viernes, 29 de junio de 2007

Lugares comunes

En todos los pueblos, ciudades más grandes o más pequeñas, existe un lugar, el lugar. Todo el mundo lo conoce, todo el mundo ha estado allí. No tiene que ser ni el más bonito, ni el más famoso, ni el más luminoso, ni el más agradable, pero forma parte de la vida de todos. Para reconocerlo, basta con abrir el album de fotos de varias personas y buscar una foto de su infancia, una foto en la que el protagonista cambia, pero el lugar se repite.

Ese lugar cerca de casa, ese sitio en el que todos nos hemos hecho una foto de pequeños, siempre está allí, con nuevos personajes y nuevas cámaras dispuestas a dibujar un trocito de la memoria colectiva. No necesita nada más para sobrevivir, se alimenta de las sonrisas, las ilusiones e incluso la inocencia de los niños que lo visitan y que tan rápido se pierde.

Si tienes un mal día y la vida no te llevó lejos de casa, date una vuelta por ese lugar cuando no haya mucha gente. Cierra los ojos y busca al niño que abandonaste hace tiempo. No hay política, no hay guerras, no hay hambre, no hay maldad, no hay nada imposible. Cuando vuelvas, la política, la guerra, el hambre y la maldad seguirán aquí. Pero tal vez tú ya no estés. Tal vez haya vuelto el niño y, de nuevo, nada sea imposible. Nada.

En Barcelona, ese lugar es la Plaça Catalunya, enorme, imponente, la frontera entre la vieja ciudad romana y medieval y la nueva ciudad que se abrió cuando los barceloneses se libraron del cinturón de piedra que les había oprimido durante siglos. Un niño que da de comer a las palomas, como han hecho y seguirán haciendo tantos otros, te indica el camino. Señala a su propio futuro, a un enlace debajo de un texto que ni siquiera sabía que acabaría escribiendo y que te abre la puerta para que recuperes al niño que dejaste en tu viaje a la vida adulta y nos expliques cuál es tu lugar común. Tal vez no sólo señala a su propio futuro sino al de todos.

miércoles, 27 de junio de 2007

Pan y chocolate

Cuando era pequeño y vivía con mis padres, la merienda era una comida esencial. Los medios eran escasos pero nosotros, los hijos, comíamos cuatro veces al día. El desayuno, la comida, la merienda y la cena. Sin embargo, de todas ellas la que me trae más gratos recuerdos es la merienda.

Salía del colegio entre las cinco y las seis y como éste estaba cerca de casa, corriendo llegaba a los pocos minutos. Allí estaba mi madre, sobre todo en otoño y en primavera, esperándonos a mis hermanos y a mí con los bocadillos preparados. Apenas llegábamos emprendíamos el camino hacia el “Cuartel de la Montaña”, que era un parque donde hoy se levanta el templo de Nebod o los Jardines de Sabatini (del palacio Real).

La merienda no era muy variada: bocadillo de imperial (era un embutido como el salchichón de color más rojizo y sin duda más barato), de mortadela, de tortilla, pan y aceite con sal o azúcar (terminabas pringoso hasta los pies, pero reconozco que me gustaba mucho), pan con mantequilla y azúcar (lo de mantequilla es un decir, era sucedáneo) o, simplemente, pan y chocolate.

Yo, que era un melindre con la comida, recuerdo con especial cariño la merienda, pues siempre me gustaba. Ahora bien, de todas las meriendas la que recuerdo más gratamente es el pan y chocolate. Un trozo de una barra o una barrita con un par de tabletas de chocolate. Las marcas más conocidas eran Matías López y Nestlé, las dos eran bastante buenas pero caras para nosotros, así que cuando salió el chocolate Vitacal, allá a finales de los cincuenta, fue un alivio. Se trataba de un sucedáneo probablemente sin cacao, que se vendía por piezas pequeñas (chocolatinas cuadradas) y costaba una peseta. Una de las grandes aceptaciones comerciales, además de su precio, fue que venía con cromo incorporado, por lo que nosotros estábamos encantados. Tuvo un éxito impresionante, tanto que su eslogan publicitario se hizo famoso entre nosotros “chaval toma Vitacal” (lo utilizábamos como sinónimo de “corta el rollo repollo”), una chulería que servía para interrumpir el diálogo con alguno de nuestros compañeros, a lo que el afectado contestaba: “Pa’ tu padre que a mí me sienta mal”. Y ya estaba el lío armao.

El pan y chocolate significaba la merienda más corriente en aquellos años y los chavales nos teníamos que aplicar hasta convertirnos en verdaderos malabaristas. Jugar con un bocadillo en la mano era difícil, hacerlo con las dos manos ocupadas por el pan y chocolate, de circo. Pero lo conseguíamos y si no, no importaba, uno de los dos ingredientes, o los dos, quedaban encima de un banco o en el mismo suelo al lado de las chapas o de la portería de fútbol..

Recuerdo el sabor que produce la mezcla del pan y chocolate en la boca, aquel pan y chocolate que a veces venía con tierra o llegaba deshecho por el calor, pero que siempre sabía a gloria, para chuparse los dedos. Muchas veces he vuelto a comer pan y chocolate, y me gusta, sin embargo, no he sido capaz de encontrar aquel olor y sabor que me producía esa merienda cuando jugaba en aquellos parques durante mi infancia y pubertad.

Salud y República

AQUEL 600...




Tendría yo diez añitos cuando mi padre compró el 600, por el que tuvo que esperar varios meses.


Cuando llegó a la puerta de casa, la familia le miraba con adoración: era el primer coche que teníamos y ese bombón que estaba aparcado frente al portal era "nuestro".


El primer verano motorizados fue estupendo. Podíamos ir a todos los pueblos de los alrededores de Caravia, lugar asturiano donde teníamos la casa familiar de "veraneo" (que era como se llamaba entonces lo que ahora se conoce como "vacaciones"). En esa casita veraneábamos toda la familia, padres, tíos, primos... Las mujeres y los niños estábamos mucho tiempo en la playa, en cuanto acababa el cole, las madres cogían a sus retoños y se marchaban de los calores madrileños, mientras los hombres de la familia se quedaban de "rodríguez" en la capital hasta el mes de agosto, en el que se reunían con el resto de la familia: así se funcionaba y era la tradición.


Aquel primer verano, cuando llegó la hora de retornar a Madrid, nos metimos en el 600, que parecía elástico, cuatro adultos y dos niñas: Mi madre, tía y tío iban en el asiento trasero... lo juro... y delante, mi padre conduciendo y en asiendo de al lado iba yo, con mis piernitas abiertas y entre ellas, sentada, mi prima Beatriz, chiquita de pocos años.


Al principio todo fue sobre ruedas... las de nuestro querido cochecito. Los problemas empezaron cuando había que subir alguna cuesta y declaro que para salir de Asturias hacia la meseta hay que subir unas cuantas. El motor se calentaba (éso lo supe luego, claro) por el exceso de peso... y mi padre aparcaba de vez en cuando en alguna cuneta para darle un respiro. Todos salíamos a estirar las piernas... y luego, vuelta a montarnos hasta la próxima parada.


El segundo problema comenzó algo más tarde... y es que las ruedas empezaron a pedir "misericordia" en forma de pinchazos. Yo creo que era que estaban "reventadas" de semejante carga. Solo os digo que pinchamos tres veces. Hubo que parar a comprar una rueda y a reparar otra...


Todo ésto no influyó en absoluto a la armonía de los viajeros, ni al buen humor general de la familia, encantados como estábamos de viajar todos juntos en nuestro "bólido".


Tardamos ... ¿12 horas?... ya no me acuerdo, fue mucho... pero fue un viaje inolvidable, que os confieso que mi padre no quiso volver a repetir... nunca nos dijo el por qué, seguramente lo adobó de alguna excusa estupenda, como las que siempre daba mi padre cuando tenía que decir que no a algo... evidentemente ahora sé el por qué de todo, de las paradas, de los pinchazos y de la negativa de mi padre... SOLO QUERÍA QUE ESA MONADA DE LA FOTO LE DURARA...


sábado, 23 de junio de 2007

Dardos


Que levante la mano el que no haya jugado a los dardos con estas espigas.

viernes, 22 de junio de 2007

Mi abuela, su madre y mi hermano

Tuve la desgracia de conocer sólo a una abuela, la madre de mi madre. Los otros tres abuelos habían muerto cuando yo nací.

Las anécdotas que, a mis hermanos y a mí, nos contaba mi madre de la suya fueron muchas, algunas muy divertidas pero sobre todo eran aguerridas llenas de vitalidad y de fuerza, de una valentía sobrenatural, propias de una mujer brava como pocas.
Pero no voy a contar cosas que oí sobre ellas. Voy a narrar prácticamente lo único que recuerdo de mi abuela.

Cuando murió mi abuela con setenta y cinco años yo tenía cinco o seis (no recuerdo bien), por lo que apenas puedo acordarme de muchas cosas. Ella era más bien pequeña siempre llevaba un moño blanco y una toquilla negra por encima de una saya oscura. Así me viene a la memoria. Ya en aquella época había perdido la cabeza, no era peligrosa pero inventaba situaciones y recreaba momentos anteriores de su ajetreada vida. Y ahí viene la historia que os quiero contar.

Mis padres apenas salían, mi padre trabajaba en dos sitios y mi madre tenía bastante con los tres hijos y los trabajos de la casa, además de cuidar a su madre, mi abuela Celestina. Sin embargo, en algunas ocasiones, algún acontecimiento ineludible hacía que nos quedáramos con mi abuela, mi hermano, con tres años más que yo, y yo mismo, ya digo que tendría unos cinco años, bajo la supervisión de una vecina que se pasaba cada poco tiempo para ver que todo iba bien. Mi hermana pequeña (tres años menos que yo) se quedaba con otra vecina (ventajas de vivir en una corrala donde todos éramos un poco familia).

El hecho ya había ocurrido varias veces y mi hermano empezaba a estar harto porque mi pobre abuela, cuando nos quedábamos con ella, se ponía pesada y empezaba a dar la lata pidiendo cosas imposibles como: Dame la luna. Quiero ver a mi madre. Mira que tu abuelo no me engañe. Y otras.

Mi hermano mayor, que siempre ha sido muy vividor y astuto y que ha tenido la habilidad de tirar para adelante cualquiera que fuera la situación, no veía la forma de jugar tranquilo y evitar los requerimientos de mi pobre abuela. Así es que ante las insistentes peticiones de mi abuela para ver a su madre, me dijo un día:
¿Por qué no llevas al cuarto de atrás a la abuela diciéndole que la espera su madre? Luego la pones de frente del espejo del armario a ver qué pasa.
Naturalmente me lo dijo a mí, que era más pequeño y más ingenuo para evitar alguna bronca de mis padres si se enteraban.
Dicho y hecho, así lo hice. Llevé a mi abuela a un cuarto oscuro, sin ventanas, que daba a nuestra habitación. Mi querida abuela se sentó delante del armario ropero, cuya puerta grande era toda un espejo, y empezó a hablar:
“Madre ya ha venido” “la de cosas que tengo que contarte…” Allí las dejé a las dos.

Desde aquel día mi abuela no nos volvió a dar la lata más, se había reencontrado con su madre y, con ella, mantenía largas conversaciones.
Mis padres, hasta que ya mayores se lo contamos, siempre pensaron que la idea había sido de la propia abuela. He de reconocer que conseguimos jugar tranquilamente y ella pasó momentos muy felices hablando con su madre.

Salud y República

Mi madre no podía volver.

Mi madre tenía ya una edad avanzada, pero con tan buena salud, que no esperábamos lo que ocurrió.

Tras un viaje con sus amigas, viaje que avalaba su buen estado físico, cayó resfriada.

El resfriado, a pesar de la atención médica, derivó en neumonía. No hubo marcha atrás. Cuando llegué al hospital, y la vi con oxígeno y con antibióticos, pensé que todo estaba arreglado. Tenía una neumonía unilateral. Dos horas después, era bilateral. Otra vez de bajada a la UCI.

A los pocos días, tras varios cambios de antibiótico, la septicemia era generalizada. Infección multiorgánica. No había vuelta atrás. El colapso renal provocó consecuencias físicas visibles, y un deterioro mental gravísimo. Afortunadamente, ya estaba en coma.

Ya no había vuelta atrás.

Mi hermano y yo entramos el ante último día a verla, en los escasos minutos que podíamos pasar a cuidados intensivos. Reconocimos junto a su cama una máquina de diálisis. Nos miramos a los ojos y, sin hablar, llegamos a un acuerdo. Buscamos al jefe de Intensivos: “Por favor, hagan por nuestra madre todo lo posible, pero no hagan lo imposible”. No le aplicaron diálisis.

No podemos prolongar la vida a nuestros seres queridos cuando han cruzado la línea. Sólo podemos prolongarles la agonía. Y con los actuales métodos médicos, podemos prolongarles la agonía casi indefinidamente. Pero yo no quise que sufiera más.

En recuerdo a mi madre, y a los médicos del Hospital Severo Ochoa de Leganés.






(No fue en leganés, pero he vivido el proceso de los médicos del Severo como cosa propia).

¡Todos son rojos!

Don Antonio Flórez nos cuenta una bonita experiencia sobre la convivencia en la escuela.


Me ha hecho recordar una anécdota de cuando mi hijo mayor tenía dos años.

Asistía a una pequeña guardería, donde todos los niños llevaba un baby rojo, con un gran círculo azul en el centro. A su clase asistía un niño, creo que adoptado, africano, con la piel de un negro intensísimo.


Mi madre, un día, le preguntó: "Hay niños negros en tu clase, David?"


"No, contestó él: ¡Todos son rojos!"


Los niños de la guardería no se veían diferentes por el color de la piel, ni por el idioma, ni porque un niño tenía dos mamás.


Somos los mayores los que les envenenamos luego, con el "ellos" y "nosotros".


Hay otra educación posible.

jueves, 21 de junio de 2007

Los Reyes

Mi madre nos había mandado a la cama con una tortilla francesa y un vaso de leche (su menú de cena rápida). Recuerdo el trabajo que me costaba conciliar el sueño, los nervios, como un agujero en el estómago, las veces que me despertaba en plena noche creyendo escuchar ruidos y con temor a salir de la cama no fuera a sorprender a sus majestades en plena faena y me quedara sin regalos.

El día 5 siempre íbamos a ver la cabalgata. Íbamos temprano y nos colocábamos como podíamos en la calle Uría. Desde ahí, mi padre siempre nos decía que las luces que se veían en el Naranco eran los camellos y el séquito. Sonaba la música. Aparecía Aliatar, el paje, a caballo. La banda municipal chundachunda, las luces, las magníficas carrozas … los Reyes … ¡Madre mía! ¡A mi hermano le miró Melchor! Caramelos, globos …

Hubo mil regalos y muchos magníficos. Entre ellos una BH roja con ruedecitas (la historia de la bici y de cómo aprendí a montar, para otro día). Pero de entre todos ellos, el más mágico fue una colección de libros de los derechos del niño, colocados, a modo de casita contra la puerta de la calle.

¿Por dónde se habían marchado los Reyes?

-“Son magos” – obtuve por respuesta.

El colajet y los flash



Los helados míticos: el colajet, el mikolápiz, el frigodedo y frigopie, el calippo (que quita el hipo).

En fiestas de Caravia, siempre nos las apañábamos mi hermano y yo para hacernos con nuestro Colajet correspondiente: limón, cola y la puntita cubierta de chocolate... hmmmm

¿Y los flash? Eran maravillosos. Podías comerlos sin congelar: abrías de un mordisquito el plástico y chupabas, pero se acababan rápido... Congelados tenían más miga: chupabas hasta que quedaban blancos y luego te comías el hielo a mordiscos.
Deliciosos.

miércoles, 20 de junio de 2007

AQUELLOS GUATEQUES...

Yo tendría unos 16 añitos y acababa de cambiar de cole. Las monjitas del colegio anterior al que acudía habían decidido suspenderme reiteradamente por haberme visto un día salir con chicos... horror que no podían perdonar por considerarme demasiado tierna y además tener la aquiescencia de mis progenitores, que daban por sentado que yo era una mocina normalmente constituida y debía hacer las cosas propias de mi edad y condición. Ante el empecinamiento de la dirección del cole religioso, mis padres, con buen criterio, me cambiaron a otro, aparentemente laico: San Estanislao de Kostka. Estaba al lado de mi casa, en la calle Atocha y no había sotanas ni hábitos... Craso error, porque era de los jesuitas, como más tarde supe, pero ellos, siempre tan inteligentes, llevaban la institución con una laicidad encomiable.

Estos colegios, los Kostka, tenían un internado de chicos, sito en Ciudad Lineal y llevado con la misma dosis de apertura e inteligencia que no les vamos a negar a estas alturas... y para cuidar de la salud física y mental de sus chicos (y chicas), organizaban en ese supercole de Arturo Soria unos hermosísimos guateques. En realidad los organizaban los chicos internos, en un saloncito precioso, con su picú (pick-up para los puristas), sus viandas y sus bebidas, sin alcohol, y sin la presencia de ningún cura, claro.

En esos guateques algo endogámicos, fue donde me "eché" el primer novio, a los compases de Los Brincos, Jimmy Fontana, Adamo o Silvie Vartan y donde no faltaba detalle de lo que luego parecían estereotipos, pero eran la realidad más real: el "tímido" que no se atrevía a sacar a bailar y miraba desde su silla a la chica de sus sueños, el "feo + tímido" que se dedicaba a poner discos, sin bailar tampoco... el espabiladillo que podía ser feo o guapo, que bailaba con todas, el "guapo" que se dejaba querer, con esa superioridad de que hacen gala los guapos cuando lo saben... mientras que las chicas aceptaban o no los requerimientos del galán de turno. Siempre había la típica Madre Teresa de Calcuta que se ponía al lado del "tímido feo" a hacerle compañía en su soledad, con lo que se demostraba que , al final, eran los que más éxito tenían, con sus ojitos de "yo no fuí". Tambien había en las filas femeninas la "guapa", que se los llevaba a casi todos de calle... todos haciendo cola para bailar con ella, haciendo patente la verdadera idiosincrasia del género masculino una vez más... la "fea" que se turnaba con su colega masculino en el recambio de la música, la "simpática" que picaba aquí y allá, generalmente la alegría de la fiesta... y luego estábamos las y los "normales", ni fú ni fá, con un poquito de timidez, despabilamiento, feura, guapura, simpatía o lo que tocara... que al final éramos los que mejor lo pasábamos.

En estos guateques del Kostka, la castidad estaba garantizada, porque aunque los curas no estaban presentes, de vez en cuando "se dejaban caer", para ver que todo estuviera dentro del orden establecido. El brazo femenino fuertemente asentado en el pecho masculino haciendo palanca no tenía allí lugar... eso se dejaría para otros guateques menos vigilados o para las discotecas de la época, en los que los chicos querían "pillar" siempre, mientras nosotras defendíamos a fuerza de biceps nuestra integridad. En los guateques del Kostka todo era muy pulcro, sencillo, puro y... maravilloso y nosotros, todos, éramos aún inocentes y románticos. Algunos lo seguimos siendo.

martes, 19 de junio de 2007

No soy una niña

Reconozco que no tengo demasiados recuerdos detallados de mi infancia más tierna, pero hay una situación particular que se me ha quedado grabada en la mente como si me la hubieran tatuado. Cuando era pequeño tenía un cabello muy liso, no como ahora, y lucía un enorme flequillo peinado hacia un lado que en sus momentos más álgidos me tapaba buena parte de la cara. Un niño muy mono, vamos. Demasiado por lo visto. Un día suena el timbre y mi madre me dice que vaya a abrir. Me acerco a la puerta, abro y aparece alguien que, no recuerdo con exactitud, pero seguramente debía venir a vender algo.

- “¡Hola!” - me dice el hombre con entusiasmo - “¿Puedes avisar a tu mamá, bonita?”

¿Bonita? ¿Me está hablando a mí? No se si a alguien tan pipiolo es posible que se le hinchen los..., pero recuerdo con mucha nitidez que por lo menos tuve la sensación más parecida a eso que se pueda tener con esa edad.

- “¡No soy una niña!” - le dije con la cara roja de rabia, con lo cual no se si encima debió pensar que llevaba maquillaje y todo.
- “Ahhhhhh....” -respondió él como si el tema no fuera relevante.

Mi madré apareció y rompió el posible conflicto, aunque si ahora soy poca cosa, con esa edad no levantaba un palmo del suelo y no estaba para muchas disputas.

Pero no sólo debe ser el flequillo. No hace tanto una amiga me dijo tan pancha que algunas veces tenía un deje un poco amanerado, no muy masculino. Parece que la cosa es cíclica, pero lo juro, ¡no soy una niña!

Los Tebeos


Durante finales de los cincuenta y principio de los sesenta, los tebeos representaron mi medio de lectura por excelencia. Los cuentos los oía por la radio y las novelas todavía me eran ajenas. Había varios tipos de tebeos. Por un lado los específicos de chicos, fundamentalmente de aventuras: El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín (típicamente fascista), Hazañas Bélicas, El Capitán Trueno, El Jabato. Luego estaban los de chicas, sólo recuerdo uno: Lily. Por último estaban los de humor, para los dos sexos, y eran los que más me gustaban: Pulgarcito, TBO, DDT, Tío Vivo, Jaimito.

Los tebeos eran parte de la vida diaria de cualquier niño en aquella época. Su precio era asequible, sin embargo todavía los hacía más asequible la posibilidad de poderlos alquilar o de cambiarlos pagando una pequeña cantidad (entonces céntimos de peseta). Recuerdo que cerca de mi casa, yo vivía en la calle de la Luna, cruzando la calle de San Bernardo (entonces conocida popularmente como la calle Ancha) estaba la calle de Antonio Grilo, que terminaba en la plaza de los Mostenses. Allí, había un local donde alquilaban y cambiaban tebeos y novelas (éstas para los menos niños) del oeste (Marcial Lafuente Estefanía), policíacas o de amor.

Hoy, naturalmente, este tipo de negocios no existe. No hay hueco en nuestros tiempos para el trueque, sólo para el consumo. Sin embargo, entonces era como un templo. Recuerdo que allí iba todas las semanas, allí llevaba los tebeos leídos (usados estaban todos) y los cambiaba por otros sin leer.

Que gusto leer las aventuras de Zipi y Zape, Dª Urraca, Carpanta, las Hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Anacleto, la Familia Cebolleta, Rompetechos, el reporter Tribulete, Gordito relleno, la Familia Ulises, 13 rue del Percebe, Pascual, los inventos del TBO del doctor Franz de Copenhague, y de tantos otros.

Cómo elegir a uno. Todos forman partes de mi historia. Esa bruja aparentemente tan mala. Ese famélico personaje que soñaba con comer siempre. Esas hermanas tan distintas y tan complementarias. Esos hermanitos gemelos capaces de amargarles la vida con sus travesuras a Don Pantuflo y señora. Ese miope que acarreaba desgracia a los demás, salvándose siempre de sus propios desmanes. Esos dos agentes, a cada cual más inútiles, pertenecientes a la T.I.A. Ese criado tan enorme y redondo cuyo señor era un aristócrata de tres al cuarto con monóculo incluido. Ese periodista intrépido que siempre metía la pata. Ese abuelo de familia al que dejaban solo contando batallitas por ser un plasta. Esa casa abierta en canal, donde cada vecino hacía de su capa un sayo. Ese doctor inventor que la ciencia no ha sido capaz de superar hoy todavía.

Y qué decir de los latiguillos de algunos de ellos, que ampliaban información sobre el o los personajes, ripios tan dignos como explicativos:
Pascual, criado leal.
Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte.
Mortadela y Filemón, agencia de información.
El reporter Tribulete que en todas partes se mete.
Anacleto, agente secreto.
Petra, criada para todo.
La familia Trapisonda, un grupito que es la monda.
Pepe Gotera y Otilia, chapuzas a domicilio.

En fin, una imaginación y una facilidad para el dibujo desbordante. Escobar, Cifré, Vázquez, Ibáñez y tantos otros. Todos me ayudaron a ser feliz, a reír, a educarme, a aprender a leer, a entender la vida, a soñar, a vivir. A ellos les debo muchos momentos gratos. Gracias.

Salud y República

¿A qué huele el verano?

Las vivencias de la primera infancia permanecen limpias en mi mente como si fueran revividas a diario.

Los olores, las texturas, los colores, las voces... Todo está grabado a fuego.

Así, mis veranos, muchos años después, siguen oliendo a salitre, a bígaros, a flanes de arena...


A fucsia y geranio, a cal, hormigas y caracoles...


A hierba recién segada, a manzana, a muérdago, a vaca...


A monte, a verde, a pino, a eucalipto...


A grillo, a luciérnaga, a oscuridad, a silencio...


A fiambrera con filete empanado y tortilla de patata, a familia....

No me cambien la calle, que me cabreo...

Más que un recuerdo, me gustaría abrir mi participación aquí con una reflexión sobre el recuerdo y su función en esta sociedad.

Hace ya unos años me di cuenta de que mi ciudad -Madrid- había perdido casi cualquiera de las señas de identidad privadas que tenía en mi juventud (no se crean, hablo de tan sólo treinta y cinco años atrás). Donde había restaurantes, ahora hay tiendas de telefonía; donde bares y tabernas, sucursales bancarias. El paisaje es tan desconocido para mí, no exagero, como podría serlo para un primer visitante de Noruega.

Después de aquella primera y devastadora conciencia del cambio anduve una temporada queriendo convencerme a mí mismo de que la desagradable sensación que me invadía no era más que un efecto perverso de la nostalgia. Quise ver las tiendas de telefonía como un emblema del progreso y las sucursales bancarias como un improbable síntoma de riqueza. El experimento duró poco porque aquéllo se derrumbada sin remedio. Nada sostenía un edificio tan endeble.

En la calle de Fernando VI, en pleno centro de Madrid, hacía más de cien años que existía, cuando yo tenía dieciocho, un café, después rebautizado "pub" por la moda de los setenta, llamado de Santa Bárbara, por su proximidad a la plaza del mismo nombre. En la última década del siglo pasado, ese pub ya no existía. En su lugar había una tienda de modas, un negocio sin ningún espíritu de supervivencia, se lo aseguro.

El nuevo negocio durará lo que tarde su dueño en creer que hay otra actividad más rentable que la que ha instalado allí. Por el contrario, el pub llevaba cien años en ese sitio. Más de un padre, si quiso hacerlo, pudo llevar a su hijo a tomar su primera cerveza en el mismo sitio que él frecuentaba. Ello habría dado lugar a una oportunidad para conversar, actividad transmisora por excelencia del recuerdo, argamasa de cualquier edificio de entendimiento generacional.

Ya me perdonarán lo relativamente cursi del recuerdo, pero me ha parecido que servía tan bien como cualquier otro para darle vueltas a algo que cada vez me obsesiona más: nos están secuestrando el habitat, lo cambian y lo vuelven a cambiar incluso más de una vez en el transcurso de una generación. Nadie puede sentirse de un lugar si no lo puede reconocer y recuperar quince años después. Y nadie puede transmitir experiencia si empieza por sentirse inseguro sobre la realidad de sus propios recuerdos.

lunes, 18 de junio de 2007

Mi batallita particular




Es difícil hablar de uno mismo. También yo cumplí años hace apenas unos días. El 23 de mayo pasado me cayeron 48 primaveras, primaveras tardías claro está, primaveras del calentamiento global. En fin que soy lo que se diría una mujer ya madura.


No sé si cumplir años convierte la memoria en cada vez más selectiva o, simplemente, está más adaptada a lo queremos que haya sido nuestra vida, pero lo cierto es que hay recuerdos para los que las palabras son insuficientes. Se basan más bien en un olor, o en la luz de una tarde que declina, o en unos pies corriendo a través del asfalto de una gran ciudad.


Hablando de pies corriendo, recuerdo los míos corriendo calle adelante, una tarde probablemente de primavera ya que íbamos todos en manga corta. Claro que a esas edades, hablo de 1975, la ropa pesa durante casi todo el año. Había ido a una manifestación de estudiantes de Enseñanza Media, yo estaba en COU, una nueva ley eliminaba la enseñanza nocturna en los institutos lo que suponía el fin de la educación para muchos de nosotros, aquellos que teníamos que trabajar y estudiar al mismo tiempo.

Yo llevaba unas sandalias de cuero que me encantaban, me hacían la mar de hippy, sobre todo si las combinaba con la falda de flores de mucho vuelo y la camisa blanca un poquito ad lib, a miles en el Rastro. El ministerio estaba tomado por la policia. Pasé delante de uno de ellos y olí su uniforme a sudor rancio y temeroso. Me miró desde su casco (siempre he sido pequeña) y me asustó su mirada. Me aparté de él.

Empezamos a gritar las consignas. De repente, no sé como, todo el mundo empezó a correr. Miré hacia atrás y ví a los policias con la porra en la mano y el casco tapando sus ojos. Directos hacia nosotros. Eché a correr. Alguien tropezó y cayó a mis pies. Me agaché para ayudarle a levantarse, aunque confieso la tentación que tuve de seguir corriendo. Un compañero de instituto, uno de los líderes de aquella concentración, hizo lo mismo. Entre los dos aupamos a la compañera y seguimos corriendo. Tomás y yo no nos caíamos bien, habíamos discutido varias veces, él me parecía un repelente con aires de intelectual y malos pelos, y yo debía de parecerlo lo mismo a él supongo, pero aquella tarde, en aquel instante, ambos sentimos la misma corriente de simpatía el uno por el otro, vimos lo fuerte que era lo que nos unía, perseguíamos las mismas utopías, y aunque después de aquel breve momento seguimos discutiendo en las asambleas de clase, como no podía ser de otra manera, nunca dejamos de saludarnos con cariño y respeto todo el tiempo que nos restó del curso.

Yo hasta le ví más guapo y hasta su melena me dejó de parecer horrible. Fue una pena que el curso no durara más... je

Lo que no consigo recordar es como crucé la calle de Alcalá (cuatro carriles y un bulevar en medio) a las seis de la tarde, entre coches y autobuses, sin sufrir ni un solo rasguño ni él más mínimo porrazo. Recuerdo algún claxon, algún conductor que gritaba. Se me soltó una tira de la sandalia..., pero de eso me dí cuenta mucho más tarde.


Después de aquellos años creí que no correría más delante de la policía. Me equivoqué. Años después, con los cuarenta ya cumplidos, corrí por las mismas calles de entonces. Sólo que ahora gritaba "NO A LA GUERRA". No había dictadura, pero la policía del gobierno de Aznar y Acebes cargaba como la de entonces.


Claro que por eso, y otras cosas como esas, les echamos.


Besitos amig@s¡

P.D. No tengo muchas fotos en el ordenador, pero me ha parecido una buena ocasión para al menos enseñaros una imagen de como soy y estas no me han parecido mal. Son de hace un par de años y están tomadas en Roma. Un viaje precioso que hice con mis hijos.



42 tacos


Es un modo peculiar inaugurar mi contribución a este blog con la celebración de mi cumpleaños, que es hoy mismo. Pero Maripuchi & company han tenido a bien regalarme esta nueva sociedad en día tan señalado...
Un 18 de junio de 1965 en una pequeña población leonesa (La Bañeza) vino al mundo quien estaba destinado a convertirse en una animalada de bitacorero. A las seis de la tarde, hora bien decente, casi de corrida de toros. Sin causar muchos trastornos a mi madre, que había sufrido alergia al feto (o sea yo) en los dos meses anteriores y se libró de ella en cuanto nací...
No recuerdo mucho del día de mi nacimiento, para qué nos vamos a engañar. Pero sí de mis cumpleaños sucesivos. Sobre todo de los infantiles.
Lo hermoso de esta época del año para un niño es el comienzo del verano, las anheladas vacaciones. Tres días después, habitualmente, juegos, campo, río, piscina...
Recuerdo, y no sé por qué, el cumpleaños de 1973. Ocho años. Recuerdo que me asomaba a la ventana de mi casa de Astorga. Olía a verano. Era el anochecer. La casa está orientada al sur y se ve el Teleno, el mágico monte maragato. Hermoso. Con nieve en sus cumbres incluso en verano. Me pican un poco los brazos, pues están rojos por el sol, con la línea agromán a la altura del húmero, marcando el fin de la camisa. Es el atardecer y estoy encantado porque cumplo años, tendremos tarta y el verano ya ha llegado. Tengo mi niki favorito, con rayas rojas y blancas transversales. Estoy haciendo tiempo hasta la cena, apoyado en un alféizar que, entonces, me llega casi a la barbilla. Se ven los frutales del abuelo, en pleno esplendor, el seto, la carretera. El cielo tiene ese color inverosímil de las tardes interminables de junio en la meseta. La temperatura es perfecta (¿25º?). Soy feliz. Hermoso día.
¿Por qué recordamos detalles tan nimios, tan sin nada especial, tan inconexos? ¿de qué está hecha la memoria?

domingo, 17 de junio de 2007

¡Pues el 23 F!


Yo estaba en COU. En mi instituto (público, por supuesto) cuando entramos en primero de BUP, organizábamos las asambleas en el patio, con un megáfono prestado por los de CC.OO.



El director era un viejo falangista, profesor de latín. Nos ganamos su respeto. Ya en tercero, las asambleas eran en el salón de actos, con micrófonos y todo.



El claustro de profes estaba dividido en cuatro partes.



Los de historia y alguno de literatura (algún poeta de calidad había): todos de izquierda, animándonos y respaldando nuestra actividad. La parte más activa de los alumnos eran comunistas. Yo era la mascota, pues entonces era simpatizante socialista. Ayudaba a escenificar la unidad de la izquierda.



Los del Opus Dei, siempre con la amenaza de un expediente disciplinario en la boca.



Don E. O. intelectual solitario, que venía de Cristianos por el Socialismo, más tarde se metió en política, y la política institucional acabó con él.



Y la masa amorfa del resto de los profesores: "La política es cosa de los políticos", decía la de filosofía. Yo le contesté: "En la Grecia clásica, a los que no se interesaban por los asuntos de la Polis, se les llamaba idiotas". Me jugué el cuello. No pasó nada, era boba.



El 23 de febrero de 1981, a la hora del golpe, yo estaba en el instituto, tabulando una encuesta. Respaldados por unos pocos profesores, habíamos impulsado una encuesta de calidad docente.



Para quien me lea hoy, puede parecer normal en un centro educativo. Al principio de los ochenta, al menos en mi pequeña ciudad provinciana, era anatema. ¡Los alumnos evaluando a los profesores! ¡Eso era comunismo!



Acabamos el trabajo, sobre las seis y media, y nos fuimos a casa. Cuando entré en casa, me encontré a mi padre realmente asustado: "Estaban votando en el Congreso, y por la radio se oyeron tiros".



Salí corriendo a la calle, dejando a mi pobre padre sumido en el asombro y la incredulidad.



En mi lluviosa ciudad natal, ese era el primer día luminosos de todo el año. Buena parte de la burguesía local aprovechaba esa tarde para pasear al sol, ajenos a lo que pasaba. Sólo el guardia de la comisaría de al lado de casa rompía las ordenanzas, haciendo guardia con un transistor en la oreja. Y yo corría como un loco, camino de la librería de un amigo, concejal del PCE. Cerrada a las siete y media. Mal rollo.



Pues me fui a la sede del PCE, donde conocía a mucha gente. Cerrada. Mal rollo.



De vuelta a casa, recibo una llamada de teléfono. Un buen amigo me pregunta: "Y ahora hay que esperar otros cuarenta años?" Me cagué en su abuela.



Iñaki Gabilondo, música militar, noticias de tanques en Valencia, espera en la tele, llega Pardo Zancada, Radio Francia Internacional habla de heridos, sale el Rey....



Al día siguiente, la consigna era no ir a clase, pero yo no me lo podía perder. Los más izquierdosos, llamando a la insurrección. Los más moderados, a la responsabilidad.



En clase con una radio en la oreja, y a media mañana, la alegría del fin del golpe.



Y esa tarde, de vinos. Vamos, que acabé con los fascistas yo solito, con diecisiete años mal contados.




Primera batallita

Ya tienen ustedes el blog dispuesto, señoras y señores...

Ahora, ¡a batallar!