorado, eso sí, de la vida de todos.

viernes, 10 de agosto de 2007

La charca del obrero

Cuando yo era niño, los veranos se pasaban en Madrid o en el pueblo de algún familiar próximo, normalmente de los padres o los abuelos, si uno tenía esa posibilidad; si no, a cocerse en Madrid. Yo tuve suerte. Mi abuela materna era de un pueblo de Guadalajara y allí fuimos muchas veces. Si hará tiempo que había cangrejos en el río; hoy no lleva ni agua.

Pero no siempre podía ser, ni tampoco era durante todo el tiempo de las vacaciones del verano, con lo que una parte del mismo, cuando no entero, lo terminábamos pasando en Madrid. Y les aseguro que lo mismo que en invierno nevaba, en verano era difícil encontrar los días que no se pasara de 35 grados, siendo corriente alcanzar los 40. Lo que hacía necesario buscar una salida a tan calurosa situación.

Allá, a finales de los cincuenta, se estrenó una de las grandes obras faraónicas del Franquismo: “El Parque Sindical”. Los que son de Madrid, y tienen cierta edad, seguro que lo conocen. A los que no lo conocen, les diré que se trataba de una finca grande, al principio de la carretera de “El Pardo”, por donde pasaba el Manzanares. Allí íbamos, después de esperar colas inmensas (a veces de dos horas, recuerdo que mi padre se iba una hora antes a ponerse en la fila de las taquillas) muchos domingos de verano. Naturalmente, como debe ser, cargados hasta las cejas con nuestra comida (tortilla de patatas, filetes empanados, ensalada), las bebidas (agua, vino y gaseosa La Casera o La Revoltosa), alguna silla y los archiperres propios de las excursión. Era agotador, nunca dormí mejor que cuando volvía a casa destrozado, por la noche.

Nos bañábamos y comíamos en familia debajo de un árbol, dormíamos la siesta o jugábamos al balón (había que respetar "tres horas de digestión", eran inviolables y a la vez interminables). Normalmente íbamos con algunos amigos o vecinos, con lo que era fácil que sumáramos quince o veinte. Allí aprendí a nadar, tampoco demasiado, más bien a mantenerme. Por la noche, cuando volvíamos, a veces nos quedábamos a ver una obra de teatro que representaba una compañía de aficionados (recuerdo: La cigüeña dijo sí de Carlos Llopis) o a ver patinar en una pista que había, donde nos lo pasábamos “fetén” (era el adjetivo de la época) viendo cómo se caía la gente que no sabía.

Más tarde, abrieron una piscina enorme, decían que la mayor de Europa, de por lo menos 150 metros por 80. También fui allí, pero no siempre pues tenía un precio suplementario. Eran miles, cientos de miles, diría yo, los madrileños que no tenían otro sitio donde refrescarse y pasar el día. Era lo que había, lo único que había en aquella época, para la gran mayoría. Luego en los sesenta vendrían las piscinas municipales y privadas. Pero eso es ya otra historia. Ésta pretendía ser la de “La charca del obrero” que era como se le conocía al Parque Sindical, familiarmente.

Salud y República

jueves, 2 de agosto de 2007

Hits de los 70 (I)

Grandes temas que nos vieron crecer. Hoy convertidos en clásicos.







miércoles, 1 de agosto de 2007

La imagen al servicio de la tormenta

[Don Rafael me ha comentado en A este lado del Rubicón que esta entrada mía allí insertada antes de ayer parecía más adecuada para Las batallas... No había caído en ello hasta que él me lo hizo notar, así que me permito incorporarlo aquí, aunque, la verdad, no sé si es muy correcto meter en un blog entradas que han sdo publicadas en otro, pero en fin... De la condescendencia de todas y todos ustedes espero un benévolo juicio.]

A mediados de los años setenta la práctica totalidad de los jóvenes y adolescentes con un mínimo de "inquietud social" (eufemismo que denotaba una inclinación antifranquista) intentábamos nadar, con mayor o menor suerte, en el proceloso mar de la cinematografía culta. Era, claro está, un cuasi mandamiento cultural no escrito el que cualquier progre (adjetivo que tenía una connotación absolutamente positiva, a diferencia de lo que ocurre ahora en muchos casos) debía conocer y saber valorar los filmes de los Rohmer, Fassbinder, etc.

La asignatura (ya que por tal había de tomarse, pues continuamente nos sometíamos mutuamente a un examen sorpresa en cada conversación tomando un café o -más grave aún- en pleno proceso de ligue) incluía evidentemente las clases prácticas, lo que se traducía en frecuentes visitas a las filmotecas (en plural, no como ahora, que hay una oficial y pare usted de contar), que se convertían en museos activos en los que la juventud se empapaba de cultura y crítica moderna.

Se observará las veces que insisto en la juventud. Obviamente, en aquellas sesiones maratonianas en alguno de esos cines-templo, era posible encontrar también a personas mayores, pero su número era más bien escaso por la sencilla razón de que la generación que estaba heredando Mayo del 68 aún estaba en pañales, y esa y no otra era la generación que marcaba las tendencias.

Pues bien, en el caso de Madrid, de entre todos aquellos cines en los que me curtí como tantos otros en la difícil y tantas veces insoportable tarea de culturizarme, estaba el, en cierto sentido, malhadado Bellas Artes. Sito en los bajos del Círculo de Bellas Artes, era un emporio de la resistencia progre contra la caspa reaccionaria. Pero también era una sala de tortura capaz de programar, para desesperación de sus teóricos partidarios, sesiones maratonianas de cine de autor.

La razón por la que esa catedral del saber se convertía en zafia mazmorra poblada de herrumbrosas cadenas y de tenebrosos rincones no era otra que sus butacas. Diseñadas sin duda por algún laureado miembro de la Brigada Político Social, estaban asombrosamente adelantadas a su tiempo y resultaban ecológicas en su uso, ya que no consumían energía de ningún tipo y su funcionamiento era tan automático que anulaba la necesidad de personal torturador, otro signo de los tiempos posteriores.

Pues bien, entre todas las soporíferas y espantosamente incómodas tardes que pasé en el Bellas Artes, destaca la que dediqué al famosísimo ciclo de Ingmar Bergman. Ver seguidas (con sólo cinco minutos de descanso entre una y otra) Fresas salvajes, El manantial de la doncella y El séptimo sello, es un reto que invito a repetir a cuantos me pongan algún pero a esta remembranza (que alguno habrá, seguramente con mucha razón). Sin embargo, de cuantos maratones me tragué en ese cine emblemático, sólo recuerdo con curiosidad y sin amargura las películas de Bergman. Otras muchas, especialmente las de la mayoría del cine francés de la época, me han llegado a parecer, con el tiempo, fatuas y pedantes hasta el paroxismo. E inútiles. Sobre todo inútiles.

Justo lo contrario que las películas de Bergman. Con el paso del tiempo, les descubre uno esa rara cualidad que hace que, varios años después de la época reseñada, todavía quisiera uno ir a ver Fanny y Alexander, y reconciliarse así con lo más parecido que un cineasta puede ser a un hombre atormentado y preocupado por sus propios fantasmas éticos. Hoy, misteriosamente, Bergman ha vencido en mí sobre aquella insoportable sensación de aburrimiento que en mi juventud tuve viendo algunas de sus películas, quizás a causa de la incoherencia de un programador decidido a sacar excesivo provecho a su sala y de la insoportable incomodidad de una butaca desvencijada. Hoy puedo ver de nuevo El séptimo sello y recrearme en la escrupulosa calma y limpieza y en la hermosa simplicidad y fuerza de la imagen puesta al servicio de la tormenta.

Mis admirados saludos, señor Bergman.