domingo, 29 de julio de 2007

Los juegos de aquellos tiempos

Quién se puede imaginar una niñez sin televisión, sin ordenador, sin play-stations, sin tantan cosas.
Allá, a finales de los cincuenta, los juegos eran más sencillos. Lo importante era tener amigos (hoy no parece tan obvio).Los chicos jugaban al aire libre o en un local o en casa. Los primeros eran juegos que se practicaban corriendo: El pañuelo, el rescate, tula, pídola, al balón (podía ser fútbol, balón prisionero, baloncesto) etc. O también se jugaban con utensilios tan baratos como útiles: el tacón, las canicas, las chapas, la peonza, los cromos. Los que se jugaban en local cerrado eran los clásicos familiares (imposible olvidar los Juegos Reunidos Geyper, que creo que todavía existen, en ellos había un porrón de juegos de mesa, desde el parchís a la oca, desde las tres en raya a la escalera, la baraja, los dados, etc) y los que se jugaban en locales propios a tal efecto eran fundamentalmente: el futbolín, el billar y el ping-pong (estos dos últimos para los más mayores).

La chicas compartían los juegos de mesa, aunque ellas tenían también recortables de muñecas y luego no jugaban a ciertos juegos clásicos de chicos para no ser consideradas “marimachos”, sin embargo, todas tenían su muñeca. Y en cuanto a juegos al aire libre, la comba, la pelota y rayuela predominaban sobre todos los demás.

Para todos esos juegos era necesario tener acompañante o contrincante, por lo que no existían juegos individuales. Esa necesidad de jugar que tiene todo niño, en aquella época, se debía compartir con otro, a la fuerza. Hasta la radio, que no era un juego, se escuchaba en familia, bien fueran los cuentos, canciones o seriales infantiles.

Entre muchachos, un tacón, dos chapas, tres cromos eran todas nuestras armas, todo nuestro capital. De hecho actuaba como moneda de cambio. Nada tan normal en el recreo como cambiarse chapas, cromos o canicas. Lo más común que podía ocurrir era que habías perdido o ganado tantos cromos o canicas en el juego.

¿Alguien imagina a un niño hoy jugando a las chapas o al tacón? Es difícil, los tiempos han cambiado. No seré yo quien diga que a peor, pero si a juegos menos compartidos y menos creativos. O así me lo parece.

Salud y República

lunes, 23 de julio de 2007

Recreos

Algunos ya lo sabéis pero aún así voy a hacer una confesión pública: fui a un colegio de monjas hasta los 13 años. No era un colegio muy grande, sólo tenía preescolar y EGB y solamente había un aula por curso, así que en total éramos unos 300-350 alumnos (más bien alumnas porque sólo había niños en preescolar). El patio también era pequeño, pero nos las apañábamos muy bien. Tenía algunos árboles, un par de canastas de baloncesto, y un callejón donde teníamos prohibido meternos porque las profesoras no nos veían y que, por supuesto, siempre estaba lleno.

Una cosa que recuerdo con mucho cariño del colegio son los recreos. Esos momentos de descanso y de expansión física, esos momentos de correr, dar saltos, caerse y levantarse y los juegos, que iban por modas. Había épocas en que tocaba jugar a la goma, o a la comba, o a la pelota, a la peonza, al yoyó, a los cromos...

El rescate era el juego estrella en mi cole, sobre todo en invierno. A las monjas no les gustaba demasiado porque decían que era un juego de chicos y porque muchas veces terminábamos en el suelo, con las rodillas desholladas (yo todavía conservo algunas cicatrices de guerra), pero a nosotras nos daba igual. Esa emoción de ir corriendo a esconderte, esa adrenalina que subía cuándo veías que iban a por ti, ese sprint final para salvar a tus compañeros, esa alegría auténtica e intensa cuando lo conseguías... Era mi juego favorito. En el resto era un poco mala: me enredaba con la goma, no sabía entrar en algunos juegos de la comba, la peonza salía volando al lado contrario donde yo la lanzaba... Pero el rescate me encantaba. Y lo recuerdo con gran cariño.

"¡¡Por mí, por mis compañeros y por mí el primero...!!"

"Los Patitos"



Cuando yo tenía la edad de mi hijo Tomás (dos años y..), iba también al cole ...
En una reunión de la APA les recomendaron a mis padres un disco, que es el que escuchábamos en clase, por su interés pedagógico (explicaba, con canciones, pequeños diálogos... las diferentes cosas que hacen los niños en el cole a esa edad, las estaciones, conceptos de arriba-abajo, delante-detrás...).

Como podéis imaginar, el vinilo está profundamente rallado. Por el uso y porque, a la edad de mi hijo, yo tenía la "bonita" costumbre de quitar los discos tirando de ellos, ya estuvieran puestos o no...

Conservo el original, como tantas otras cosas de mi infancia (otro día, escanearé un boletín de notas je) y, por el primer cumpleaños de Tomás, quise regalarle el disco (que ya no existe en tiendas ni en ebay ... ni nada) digitalizado.

Ahora, cuando se lo pongo, invariablemente lloro. Me produce una ternura infinita y no lo puedo evitar.

domingo, 22 de julio de 2007

Ritos de paso: de la pubertad a la adolescencia

En mi generación, como en todas, se marcaban claramente ciertos ritos que eran necesarios superar para identificarse con la etapa de edad superior. Así, había dos que yo recuerde que eran imprescindibles entre los muchachos (no las chicas) de la época.

Uno era ver alguna película de mayores de 16 años.
La censura franquista era tremenda pero a la vez ingenua, todo el mundo sabe que se les colaron ciertas películas sin que fueran capaces de ver la mínima crítica al sistema (recuerdo entre otras: Bienvenido Mister Marshall). Sin embargo, había algo que no se colaba: todo lo relacionado con el sexo. Cuidado que esto puede llevar a un equívoco. No me refiero a hacer el amor o a “actos impuros” como ellos les llamaban. No, simplemente, un beso. Los besos se daban en la cara, a lo sumo en la barbilla, muy pocos en la boca. Sí detectaban alguna escena fuera de los cánones, se cortaba si era una película extranjera o no se dejaba rodar si era española.
Pues bien, entrar a ver una película para mayores te daba la posibilidad de encontrar alguna escena más atrevida. Era haber pasado una prueba que te convertía en adolescente. Naturalmente se trataba de engañar al acomodador (que seguramente, la mayoría de las veces, hacía la vista gorda) y de colarte con una edad inferior a la permitida. Yo lo hice con catorce años. Fue un triunfo. La película: La tía Tula , una película de Picazo sobre la obra de Unamuno. Fue en el cine Pez (hoy Teatro Alfil). Para mí, una experiencia que todavía recuerdo, poder ver las piernas de la Bautista y, sobre todo, oír tratar el tema (qué simplicidad) de la represión sexual. Claro que lo importante no era haberla visto, lo verdaderamente esencial era contarlo y exagerarlo para acumular el prestigio suficiente y así aprobar el examen.

Otro rito era fumar. Recordemos que fumar en aquella época era síntoma de persona adulta, capaz de tener responsabilidad y cierta mayoría de edad (de hecho, los hijos no solían fumar delante de los padres hasta que volvían del servicio militar). Los muchachos de la época fumábamos a escondidas. Primero empezábamos por unos cigarrillos de anís. Sí, de anís, que ya vendían en los puestos de chucherías de la época. Eran tremendos, sabían a rayos, olían a anís y si te tragabas el humo te mareaban. Después se pasaba a comprar cigarrillos de tabaco sueltos. Los más famosos que yo recuerdo y por los que empezábamos (también eran los más baratos) no tenían boquilla, si era tabaco negro: Celtas; si hablamos de tabaco rubio: Bisonte. Horribles ambos y con unas estacas que a veces ni ardían, los vendían también sueltos, pues el precio de la cajetilla era prohibitivo para la mayoría (un celta valía 20 ctms. y un bisonte 50 ctms.) Los emboquillados rubios eran palabras mayores, eran americanos de importación y costaban un pastón: LM, Marlboro, Kent, Winston, etc. (el precio era de una peseta unidad, una salvajada). Pues sí, echar humo delante de tu panda era otro indicio de que ya te habías convertido en adolescente. Eso sí, con cuidado de que no te pillaran en casa, pues la bronca, si no la bofetada, estaba asegurada. Se consideraba, por parte de los mayores, un pecado de los más mortales y os aseguro que no era por una cuestión de salud (pensemos que hasta los sesenta estaba mal visto que las mujeres fumaran). Era una cuestión de “respeto” (creo que hoy en día me cuesta entenderlo a mí, que lo he vivido).

En fin eran ritos de paso de aquellos tiempos, hoy extinguidos y cambiados por otros. Ritos que siempre han existido, existen y existirán, innatos a la condición humana.

Salud y República

viernes, 20 de julio de 2007

¿Dulce infancia?

Se supone que todos guardamos buenos recuerdos de nuestra más tierna infancia, y que a poco que hagamos memoria, nos asaltarán numerosas aventuras en las que sin duda desempeñamos algún papel más o menos gracioso. Sin embargo, una servidora jamás ha podido identificar ese período que comprende de los 3-4 años hasta los 13-14 con el supuesto "paraíso perdido" con que suele bautizarse.

He aquí algunas posibles razones de mi arraigada incredulidad:

1. Cuando eres pequeño, no puedes levantarte de la mesa si te apetece (a mí, al menos, no me dejaban); ni hablar con la boca llena, ni ponerle morros a tu hermana, ni mucho menos llamarla "tonta y fea" si te ha dado una patada por debajo. Eso para empezar.
2. Cuando somos niños, podemos encaramarnos a los árboles y pasar la tarde entera en Babia, comiendo higos, felices como ardillas, pero acaso sean más ciertas aún las largas noches llenas de monstruos y sombras que nos sobresaltan, llegando a perturbar nuestro frágil sueño de justos indefensos. (De mayor, nunca he vuelto a sentir el terror del miedo de la infancia).
3. Cuando no eres más que un mocoso, algunos mayores ni te miran siquiera, como si fueras un medio-ser o algo parecido.
4. Cuando creces y te haces mayor, entiendes demasiado bien por qué actuaron nuestros adultos como hicieron. (Cuánto más cómodo sería no crecer para seguir quejándonos). Eso para seguir...

Una de romanos




Una de romanos / Joaquín Sabina




Estos días me estoy acordando mucho del cine de verano de Carabanchel, uno de los barrios obreros de Madrid en los años 60. Una de las diversiones favoritas era el cine que ponían en verano, justo frente a un hospital militar. Era un edificio viejo y destartalado que tenía un patio enorme (o eso me parecía a mí que era una niña de cuatro o cinco años), y que se llenaba en verano de sillas de madera y cáscaras de pipas.

Es curioso como se fijan los recuerdos de la niñez, en imágenes. Cuando nos hacemos mayores tendemos a adaptarlos, a interpretarlos, pero los de la infancia se limitan a ser simplemente eso: imágenes, sin pasar por ningún tamiz.

Recuerdo que eran cintas malas, requetepasadas año tras año por lo que casi siempre, y en lo mejor, se cortaba la proyección, con la consiguiente escandalera. Recuerdo maravillada como silbaban algunos¡ ¡con dos dedos en la boca¡, siempre quise aprender a silbar así... Ays, pobre niña educada en el franquismo y en la asignatura de Hogar y Educación Doméstica de domesticar, silbar estaba feísimo en una niña, por dios bendito¡

Por supuesto, si la película terminaba con beso en barbilla (porque otra cosa en Hollywood tampoco se veía) pues a los españoles ni barbilla siquiera nos permitía el Generalísimo. Directamente se acababa la película y todos para casa, andando y con la fresca, no sin haber silbado unas cuantas veces más.

Tengo también fresco en la memoria el olor a sardinas asadas con que, de repente, se inundaba el patio, lleno de sillas de madera. Qué ricas, ardían en las manos pringosas, porque había que comérselas con las manos, nada de platito ni tenedor, una rodaja de pan y la sardina encima... y tú te organices como puedas.
Eso si querías hacer gasto, un exceso, porque las más de las veces la realidad es que la cena venía hecha desde casa. Filetes empanados (mmm, qué ricoss), tortilla de patatas, pimientos fritos..., cualquier cosa que se pudiera meter en pan valía.

Y es que a mediados de los 60 Madrid era poco más que un pueblo que empezaba a salir de la miseria a costa del trabajo de los miles de emigrantes que abandonaron sus pueblos de Andalucía, o Extremadura, o Galicia, o Asturias y que lucharon como caballos por salir de la pobreza de sus pueblos y aldeas. Muchos emigraron a Alemania, a Suiza, a Francia, pero no hay que olvidar (y también lo digo por los nacionalistas, a veces tan egoista y ciegamente apegados a sus esencias) que ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao se nutrieron y crecieron a costa de la savia joven, ilusa y trabajadora que creyó que llegaba al paraíso de las longanizas, y se dieron de cara con la realidad de que para tener un frigorífico o una lavadora en la España del progreso industrial había que echarle muchas horas al tajo y tener muy pocos derechos laborales.

miércoles, 18 de julio de 2007

El frio

Para quienes no viven o hayan vivido en Madrid, les diré que, a diferencia de lo que se pueda pensar, era una ciudad muy fría en invierno. Con la generalización de la calefacción, la cosa perdió dramatismo, pero en los años sesenta, cuando yo era pequeño, la calefacción era un lujo.

En mi casa había una cocina de carbón que conseguía dar un calor muy estimable... a la cocina. El resto de la casa era un témpano en el que -no es broma- en los peores días de frio no nos aventurábamos a entrar más que para hacer lo que tuviéramos que hacer y volver rápido al amor de la cocina.

Hasta en algo tan banal mi recuerdo es el de algo suave, amable. A diferencia de los aparatos convectores de hoy, el fuego de la cocina sólo hacía un ruido agradable, el del crepitar de las astillas y el carbón en la lumbre. Uno podía dejarse caer en cualquier dulce ensoñación mirando fijamente el rojo suave que se entreveía entre las arandelas de la placa.

La vida transcurría en esa habitación comodín, que para algo era más grande que las de las casas modernas. En ella, en invierno, se desayunaba, se comía, se hacían los deberes, se cosía, se oía la radio, se leía el periódico, se bañaba a los niños (dado que tampoco había cuarto de baño en muchas de ellas; se usaba un barreño de aquellos de zinc, bien grandes, que esperaba su momento colgado de un gran clavo en la pared), se cenaba y se hablaba. O se estaba callado, mirando el rojo pálido del fuego de la cocina.

Como bien decía don Rafael en una entrada anterior, la comunicación era fácil. A veces, odiosa por lo obligado de la misma (a todo joven le llega pronto el momento en que no quiere compartir con sus padres pensamientos tan elevados como los que pueblan su cabeza), pero en cualquier caso, amable.

En verano la vida transcurría por otros derroteros, el protagonismo social se desplazaba hacia los amigos, la calle hasta bien entrada la noche, los vecinos... Pero en invierno, en las ciudades frías, la protagonista era la cocina, su calor de carbón y la familia.

La vida con los demás o ante los demás se ha desarrollado incesantemente después, hasta llegar hasta el absurdo ridículo de los centros comerciales de hoy. Pero la vida en calma, el silencio marcado por el latir del reloj y el crepitar del carbón, ha pasado a la historia. Es lo que yo más echo de menos

domingo, 15 de julio de 2007

La radio

Eran otros tiempos. Tiempos en los que no existía la televisión, ni Internet, ni tantas cosas. Hablo de finales de los cincuenta y principio de los sesenta, de hace cincuenta años. La radio era algo más que un simple entretenimiento. Me marcó tanto que hoy todavía la tengo por compañera inseparable.

Hay quien dice que desempeñaba la misión que hoy cumple la televisión. Si nos referimos sólo a la de informar o entretener, lo acepto; sin embargo, la radio cumplía una misión especial: unir a la familia. La televisión requiere una atención casi total. Con la radio no sólo se podían hacer otras cosas a la vez, (mi madre: planchaba, cocinaba, lavaba y todo lo demás con la radio) sino que además te permitía compartir una mesa camilla, con brasero incluido, con tu familia. Allí todos reunidos, escuchábamos y comentábamos lo que oíamos. A diferencia de la televisión que, a mi entender, aísla, la radio era un elemento de unión. A todo ello, añadamos la discusión posterior sobre el concurso, el serial, la última canción, el programa de cuentos, el jingle del último anuncio.

De esa época, quien no recuerda a locutores como: Bobby Deglané, José Luis Peker. A concursos como Doble o Nada; a programas de variedades como Cabalgata Fin de Semana; a seriales como Ama Rosa; a los Partes (así se les conocía, con lenguaje bélico, a los “diarios hablados”, que emitía Radio Nacional de España, a las que todas las emisoras se conectaban cada hora, obligatoriamente); a la música del anuncio del Cola-Cao; a series infantiles como Diego Valor; series familiares como: Matilde, Perico y Periquín; a programas cómicos como los de Gila o de Pepe Iglesias “El Zorro”; a programas deportivos, por aquella época empezó Carrusel Deportivo con Martín Blanco y Vicente Marcos; a programas musicales como El Gran Musical; a tantas y tantas cosas.

Hay una película española, "Historias de la radio", que, aunque ñoña y con ramalazos muy criticables ideológicamente, refleja muy bien lo que la radio significó en aquella época.

La radio es lo que había. Lo que nos unía con el mundo, ese mundo ruin, penoso y totalitario que nos rodeaba. Pero era nuestro mundo. El que nos tocó vivir. En él intentamos ser felices. Yo os aseguro que lo conseguí y guardo buenos recuerdos, muchos gracias a la Radio.

Salud y República

lunes, 9 de julio de 2007

¡A por la leche!

No hace falta que hable de lo duro que fue la posguerra. En mi casa mis hermanos y yo no tuvimos grandes privaciones, sin embargo, si que las sufrieron mis padres para evitar que nosotros las padeciéramos. Una cosa que nunca faltó en mi casa fue la leche para los pequeños. Mis padres además de no tomar café (tomaban malta pues el café era muy caro hasta los años sesenta) apenas tomaban leche. En mi casa se consumían dos litros de leche que, prácticamente íntegros, nos bebíamos los tres hermanos. La leche todavía no estaba embotellada y se vendía a granel. Vivíamos en un cuarto piso de una casa antigua. En los pisos inferiores vivía gente más o menos acomodada, en cada uno de esos pisos, que a mí me parecían de lujo, había dos viviendas con once o doce habitaciones cada una, de hecho en una de ellas había una pensión. Sin embargo, el cuarto piso era una corrala, donde había seis viviendas (cómo eran y los vecinos que en ellas vivían será objeto de otra entrada más adelante). Desde el portal hasta el cuarto piso había, noventa y dos escalones, por lo que ir a hacer recados significaba que cada vez había que bajar y subir los ocho tramos de escalera con los casi cien peldaños.

Si había algo que odiábamos mis hermanos y yo era ir a comprar lo que nos mandaba mi madre. Por ejemplo, la leche. Ella iba a la compra todos los días y se traía casi todo, menos la leche, puesto que subir hasta el cuarto piso con la bolsa de la compra ya era una heroicidad, por lo que nos lo encargaba a nosotros. Al mediodía, cuando llegábamos, la orden temida por cualquiera de nosotros era: ¡A por la leche!

No sé si todos los que lean esto se acordarán de las lecheras que se usaban. Eran de aluminio y las madres de entonces me da la impresión de que competían a ver quien la tenía más limpia. ¡Cómo brillaban! Eran preciosas. Sin embargo para mí la lechera significaba presagio de un martirio. Apenas subir las escaleras, tenerlas que volver a bajar y subir con la lechera que pesaba dos kilos era una putada. Así es que cuando me tocaba, solía contestar, en un acto insólito de rebeldía: “Sí porque tú lo digas, pues ahora traigo un litro y medio”. Mi madre se reía y me daba la lechera y el dinero. Yo lo cogía con rabia y, a regañadientes, bajaba golpeando la lechera en las paredes. Nunca me atreví a comprar menos de dos litros, lo que si hacía, no sé si por necesidad, por rebeldía o por ambas cosas es que en un descansillo de la escalera me pegaba un buen trago y luego, para que no lo notara mi madre, lo rellenaba con agua, en la fuente que había en la corrala de mi cuarto piso.

Mi madre nunca se enteró. Se lo conté siendo mayor. Recuerdo todavía cómo se reía.

Salud y República

Veranos

En mi casa y en mi mente, el verano empezaba el día que nos daban permiso para cenar en la calle con un bocadillo, época que coincidía con el inicio de las vacaciones escolares. Los días se hacían mas largos, y ahora que echo la vista atrás me parecen aún más largos. Es como si aquellos días de verano hubieran durado más de 24 horas, al menos esa es la sensación que me queda al recordar todo lo que hacíamos en un día. Quizás sea mi memoria la que junta varios días en uno, quizás sea cosa del cambio climático o quizás sea que no perdíamos el tiempo esperando a que bajara el sol, ni volvíamos a casa cuando éste desaparecía.

La única diferencia entre las mañanas y las tardes de verano era que cuando me encontraba con mis amigos por la tarde comentábamos el capítulo que acabábamos de ver de la serie de sobremesa que estuvieran emitiendo. Ni que decir tiene que, existiendo sólo la primera y la segunda, todos veíamos siempre la misma, ya fuera Falcon Crest o Galáctica, El Coche Fantástico o El Gran Héroe Americano. Como no teníamos móviles y el fijo nos dejaban usarlo lo justo y necesario, nunca nos llamábamos para quedar, simplemente salíamos a la calle y allí nos íbamos encontrando. Por las mañanas, cada uno salía cuando se despertaba, existiendo discrepancia de horarios, pero después de comer la serie de sobremesa era nuestro mejor reloj, cuando terminaba el capítulo todos cogíamos las bicicletas y salíamos dispuestos a exprimir la tarde y la noche mientras nos dejaran nuestros padres.

Una de las actividades que más repetíamos en esos días de verano era la de jugar al fútbol; ya fuera en un campo de tierra que había cerca de casa, en plena calle usando como porterías las tapaderas del alcantarillado (de la tapadera al bordillo decíamos, para indicar la portería) o el colegio de los Salesianos (donde por suerte no estudie, y digo por suerte porque si hubiera ido allí me habría perdido mis andanzas en mi colegio público Nuestra Señora de Los Dolores, "Los grupos" como todos lo conocíamos).

Cada vez que juego ahora un partido de futbito me acuerdo de aquella época. Ahora juego una hora y acabo como si hubiera jugado diez, y antes recuerdo como si fuera ayer como nos íbamos a las cuatro y media en pleno mes de agosto a jugar, nos íbamos tan pronto para que no nos quitaran la pista los mayores, y allí empezábamos a jugar y a jugar hasta que se hacía de noche, allá por las nueve o más. No llevábamos zapatillas Nike, ni bebidas isotónicas, ni pantalones Adidas; si la camiseta no transpiraba y se llenaba de sudor nos la quitábamos y seguíamos jugando. Volvíamos sudorosos como pollos (eso decía mi madre) y nos hinchábamos a beber agua fresca mientras nuestras madres nos decían que nos iba a dar algo.

Cada vez que empieza un nuevo verano me acuerdo de aquella época, y la recuerdo con añoranza y ternura. Me meto en el papel de abuelo cebolleta, que es de lo que se trata, y pienso en los jóvenes de ahora, la mayoría encerrados en casa con sus video consolas, su ordenador y su dvd, sin la más mínima oportunidad de pasar todo el día corriendo y jugando en la calle. No digo que sea culpa suya, por supuesto que no, les ha tocado vivir una época distinta, y aunque suene a tópico decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, creo que en este aspecto han salido perdiendo. No pueden ir al campo a jugar con las espigas (como decía maripuchi), no pueden jugar al clavo cuando llueve y se forma barro, ni pueden estar hasta la madrugada solos en la calle con diez años, sentados en los portales, cazando lagartijas o divagando sobre como serán con 27 años (hablábamos de dónde estaríamos el año 2000, año que veíamos casi como algo propio de la ciencia ficción). Aún recuerdo esa conversación con mis amigos haciendo apuestas de quién se casaría primero, recuerdo el orden que todos predecimos, casi por unanimidad. Primero se casaría el Grego, el más formal y conservador del grupo, después el Pérez, el que más éxito tenía con las chicas, después yo y el último mi primo, que fue el que más protestó en la previsión. Han pasado muchos años y nuestro Grego sigue soltero, los otros tres casados pero las bodas sucedieron justo en el orden inverso a como habíamos pensado. Menos mal que para otras cosas tuvimos mejor ojo.

jueves, 5 de julio de 2007

Yo, Kelvinator...

Igual que hay sitios olvidados que, cuando los ves, se te amontona la infancia (saludos, don Garib), también hay palabras o expresiones que, para sorpresa de uno, provocan cara de póker en gente de considerable menos edad. A mí me ha ocurrido muchas veces, pero la primera de ellas, la que me hizo pensar en esto, fue un dicho bastante castizo que se usaba para expresar que lo que otro te había dicho no te alteraba en absoluto. Decíamos: "yo, kelvinator".

Kelvinator era una marca de electrodomésticos de los años 60 y 70 que tuvo una fuerte presencia publicitaria en todos los medios, incluida la televisión, y una de cuyas más famosas campañas publicitarias, en concreto la que buscaba vender más frigoríficos, usaba esta frase dicha por un señor bastante chuleta que respondía así, como diciendo que a él, ni frío ni calor...

Como curiosidad, en Getafe, junto a Madrid, hay un barrio cuyas calles llevan nombres de marcas de electrodomésticos. Una de ellas es Kelvinator.

Prueben a decírselo a alguien de menos de cuarenta años, pongamos por caso.

Aventuras de verano

Aquí llego para contribuir con mis recuerdos a este nuevo blog colectivo. Esto de contar batallitas tiene su gracia aunque me hace sentir un poco mayor. Cuando pienso en que algunas cosas ocurrieron hace más de veinte años, me doy un susto de muerte al ver lo rápido que pasa el tiempo y sobre todo, lo poco que he cambiado. Creo que tengo el síndrome de Peter Pan, que no quiero crecer (buaaaaa).

Mi historia de hoy es también sobre las vacaciones de verano, que parece que son las que más nostalgia nos producen a todos. Por circunstancias familiares (y económicas también), nosotros no nos íbamos a la playa como hacía mucha gente. Nos íbamos al pueblo de mi madre, a sólo 70 km. de Madrid capital, lo que tampoco era ninguna novedad porque íbamos todos los fines de semana del año.

La familia de mi madre es poco extensa. Mis abuelos tuvieron tres hijos y esos tres hijos tuvieron en total seis retoños: tres chicas y tres chicos, de más o menos la misma edad (yo soy la mayor y me llevo sólo cinco años con el más pequeño, que es uno de mis hermanos). Y seis éramos los que nos pasábamos el día delante de la puerta de casa de mis abuelos porque mi madre y mi tía eran muy protectoras y no nos dejaban ni ir a dar la vuelta a la manzana en bici. Así que nos teníamos que conformar con que nuestros juegos transcurriesen en apenas 100 metros de calle. Como yo era la mayor, me pasaba el día mandando (es que era más bien mandona de pequeña; bueno y ahora también, je je) y organizando los juegos de los seis, aunque los chicos eran más rebeldes y a veces no se dejaban mangonear fácilmente. Entonces yo me cabreaba y las chicas nos íbamos a investigar los alrededores.

Aprovechando que en esa época estaban construyendo un edificio de pisos en frente de la casa de mis abuelos, un día en que no había nadie nos metimos las tres en la obra. El exterior estaba todo construído pero el interior estaba lleno de escombros, en penumbra, sólo con la luz que entraba por los huecos de las ventanas. O sea, el sitio perfecto para montarnos una aventura estilo "Los Cinco" de Enyd Blyton, que era lo que yo estaba leyendo en ese momento.

Así que nos adentramos las tres en el edificio, mirando a nuestro alrededor con cautela porque la verdad es que daba un poco de miedo. Pero como éramos unas aventureras nos teníamos que aguantar, que en los libros todos eran muy valientes. Estábamos empezando a subir por unas escaleras cuando oímos un ruido a nuestras espaldas. Nos asustamos, pero enseguida pensamos que serían los chicos que nos habían seguido. Nos volvimos y no había nadie. Seguimos subiendo, ahora con más miedo y atentas a cualquier sonido. Una de mis primas quiso que nos fuésemos pero yo, que estaba muerta de miedo pero no podía demostrarlo porque era la mayor y además la jefa, me negué. Quería subir hasta el piso de arriba para mirar por la ventana y tirarle un par de trozos de ladrillo a los chicos. Seguimos subiendo con cautela y cuando ya estábamos pisando los últimos peldaños volvimos a oír el mismo ruido, pero mucho más cerca. ¡Creo que no he pasado más miedo en toda mi vida! Ahí se terminó la valentía: echamos las tres a correr hacia la salida y de repente nos encontramos con un perro enorme. Estoy segura de que los chillidos se oyeron por todo el pueblo, sobre todo los míos, que en esa época todavía le tenía miedo a los chuchos. Yo creo que el perro se asustó más que nosotras porque salió corriendo con el rabo entre las piernas.

Estuvimos castigadas toda la tarde por meternos en la obra. Lo teníamos prohibido pero las ganas de emular a mis ídolos literarios fueron más fuertes que la obligación de obedecer.

(Vaya parrafada que me ha salido. Si es que cuando me pongo...)

domingo, 1 de julio de 2007

Por razón del viento sur...


Santander es una ciudad del norte que da la espalda al norte.

Aprovecha su bahía, para esconderse del frío, de las galernas y del viento helado y la lluvia. De cara al sur, el paseo principal, ahora se llama paseo de Pereda. Para los de Santander siempre será “El Muelle”. Entre la plaza Porticada y Puertochico. Allí están las casas de ‘los de siempre’. Apellidos conocidos, algunos repetidos o unidos por guiones. Grandes casas, con grandes portalones, de doble hoja. Miradores acristalados. Cariátides majestuosas, sujetando un quinqué que ilumina el portal. Entradas de servicio, mucho más modestas, por la calle de atrás.

Pero esos portalones enormes tienen una debilidad. En las tardes de surada, el viento atraviesa la lámina de agua de la bahía, e irrumpe, sin ningún obstáculo, contra las enormes puertas de las mansiones, amenazando con derribarlas. Hay que entrar por la puerta de servicio.

En esos días, yo he visto cómo hay que apuntalar las hojas de los portales con maderos, para resistir la fuerza del viento. Había que acceder por la entrada trasera, la de servicio.

Cuando venía el viento sur, los sirvientes colgaban un cartel que decía:



“Por razón del viento sur, los Señores reciben por detrás”.