Antes, hoy afortunadamente la moda ha desaparecido como el mismo servicio militar obligatorio, había una costumbre desaforada de contar historias de la mili, todavía hoy continúa entre los que la hicieron, sobre todo en mi generación.
He de decir que no he sido uno de esos fanáticos seguidores de estas historias, pero pasar más de un año en una situación especial, da lugar a anécdotas poco comunes.
Mi época de campamento –tres meses hasta la jura de bandera—, pasó sin pena ni gloria allá por 1971. Después fui a parar (por uno de aquellos enchufes que uno se busca, pero que me salió rana, pues trabajé más que un negro al servicio de los oficiales), a la Escuela de Estado Mayor, en la C/ Sta. Cruz de Marcenado, en Madrid, donde tuve la ocasión de “servir a nuestro patrio ejército”. Allí fue ayudante de intendente y maître. Profesiones que, naturalmente, jamás había ejercido y que jamás volví a ejercer después.
Desde esa atalaya, controlaba los desayunos, comidas y cenas que se daban en la Residencia de la Escuela, donde iban o residían profesores (normalmente generales y coroneles) y estudiantes (tenientes, capitanes o comandantes). Y allí pude ver cómo el cacareado ejercicio de la austeridad y frugalidad militar era un tópico. La mayoría de ellos eran unos tragaldabas de mucho cuidado, cosa que no critico en sí, pero que sí denuncia la falsedad de esa fama de austeros que muchos militares autoproclaman. Allí conocí a dos que se harían famosos años después por su calidad de golpitas: Sáenz de Ynestrillas y Pardo de Zancada.
Era demasiado tiempo para que jóvenes entre 19 y 22 años, sirviesen gratuitamente y con diligencia a esos futuros prebostes de la milicia. Hay que pensar que allí iban la flor y nata de los militares, los que destacaban, los que se preparaban para guiar los destinos de la patria, eso es lo que esperaban aquellos militares estudiosos.
El capitán Bacigalupe, chusquero y conocido por su mala leche, era mi jefe directo. Afortunadamente, yo era su hombre de confianza, puesto que este soldadito raso, rasísimo era quien le sustituía casi siempre a la hora de dar las comidas. Él tenía –no sé el qué— otras cosas que hacer. Lo primero que hacía cuando llegaba a la oficina era leer el ABC y un boletín militar, bueno lo de leer era un decir. Le bastaba buscar en las páginas necrológicas los militares que habían fallecido, y así se iba haciendo a la idea de si le daría tiempo de llegar a comandante o tendría, el pobre, que jubilarse de capitán.
Él siempre llevaba las compras directamente, cuando venía algún proveedor, me hacía salir de la oficina y se quedaba charlando con él, supongo que tendría “sus raciones”, perdón quería decir sus razones.
El hecho de que fuera yo el que la mayoría de las veces estaba en el comedor me daba la libertad de autorizar o no a que cualquier oficial, jefe o general que no hubiera avisado, pudiera comer o cenar (qué satisfacción sentía, al ver la cara que ponía el general cuando un simple soldadito le decía que no podía comer por no haber avisado, sin poder hacer nada por evitarlo). Siempre se podía, pero mi capitán, chusquero a más no poder, tenía odio a los militares de carrera y yo siempre contaba con su beneplácito para negar la comida por muy general que fuera, si no lo había solicitado con antelación.
Aquel día de 1972, en el menú de la cena había sardinas fritas de segundo plato. Naturalmente él se escaqueaba y me dejaba a mí, como de costumbre, a cargo del comedor. Lo que hacía que yo debía estar perenne allí, puesto que los desayunos, comidas y cenas se daban todos los días, incluidos sábados, domingos y festivos.
Miguel, un soldado extremeño junto con Juan, gallego gracioso donde los haya, eran los camareros que estaban de servicio. Había poca gente las noches de fin de semana, la mayoría salían a cenar fuera. Nosotros nos estábamos entreteniendo en la cocina –que se comunicaba por un office con el comedor— tirándonos sardinas de la cena, ya veíamos que iban a sobrar. El tal Miguel me arreó un sardinazo que me dió en toda la cara, cabreado, cogí una sardina y se la lancé con toda la mala leche que pude. El extremeño que era tan mamón como ágil se agachó, y la sardina volante salió por el office al comedor hasta estrellarse en una preciosa chaqueta de ante de un teniente de navío que tranquilamente cenaba, departiendo con otros dos compañeros militares. Ahí estaba la chaqueta nueva, reluciente, con un dibujo de grasa en la espalda con forma de pez, propia de la profesión de marino de su dueño.
Nunca, repito, nunca, había deseado ese “tierra trágame” con tanto ahínco. El teniente se levantó con cara de pocos amigos, preguntó quién había sido. Allí me presenté y aguanté lo que fue, gracias a que este militar --de quien no recuerdo en nombre— era una buena persona, una charla-bronca aceptable.
Lo que no fue tan aceptable fue la bronca que me echó “mi querido capitán”, al día siguiente. Enrojecido, con las venas saliéndose del cuello, gesticulando con los brazos –yo creí que me iba a soltar un sopapo— me soltó una filípica de armas tomar, me dijo que merecía un consejo de guerra, que lo que había hecho era una agresión a un oficial, que… Una hora me tuvo firme y rodeándome con gestos violentos.
La cosa afortunadamente no fue a más, y la causa es bien sencilla. Si yo hubiera ido al calabozo hubiera tenido que trabajar “mi capitán”. Y claro, eso tampoco. Él era un oficial del ejercito de los vencedores, ganó una guerra, sólo faltaba que tuviera que trabajar también. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Salud y República