jueves, 30 de diciembre de 2010

El concierto de Año Nuevo

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A mi padre, que me inoculó el veneno de la música



[Esta entrada ha sido publicada con la esperanza de que en el 2011 todos los integrantes de este blog nos deshagamos de esa pereza pertinaz que nos invade y le demos un nuevo impulso a las batallitas del abuelo Cebolleta, que es una bitácora amable y nostálgica y no se merece el obligado barbecho a que la hemos sometido. Amén]


Cuando era una cría, despertaba siempre en la mañana de Año Nuevo con la ansiedad feliz e indisimulada de que en casa se encendiera la radio. Igual que el soniquete monótono de la lotería significaba el inicio de las vacaciones, la música de valses me traía  siempre a la cabeza la cercanía de los juguetes de Reyes y un montón de buenas intenciones y propósitos... Estudiar más, comer menos, tratar de relacionarme de forma más natural con los compañeros del colegio y con la gente en general (era huraña y solitaria), ser buena, intentar llevarme un poquito mejor con mi hermana, ponerme las gafas todos los días... Excuso decir que algunas las cumplía motu proprio porque siempre me gustó mucho estudiar y aprender algo nuevo; otras, a la fuerza (me he pasado la vida a dieta desde los nueve años); unas pocas, como el aislamiento, se solucionaron solas con el paso de los años y unas cuantas, sin más, se quedaban en el cajón de los propósitos que jamás llegaron a ser.

Desde que tengo uso de razón recuerdo la música vienesa salir del aparato de radio como fondo a mis juegos o deberes del cole y, a partir de 1965, con 8 años ya bien cumplidos en que entró en casa "la tele", bien sentadita frente al viejo Iberia en blanco y negro, por donde me llegaban las imágenes solo de la segunda parte del concierto. Pero es que lo que recuerdo con tanto o mayor agrado que la música que escuchaba era la figura de quien dirigía aquellas matinales del 1 de enero. Tenía un aspecto totalmente vienés (créanme que tal tipología existe) y era una especie de mago pues de su batuta salían no solo notas, sino caramelos, pañuelos de colores, flores de papel y bromas, deliciosas y blancas bromas para un concierto blanco y delicioso. Y aprendí su nombre con 7 años, aunque hasta mucho más tarde no supe escribirlo: Willi Boskovsky.

Había sido durante muchos años y lo fue hasta su jubilación, el concertino de la Filarmónica de Viena, actividad que compaginaba con su trabajo en uno de los  cuartetos y septetos titulares de dicha agrupación. Ya como director sustituto de Clemens Krauss y de Josef Krips en los conciertos de Año Nuevo, solía dirigir a la orquesta Vorgeiger, esto es, al tiempo que tocaba su violín, igual que años antes lo había hecho siempre el propio Strauss.

Y para mí, como imagino que para la mayoría de Vds., el inicio de cada nuevo año se volvía amable, alegre, divertido, bello. Pocos conciertos me he perdido en mi vida. Incluso cuando andaba fuera del país procuraba escucharlo al menos por la radio del coche o gracias a un transistor con el que viajaba a propósito en esas fechas. Y en el velatorio de mi madre (murió una Nochevieja) no conecté a buen volumen el aparato de radio porque mis tías habrían puesto el grito en el cielo y no era plan, no porque a ella no le hubiese divertido, que en casa siempre fue y es una tradición mantenida a pesar del paso del tiempo y el volar de los hijos.

Después, a partir de mediados de los ochenta y tras el relevo del casi siempre cumplidor Lorin Maazel, se optó por la fórmula de que cada año dirigiera la orquesta una batuta prestigiosa. Pero, aunque la calidad continuaba siendo indudable, para mí es como si se hubiese roto un hechizo. Pero que los tiempos cambien es tan ineludible como el paso de Crono y hay que adaptarse. Creo que todos los hicimos y estoy segura de que muchos de los lectoyentes de este blog siguen fieles a su cita anual con la Sala Dorada de la Musikverein de Viena, cuajada siempre con las flores regaladas por su hermana San Remo.

Me habría encantado hacerlo, pero esta vez  no he podido regalarles ningún vídeo nuevo de Herr Boskovsky,  ya que apenas tengo tiempo para sentarme con tranquilidad a escribir alguna entrada. Es por eso que he echado mano del fondo de armario y les traigo los que subí hace tres años por estas fechas. Estoy segura de que a casi todos les traerán tan hermosos recuerdos de don Willi, como a mí.




Willi Boskovsky. Neujahr in Wienv(1963-1979). (detalles de los conciertos de 1968,1971,1974). DVDDeutsche Grammophon, 2004







Este año dirigirá la orquesta un austríaco de solo 50 años, Franz Welser-Möst. Y dentro del clásico programa dedicado a valses, polcas rápidas, galopes, etc., habrá un especial recuerdo para Hungría, por el bicentenario de Liszt y porque es este país el que ostentará la presidencia de la UE durante el primer semestre y también para España (con un año de retraso), quizá por el "atractivo exótico" que ejercía en los compositores austríacos. Se interpretará  la Marcha española, op. 433, de Johann Strauss hijo; el Cachucha-Galopp, de Johann Strauss, padre y La danza gitana del ballet La Perla de Iberia, de Joseph Hellmesberger, recientemente fallecido.

Y yo espero poder sentarme nuevamente delante del televisor para disfrutar de la tradición, justo antes de los saltos de esquí... Y desearles, con la música de mi querido y añorado director vienés, un nuevo año benévolo y complaciente en deseos para realizar, fuerza y energía (que nos va a hacer mucha falta a todos en numerosos frentes), esperanza, paz y afecto para todos. Y que puedan disfrutar del amor, del tacto, del calor y la vida de los suyos, estén lejos o cerca que, en definitiva, es lo que más importa.

Así pues...

La Orquesta Filarmónica de Viena, Willi Boskovsky y yo les deseamos, de corazón, un feliz y venturoso 2011... y que nuestras peticiones sean escuchadas por quien corresponda, que no es poco.

Y, mientras tanto y como siempre, intenten ser felices.


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lunes, 8 de marzo de 2010

La Tele de entonces


Cuando, ahora se cumplen veinte años y hay quien lo celebra, comenzaron las emisiones de las televisiones privadas, uno, que acaba de cumplir cincuenta y cuatro castañas, tenía ya un formado currículo de teleadicto, por más que cuando el aparato llegó a mi casa yo ya era un adolescente, y mi infancia la habían llenado programas de radio como Matilde, Perico y Periquín con Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso y Matilde Vilariño, en el papel de Periquín (a esta extraordinaria actriz radiofónica siempre le tocaba hacer los papeles de niño), un incansable generador de trastadas en el más puro estilo Guillermo, pero el sólo, sin banda de proscritos, que tenía como contrapunto un pestoso, repipí, sabihondo de los cojones, llamado Gustavín, indefectiblemente el serial terminaba con Perico persiguiendo, cinturón en ristre a Periquín, mientras gritaba: ¡No, al nene pupa no! y su victima el pobre, ¿pobre?, Gustavín lloraba a moco tendido. Tampoco olvido El Coyote con la doble vida de César de Echagüe, no tuvo problemas José Mallorquí a la hora de reinterpretar en otro contexto la obra de McCulley, El Zorro, pero de eso me enteré después, y del mismo autor eran Dos hombres buenos. Hice el bachillerato elemental haciendo los deberes en la cocina de mi casa, con mi madre friendo las croquetas o haciendo la tortilla de patatas, con la ventana abierta, aunque fuera invierno, para que saliera el humo, tanto de la sartén como del carbón que alimentaba la cocina, mientras, a voces, charlaba, por el bendito patio de vecindad, con la vecina de enfrente que hacía lo propio. La radio, simultáneamente, y con suficiente volumen emitía:
La sociedad española de radiodifusión...
por su cadena de ondas propias y asociadas presenta:
"Un arrabal junto al cielo"
de...
Guillermo Sautier Casaseca con el cuadro de actores de Radio Madrid
Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez... con la narración de Alfonso Dicenta (¿o era Manolo?). Y en mi puta vida tuve problemas de concentración, como para aprender de carrerilla los reyes godos más importantes, que Leovigildo era un cabrón con pintas que puteó a su hijo (¿o era su hermano?) Hermenegildo. Las partes más importantes de un gasterópodo o un lamelibranquio. Las declinaciones latinas y la traducción de la "guerra de las Galias" de Él. El sistema periódico de elementos, que más que de Mendeleiev parecía nuestro. Y tantas cosas de nuestro denostado plan de 1957. Ahora los chavales de catorce o quince años necesitan el entorno adecuado para estudiar, un método de enseñanza comprensivo que huye de la memorieta pero igual te cantan que el Ebro desemboca en el Cantábrico por Punta Umbría. Pero eso es otra historia. Lo que quería rememorar es que cuando la tele llegó a mi casa, para el mundial de Méjico70, yo ya había empezado a abandonar la niñez. Yo fuí un niño sin televisión, algo que a mi hijo le parece de marcianos.. La tele llegó a mi casa sin auténtica necesidad, más por imitación que otra cosa, y de hecho fuimos de los últimos vecinos en tener el aparato. Con todo la los programas de televisión de entonces no consiguieron, ni de lejos, la atención que concitaba los jueves por la noche el Ustedes son formidables de Alberto Oliveras que dejó para siempre en mi memoria musical La sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, en concreto su último movimiento.
No tengo que hacer un gran esfuerzo para recordar la programación de entonces, sólo había dos canales, y en mi casa el guachefe(UHF, antecedente de lo que hoy es La 2 no se veía más que detrás de una espesísima neblina). No había programación todo el día (excepto domingos), empezaba al mediodía y se interrumpía sobre las cuatro de la tarde(menos los sábados), hasta que a las ocho u ocho y media comenzaba la programación de noche. Como en mi casa la vida se hacía en la cocina, excepto en verano que se hacía en la calle porque mi casa era un ático al que le daba el sol todo el día, y el Werner 19" se había instalado en el comedor, no se enchufaba hasta despues de la cena, que solía coincidr con el parte, que es como se llamaba de verdad el Diario de Radio Nacinal de España con el que conectaban todas las emisoras. Allí nos instalabamos mi madre y yo (mis hermanos ya se habían casado y disfrutaban de tele propia) dado que mi padre solía quedarse en la cocina intentando sintonizar, dependiendo el día, la BBC en español o Radio España Independiente, estación pirenaica. Casi todos los días había un telefilm, como por ejemplo Ironside un detective en silla de ruedas interpretado por Raymond Burn que años antes, cuando en mi casa aún no había televisión, había popularizado a un abogado llamado Perry Mason que importó de un maravilloso doblaje portorriqueño términos como occiso o cajuela, que, al menos yo, tardamos años en saber que significaba, y con toda naturalidad escuchábamos llamar carro al coche y cuadra a una manzana de casas. Y es que este doblaje, con su particular acento, era uno de los éxitos. Recuerdo una serie, que hoy sería de ciencia-ficción y entonces era, simplemente de aventuras, y que se llamaba Viaje al fondo del mar, que se emitía los sábados por la tarde y que yo no me perdía ni loco. Se trataba de un submarino que además de nuclear era muy democrático. Que fuera nuclear tenía poca importancia, de hecho manipulaban el reactor con unos guantes de cocina, metiendo y sacando las barras de uranio o plutonio sin problemas, lo que más chocaba era, en una sociedad tan absolutamente jerarquizada como la nuestra, era el trato campechano que tenían entre ellos teniendo en cuenta que había un almirante, el almirante Nelson que ya es casualidad, un capitán, el capitán Crane, que depende para que cosas podía tener más autoridad que el propio almirante, y luego estaban los marineros como Chip Morton o Kowalski
El submarino en cuestión solía encontrar a profundidades insondables a extrañas criaturas monstruosas a las que espantaban a base de:
¡Descargas a través del casco!¡Descargas a través del casco! que, al menos, conseguía que los tentáculos, casi siempre el monstruo tenía tentáculos, soltaran la nave. Luego desde la nave salía el aerosub o el minisub y ¡zas! le daban la puntilla. En ocasiones el mosntruo, o una parte, conseguía introducirse en el submarino y entonces, y ahí el doblaje era fundamental, se podía escuchar:
¡Ey Kowalski!
¿viste el pulpo cabesón que entró en tu camarote?

Claro que el pulpo en cuestión, ni en general el malo de la película, tenían controlados los conductos de ventilación, y por ahí acababan palmando.
Como mis horas de visonado televisivo eran tardías, al menos al principio, cuando se conectaba el aparato ya había pasado por allí una familia que se hizo muy popular

Cleo, Teté, Maripi, Peluquín, Colitas y Cuquín intentaban, algo que jamás consiguieron, que los niños se fueran a la cama a las nueve de la noche.
Con el tiempo, y en parte por culpa de la tele, se fueron modificando las costumbres familiares, y la antigua habitación de mi hermano, vacía desde su boda, se habilitó como sala de estar se instaló allí la Werner y la cocina, en la que ya se había sustituido la cocina de carbón por el gas butano perdiendo su condición de habitación caliente de la casa, dejo ser el punto neurálgico. Eso adelantó la hora de encendido a, aproximadamente, las ocho de la tarde, hora en que empezaba el espacio Novela, que tuvo la virtud de acercar literatura de calidad a las grandes audiencias. Puedo recordar un Bel-Ami con Victor Valverde, Crimen y Castigo con Jose Luis Pellicena y Marisa Paredes, veo perfectamente como en una escena, incomprensiblemente no censurada, Pellicena metía la mano entre el escote de la Paredes. Los miserables con José Calvo en el papel de Jean Valjean y Teresa Rabal interpretando a la ingenua Cosette. Como no a Pepe Martin siendo El conde de Montecristo o a Sancho Gracia como D'Artagnan (impresionante Elisa Ramírez como la malísima mi lady de Winter).
No voy a olvidar , nadie lo olvida, todo el mundo lo recuerda y añora Estudio 1, sólo voy a citar los que recuerdo sin hacer un excesivo ejercicio memorístico:
Angelina o el honor de un brigadier con Fernando Delgado y Luisa Sala
Doce hombres sin piedad con, y creo que los puedo citar a todos de memoria, José Bódalo, Pedro Osinaga, Carlos Lemos, Jose María Rodero, Sancho Gracia, Rafael Alonso, Antonio Casal, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Jesús Puente, Fernando Delgado (¿Cuantos Estudios 1 hizo es te hombre?) e Ismael Merlo
El motín del Caine, de nuevo Fernando Delgado, Jose María Prada y Rafael Arcos
El conciero de san Ovidio con José María Rodero
La muerte de un viajante, Los peces rojos, El okapi y
y etc...
En el cine también teníamos nuestra parcela en Sesión de Tarde o Sesión de Noche, evidentemente en Blanco y Negro, lo cual hizo que algunas películas que sólo habíamos visto por la televisión, cuando las reponían y las reveíamos en cine, al ser en color, nos causaban más de una sorpresa. De todas maneras eramos unos adictos al cine de sesión continua, de manera que el cine en la pequeña pantalla no nos enganchaba demasiado.
Por supuesto que había deporte y fútbol, pero muchísimo menos que ahora. Un partido de 1ª división los domingos a las 7 y 1/2 de la tarde, y generalmente no era el más interesante de la jornada. Ni siquiera se televisaban todos los partidos de Copa de Europa, que siempre jugaba el Madrid, por cierto, aunque sí los de la selección española. Los domingos por la mañana podían televisar baloncesto, casi siempre el Madrid que ganaba las ligas como churros. Como Manolo Santana se había convertido en un héroe nacional sobre todo a raíz de ganar en Wimbledon (¿con qué escudo en la camiseta?)
comenzaron a retranstimirse todas las eliminatorias de Copa Davis, lo cual además de popularizar términos como pasinsó, draif, eiss y yus, y por supuesto el ¡Entró, entró! de Juan José Castillo produjo un irremediable daño a nuestra vista, porque la pantalla pequeña, el blanco y negro y el blanco original de las bolas hacían a estas prácticamente invisibles. Claro que más invisible era aún la bola del Hockey sobre patines, deporte en el que eramos, en dura competencia con Portugal, los campeones del mundo y de Europa, o como mucho subcampeones si los lusos capitaneados por el gran Livramento nos habían sobado la oreja. Tanto el hockey sobre patines, deporte del que siempre se olvidaban citar que todos los juadores y todos los equipos de primera división eran catalanes, como la Copa Davis tenían un innegable componente patriótico. El tenis por la tele nos llevó a pintar en mi calle, la calle Canarias, entre el Paseo de las Delicias y la calle Batalla del Salado, un campo de tenis con tiza, y por supuesto sin red. Como las pelotas y las raquetas reglamentarias costaban un pastón, nos apañabamos con una pelota de plástico que costaba dos o tres pelas y las raquetas del pinpon hábilmente mangadas de los billares. Cuando, de ciento en viento, pasaba un coche parabamos, por supuesto, el partido. Los partidos de tenis televisados tenían el inconveniente de que quitaban demasiado tiempo. En una eliminatoria contra la URSS, en la que en mi casa se iba evidentemente con los soviéticos, cuando su número 1 , Metreveli se puso dos sets a cero sobre Juan (hoy Joan) Gisbert yo me baje a la calle convencido del triunfo soviético, cuando subí varias horas después el catalán ganaba su último punto. También ponían boxeo deporte al que me aficionó mi hermano llevándome a las veladas del Campo del Gas y a veces al Palacio de los Deportes, allí vi como un húngaro, Laszlo Papp propinaba una paliza de muerte a nuestro Luis Folledo, de la que nunca se recuperó, sobre todo si le sumamos otra que le dió Nino Benvenutti, los ídolos que recuerdo: Pedro Carrasco, Velázquez,... y , para mí, sobre todos Pepe Legrá el Puma de Baracoa.
Esa era la tele de mi adolescencia, sin duda manipulada y destinada a la propaganda, pero infinítamente mejor que la de ahora. Allí no tenían cabida ni Belén Estebán ni sus divorcios, no había delincuentes convictos cobrando por aparecer en pantalla. Con todos sus defectos era mil veces más digna que lo que hay ahora.

domingo, 31 de enero de 2010

Los setenta, el Seat 850 y la muerte de Franco


Vivimos los setenta con el Mundo a través del SEAT 850, mi hermana y yo conocimos los veranos de Guadarrama en casa de los tíos de Madrid, los viajes a Barcelona para visitar a los primos de mi madre en Paseo Maragall y en la torre de la Costa Brava. Franco ponía en marcha los llamados Planes de Desarrollo Económico y Social, que no era más que aprovechar el tirón del crecimiento que vivían los países de nuestro entorno europeo. La Dictadura proporcionaba a los medios financieros internacionales la confianza de unos objetivos programados. Por lo que fuera, España vivió su particular desarrollismo, que en nuestra casa tenía su imagen palpable en el 850, un escalón superior al mítico 600 de dos puertas. Este crecimiento enmascaraba también el flujo de divisas que llegaban a España procedente de la emigración de españoles a Francia, Alemania o Suiza. Una prima de mi padre tuvo que ir a Lausanne y de ella no tenga más que el recuerdo, yo ya un poco más mayor, de un par de visitas que ella nos hizo. Paquita, era la tía Paquita, su marido era un suizo muy alto con bigotito estrecho, de los que entonces era habitual.
El espíritu que vivíamos en aquellos años setenta en el Colegio de Salesianos estaba marcado por el discurso a la entrada del Director, que mezclaba las obligaciones del día con alusiones indirectas a la actualidad política del momento. A pesar de ello existía una contradicción entre dos modelos de sacerdotes, el que abrazaba con ilusión todo lo que venía del Concilio Vaticano II y aquellos que consideraban el movimiento apostólico como afines a las tesis marxistas que habían destruido España. No puedo decir que se viviera en general una situación de agonía intelectual en el colegio, más al contrario teníamos profesores marcadamente progresistas, incluida, por supuesto, mi profesora de Literatura, que escuchaba embobado su forma con que nos daba a conocer los textos de Lorca, Machado o incluso Alberti. Franco murió el 20 de Noviembre de 1975 y ese día el Director del centro nos hizo toda una apología del bienhechor Caudillo que nos había librado de las hordas marxistas. Parecía como si se cortara o si se suspendiera el equilibrio de fuerzas en el colegio, pero realmente existía entre los curas un miedo al pasado que los hacía retroceder al aperturismo inicial. En aquellos tiempos los estudiantes del colegio sacamos un boletín que resumía un poco las noticias de las revistas de la época y las cuatro anécdotas del colegio. Al poco tiempo la reacción del Director del colegio fue llamarme a su despacho y textualmente, lo recordaré toda la vida, me dijo – O dejas el boletín o dejas el colegio. Evidentemente cerramos en 1977 el último número de la gacetilla. Creo que el suceso era significativo de los últimos años del régimen y el comienzo de una nueva España que algunos aún se resignaban a aceptar. Incluso en la propia cantina del colegio recuerdo haber comprado el Renovación, órgano de Juventudes Socialistas y también empezaban a pasarse las revistas con chicas ligeras de ropa, aún más peligrosas si te la cogían los curas. Luego vinieron también las películas de aquel Cine Imperial del avenida, donde tenías que hacerte pasar por mayor para que te dejaran entrar en las películas de mayores de 18 años: El Imperio de los sentidos con sus explícitas escenas, La caída de los Dioses, el Casanova de Fellini, Barry Lindon o las cintas de Pasolini, como aquella de Saló o los 120 días Sodoma, que a mi me pareció de lo más desagradable y que quizás hubieran hecho bien con no dejarme entrar en el cine, como me pasó con El exorcista que pude ver de pequeño, pasando el control del portero de aquel Cine Gaditano, devorado años más tarde por el boom inmobiliario: me llevé noches con pesadillas viendo a aquella desagradable Linda Blair echando espuma verde por la boca ¡qué asco!
Realmente en nuestro pequeño Mundo del BUP, aquel Bachillerato Unificado Polivalente de entonces del que éramos pioneros conejillos de Indias, existía un espíritu crítico importante y se incubaba lo que con el devenir de los primeros años de la "democracia" iba a ser la transición política. Sabíamos de la existencia de Felipe González, teníamos noticias frescas de aquel Congreso de Suresnes a través de los hermanos mayores que fue la generación que vivió en primera persona aquel cambio histórico. Nosotros, los que entonces aún estábamos pendientes de llegar a la Universidad nos quedamos un poco en el emparedado de generaciones que nos hizo ser muy jóvenes para tomar partido activo en la vida política de finales de los setenta, pero luego fuimos demasiado maduros y con el paso cambiado para cambiar de vida.


¿Vivo? ... en la Historia.



domingo, 24 de enero de 2010

Desde el Acero Bolchevique

Siguiendo instrucciones, o mejor sugerencias, de mi amigo kabileño, voy a enlazar en esta bitácora la entrada que he publicado en Acero Bolchevique. Allí ya justifico, o intento justificar, el porqué del lugar. Pero ya que me he, o me han, animado a hacerlo en esta bitácora, que sigo mucho pero en la que participo poco, y que tiene un objetivo diferente, ni mejor ni peor, que el de la agitación política, voy a aprovechar para recordar lo que pudo suponer para un españolito procedente de una España, miserable por muchos conceptos, aterrizar en Paris. Era llegar a una ciudad en colores desde un pais en blanco y negro. Por más que no era la primera vez que iba a Paris, ya había ido en excursiones escolares en 1971 y 1973, era esta una ocasión especial puesto que la voluntad era la de no volver, al menos hasta que España fuera un lugar en el que se pudiera vivir. Y así aterrizamos en la gare d'Austerlitz con unos pocos, poquísimos, francos en el bolsillo dispuestos a lo que fuera. Unos pocos francos y un par de direcciones, en realidad direcciones que habrían de conducirnos a otras direcciones, facilitadas por la dirección de la Juve en Madrid. Cuando uno tiene apenas dieciocho años, dieciocho años de los de la España de entonces, el choque cultural, y de costumbres, puede ser, y fue, impresionante. Todo era distinto, todo parecía oler a libertad, aunque fuera una libertad simplemente formal. Se podía decir lo que se pensaba. Nos quedabamos extasiados frente a los quioscos de prensa viendo colgados uno al lado del otro al hebdomadaire Lui , con una impresionante señora en portada con el pecho al aire, junto a L'Humanité, con su hoz y su martillo. Acostumbrados a una sociedad en la que las relaciones entre chicos y chicas estaban lastradas por toda clase de prejuicios, en la izquierda incluso más, asumir unas costumbres distintas no fue fácil. Venir de un lugar en el que el sexo más que un pecado era un milagro y llegar a una sociedad en la que había una cierta normalidad, sin que aquello fuera el coño de la Bernarda , que nadie saque conclusiones equivocadas, podía dar lugar a situaciones que podían rozar el ridículo. Sobre todo para alguien absolutamente vírgen física y emocionalmente. De hecho, aproximadamente un año después, creo que fue en la primavera de 1975, desde luego en Paris llovía todos los días, una camarada, hija de españoles, militante de la Juve, española pero nacida en Francia y culturalmente francesa a todos los efectos, de edad cronológica un poco mayor que yo pero emocionalmente muchísimo más madura , tuvo, trás una tarde cargada de trabajo militante y un poco más de vino y Pastis ( no se porqué estaba convencido de que se escribe Pastisse), conmigo un intercambio de afecto que para mí cobró una importancia que creo que no hace falta explicar, importancia que no tuvo para ella, sin que para ella aquello hubiera sido un quemasdá. Al día siguiente lleno de resaca e ilusión topé de lleno con la realidad, cuando ella misma fué la que me sacó de mi error, después de que yo le declarase mi amor eterno, universal e insuperable, de una manera que después he visto en sopotocientas películas, y siempre me duele: "Lo de ayer fue muy bonito, pero...", "Lo importante es lo importante...". Que no deja de ser otra versión del manoseado "Podemos seguir siendo amigos" , posibilidad casi siempre remota, y hago énfasis en el casi porque existen casos pero son extraordinarios, extraordinarios por muchos conceptos. Seguí teniendo mucha relación, siempre política, con esta camarada tanto en Paris como en Madrid, cuando intentó asentarse en España, fracasando al comprobar lo muy francesa, y sobre todo parisina, que era. Y siempre me sentí incómodo en su presencia, a pesar de nunca, ninguno de los dos, hiciésemos alusión alguna a lo sucedido, y estaba incómodo no por lo sucedido, sino por el espantoso ridículo que hice al día siguiente, aunque con el paso de los años contemplo aquel incidente con cierta ternura. Puede que fuera por aquello, pero nunca han estado los digestivos anisados entre mis preferencias a la hora de empinar el codo, estando sobrio, se entiende porque una vez comenzada la juerga y con el paladar caliente hasta la mercromina.
Después he vuelto mil veces a Paris, incluso por razones de trabajo, la OCDE tiene allí su sede y cuando hay algo relacionado con las estadísticas agrícolas o de medio ambiente me sacrifico y voy, y si puedo, casi siempre puedo, hago trampa para quedarme el fín de semana, y dedico ese par de días o tres a pasear por Paris, mi Paris, y sigue siendo espléndido, luminoso, aunque llueva a raudales. Por muchas razones yo nací en Paris, y si algún día me pierdo búsquenme en Paris.

viernes, 8 de enero de 2010

la marcha verde

En primer lugar , agradecer a mi querido amigo Don Rafa- Kabila- Almazán que ya hace bastantes días tuviese la gentileza de invitarme formalmente, (mediante un divertido mensaje de correo electrónico que no pienso borrar por más tiempo que pase) a este estupendo blog, en el que casi me estreno a la vez como comentarista y como colaborador.

En segundo lugar, aclarar dudas sobre el título de la entrada, que no tiene absolutamente nada que ver con la marcha marroquí que tuvo por objeto la anexión de los territorios del Sahara. La cosa va por otros caminos...
Cuando servidor de ustedes tenía 5 años, el verano del año 1974 ( y algunos anteriores, y algunos posteriores ) mi familia, y yo entre ellos, lo pasó en un pequeño pueblo situado dentro del territorio francés pero perteneciente al España, una irregularidad administrativa que responde al nombre de Llívia y a la que se accede tras circular unos quince minutos más o menos por una carretera francesa, tras pasar la frontera.

( Esta situación de islote español dentro de Francia obedece a que tras perder la guerra de los treinta años, merced al Tratado de los Pirineos de 1659, España cedió a Francia los treinta y tres pueblos que hoy forman la “Catalunya francesa” … el departamento francés de los Pirineos Orientales. Llívia quedó fuera de este tratado por tratarse de una villa, privilegio concedido por el Emperador Carlos V, por lo que continuó bajo dominio del la corona de España).


En fin esto es tan sólo una anécdota más o menos entretenida sobre el sitio, para contextualizar. La cosa tenía su gracia cuando algunas mañanas de aquel verano, yendo de excursión por la montaña, alguno de mis hermanos o yo decíamos aquello de “ Papa…pipí!!” y mi padre nos contestaba con sorna “ aguanta un poco hijo mío, que pasemos el hito ese…y meas en Francia, hombre”.

Veraneábamos en una casa prestada. Una de las casas más antiguas y grandes de Llívia pertenecía ( y pertenece) a la familia de un amigo de mi padre, que nos prestó las llaves varios veranos y alguna semana santa para que pasásemos allí las vacaciones. Y allí que nos íbamos todos, mis padres, mis hermanos, recibiendo la visita de tíos, primos y abuelos, porque aquel caserón lleno de habitaciones daba para eso y para mucho más.


Supongo que la facilidad de acceso a Francia unida a la miseria erótica de ese país nuestro a principios de los setenta, en plena dictadura nacional-católica,… hizo que mi padre y mi tío, con treinta y cinco años menos de edad, muchas más ganas de cachondeo de las que conservan ahora y unidos por la complicidad que da el cuñadismo se lanzaran a una aventura ( servidor de ustedes es de los que opina que esto de los cuñaos es una lotería…pero si tienes suerte…. los lazos afectivos y de compañerismo entre cuñaos son más fuertes que los que pueda haber entre hermanos de una logia masónica)
Pues eso, que me lío… que mi padre y mi tío se inventaron alguna excusa para irse solos una tarde a una población cercana dentro de Francia a hacer algún recado importante. Sólo lo sabían ellos dos, pero el importante encargo que iban a hacer era ir a ver esta película …. llámalos tontos…


El problema fue, por un lado, una falta de previsión y por otro lado, un hecho imprevisto y aleatorio.
La falta de previsión fue no tener en cuenta que, en Francia, (que es la primera etapa de esa Europa aburrida dónde no hay tapas de tortilla ni cañitas ni bares con abuelos jugando al dominó ) sobre las seis de la tarde cierran , o al menos entonces era así, las gasolineras. Bueno, las gasolineras y el mundo entero alrededor….
El hecho aleatorio es que a servidor de ustedes, que entonces tenía la tierna edad de cinco años, le dio por pillar cuarenta de fiebre ( un mal de tripas, o cualquier cosa de esas) justo esa tarde- noche en que ellos no estaban…





Y ahí tienes a los dos cuñaos…, tras su ración de tetas y culos … cuando se montan en el coche para volver reparan en que van con el depósito en reserva del Seat 124 , y acabaron bajando por un puerto de los Pirineos en punto muerto, a las tantas de la noche, iluminándose con las luces del coche de delante….suerte que en Puigcerdá se encontraron una gasolinera abierta antes de entrar al pueblo. Y bueno, cuando llegaron a casa, ,,,pues eso…los “¿Que habéis hecho?” y “Dónde habéis estado?”…y “tu hijo con una fiebre altísima y nosotras aquí sin coche…”.

Pero lo que nos hemos reído luego en reuniones familiares escuchando a mi padre con el “Día- que- fuimos- a ver- una-peli-verde-y-de-poco-no-volvemos-tu-tío-y-yo”…Eso no tiene precio.
Salud, Paz y Amor a todos.



jueves, 24 de diciembre de 2009

Fechas para sonreír!

Creo que lo importante es cómo aprovechamos cualquier fecha para, aunque sea de vez en cuando, sonreír, sonreír y sonreír. Eso nos da toda la fuerza para seguir cada uno con su vida, con sus objetivos. Cada uno en su propio camino.

Hoy va de risas.

Esto es lo que pasa cuando uno se excede: que caen los mitos, o no?




Felices fiestas y besos para todos!

¡FELIZ NAVIDAD!

Y próspero año nuevo. Esa ha sido para mí la fórmula tradicional y seguirá siéndolo. Pertenezco a una sociedad, y vivo en ella, que celebralas navidades, como otrora, y por estas mismas fechas, y en otra sociedad, con otras deidades y otros mitos y leyendas, se celebraban las saturnalias. Que tras todas ellas está el celebrar ese cambio que significa el solsticio de invierno no me cabe duda, y no me parece mal que aquellos que necesitan reforzar su agnosticismo o ateismo insistan en felicitar ese momento astronómico en el que el sol hace incidir sus rayos con el menor ángulo, en el hemisferio norte, y con el mayor en el hemisferio sur, donde celebran el solsticio de verano, mientras en el ecuador no hay solsticios que valgan. A mí no me hace falta, tengo muy claro ese asunto, por eso adorno mi casa con luces y hay un pequeño misterio en mi comedor, con su niño, su Virgen, su San José pp , la mula y el buey. Y no me he convertido a nada os lo aseguro. Yo celebro otras cosas y ese pesebre me sirve de símbolo. Podría poner a Marx, Engels y Lenin, pero me parecería absurdo. De manera que :
¡Por la Paz, la Democracia y el Socialismo!
¡Por la República Federal y Solidaria!
¡Feliz Navidad!